Ojalá te enamores

por Alejandro Ordoñez

5 minutos

Prólogo

 

Querido lector:

¡Cuidado con el libro! Puede que te estés preguntando

quién soy y por qué te digo que tengas cuidado. Pues

bien, seguro que ya has oído hablar de mí con anterioridad:

soy la chica de los ojos verdes de la que hablan tantos

textos de Alejandro. Y quiero prevenirte, pues una vez

que empieces a leer no podrás parar. Te quedarás atrapado

entre sus hojas, igual que me quedé yo. Y no solo con

el libro, también con el autor.

Le encontré cuando menos le buscaba, cuando menos

quería encontrarle. Después de todo, ¿cómo volver a

amar cuando tienes tanto miedo de romperte de nuevo?

¿Cómo arriesgarte una vez más?

Pero llegó para cambiarme la vida. Llegó y se quedó,

aun sabiendo que no sería fácil, aun pudiendo marcharse.

Empezó siendo el chico agradable con el que podías

hablar y reírte y terminó siendo uno de los pilares de mi

vida. Para cuando quise darme cuenta, ya era demasiado

tarde. No estaba preparada y, sin embargo, ya estaba perdida.

Quiero decir... su sonrisa se volvió el mejor lugar

para perderse. Sus besos cosieron mis heridas, cambió lágrimas

por sonrisas. Hizo de su abrazo mi refugio.

Consiguió crear un corazón nuevo con los pedazos

que nos quedaban. Aterrizó en mi vida y no ha vuelto a

despegar. Y, si de mi depende, no lo hará más.

Si todas las personas fuésemos como puzles y viviéramos

tratando de encontrar la pieza que lo completa, nosotros

somos las dos piezas perdidas de un mismo puzle

que por fin se han reunido.

En este libro, encontrarás pedacitos de su alma. Recuerdos

de sus batallas victoriosas, pero también de sus

derrotas. En alguna de sus letras estaré yo. Él intentará

convencerte de que cambié su vida, incluso jurará vivir

un sueño desde que me conoció. No te dejes engañar, fue

él quien cambió la mía. Te lo digo yo.

 

Tania Naredo

 

Ojalá te enamores

 

Ojalá te enamores de alguien que sepa lo que vales, que a

cada una de esas cosas que tú llamas «defectos» les ponga

tu nombre y sueñe con abrazarlos cada noche. Alguien a

quien no le importe la hora que sea cuando sienta la necesidad

de decirte que te quiere, que te despierte con un beso

de buenos días y te dé las buenas noches con uno de esos

abrazos eternos que terminan solo cuando el sueño vence.

Ojalá te enamores de alguien que te diga cada día que

eres preciosa, que no ha visto algo más bonito en toda su

vida. Alguien a quien no le dé miedo decirte en voz alta

que está loco por ti, que lo grite bien fuerte, bien alto, sin

importar nada más que la sonrisa que te provoque saber

que lo dice desde el corazón.

Ojalá te enamores y te amen como mereces.

Ojalá esa persona entienda que incluso en tus peores

días, cuando más fría estés o menos ganas de hacer nada

tengas, su abrazo será siempre la cura a todos tus males,

sus besos calmarán las lágrimas y su mera presencia

tendrá el poder de hacerte sentir bien.

Ojalá te enamores de alguien que, aunque cometa

errores, se esfuerce cada día por amarte con todo lo que

tenga. Así, cuando le mires sabrás que se vacía cada día,

que lo da todo por mantener siempre en tu rostro esa

sonrisa tuya que le hubo de enamorar un día.

Ojalá te enamores, ojalá no vuelvas a sufrir. Ten paciencia,

un día llegará alguien capaz de besar las cicatrices

sin abrir heridas nuevas.

 

Querido yo

 

Hace tiempo que no hablamos. De tanto mirar al futuro

a veces me olvido incluso de ti, del pasado y el presente,

de lo que nos trajo aquí y a este punto en el que estamos.

Me olvido de ti incluso al mirarme en el espejo, cuando

cruzamos miradas y mi cabeza se pone a buscar defectos,

a contar los peros que otros puedan encontrar.

Me escudo siempre en la falta de tiempo, en que vivo

ocupado y no tengo ni un solo momento para ti.

Miento. Siempre miento. Me sobra el tiempo y lo que

me falta es valor para mirarte a los ojos y decir en voz alta

todas esas dudas que me asaltan cuando al fin te enfrento.

Te tengo miedo. Miedo de mirarte y que no me guste

lo que veo, miedo de haberte fallado, de no haberme

convertido en aquel que un día prometí. Por eso me cuesta

tanto hablarte y siempre acabo mirando al futuro, lanzando

promesas de cambio sin llegar nunca a conocerte

del todo.

Verás, me he dado cuenta de que sin ti no hay yo que

valga, que la vida está vacía y nada llena ese desencanto

en el que te guardé. Por eso estoy aquí, para enfrentar mis

miedos y demostrarme que, después de todo, ser tú es

bastante bueno.

Tal vez mis miedos sean infundados, las dudas sean

absurdas y no haya nada malo en ser como eres. Tal vez

lo bonito esté en lo diferente y yo esté exagerando al

esquivarte en cada espejo. Será que me olvido siempre de

esa perfecta imperfección que asoma en tu mirada, cuando

al fin te miro a los ojos y comprendo que, después de

todo, hay mucho bueno en ti.

Ya es hora de mirar dentro, de conocerme un poquito

mejor.

Querido yo, volvamos a empezar: un placer conocerte

de nuevo.

 

Somos gigantes

 

A veces la vida aprieta y ahoga, empuja la alegría lejos y

deja tras de sí únicamente regusto de amargura, regusto

de pena, regusto de nada. Un vacío que no se llena y se

oculta tras falsas sonrisas y breves palabras: «Estoy bien»,

«No es nada», «De verdad...».

A veces el mundo entero nos hace sentir pequeños,

insignificantes. Miramos a nuestro alrededor y solo vemos

la oscuridad que nos lanzan los horizontes y metas

que se marcan los demás. Nos callan las voces ajenas, nos

enmudece nuestro propio miedo a destacar, a volvernos

foco de atención por un error, a ser objeto de risas por

osar decir en voz alta aquello que pensamos.

El mundo es cruel, despiadado.

O eso dicen los que se dejan ensombrecer, los que

callan cuando otros hablan, los que no derriban las puertas

y abren de par en par las ventanas para volver a ver el

sol. Eso dicen los que se quedan abajo, los que dejan que

el miedo gane. Aquellos a los que les importa más las risas

que provoque un fallo que las enseñanzas que de ese error

se desprendan.

Eso dicen los que se dejan pisar, los que nunca salen

de su zona de confort... o «in-confort» diría yo, ya que

dudo mucho de la comodidad de la «in-felicidad» que esa

situación les provoca, la ansiedad que se siente en el pecho

cada día con el sonar del despertador, con la desesperanza

de saber que comienza un nuevo día idéntico a tantos

otros, a tantas otras mañanas que fueron dejando

atrás mientras la vida pasa.

¡Por favor! ¡Vive!

Levántate y vive. Eres un gigante y no te das ni cuenta.

Todos lo somos. Todos podemos destacar, mirar por

encima de cualquier horizonte sin que nadie ensombrezca

nuestro paso. Todos podemos caminar sin pisar, hablar

sin hacer callar.

Eres tan grande como te propongas serlo y puedes

llegar tan lejos como te dé la gana. La vida es mucho

más que vivir con miedo. La vida está hecha de lucha, de

sudor y de esfuerzo.

Pero los gigantes no tienen miedo.

Respira hondo.

Levántate.

Persigue tus sueños.

 

Siempre ella

 

Os voy a hablar de ella. La que, para mí, es ella. Cada uno

tiene la suya propia y aquí, en estas pocas líneas, os hablaré

de la mía.

Ella llegó un día para cambiarme la vida.

Derribó todas las barreras que yo había levantado. No

quería saber nada del amor. Estaba roto, desencantado.

Había perdido la ilusión.

Pero entonces, llegó ella y no hubo barrera alguna

demasiado alta ni coraza lo suficientemente dura para su

sonrisa. Derritió con su mirada todos y cada uno de los

muros que yo creía me protegían de enamorarme de

nuevo.

Me demostró que es imposible frenar el amor cuando

se encuentra a alguien así, tan maravillosa que incluso la

vida misma se para a mirarla cuando camina por la calle,

feliz, a pesar de todo por lo que ha pasado.

Me ha enseñado a amar de nuevo, a enamorarme cada

día de la misma persona y querer seguir cumpliendo sueOjala

ños a su lado. Se ha convertido en lo más importante, sus

sentimientos se funden con los míos y basta un atisbo de

tristeza en su mirada para que se me caiga el cielo. Qué

ironía. Yo, que no quería amor, termino amando tan intensamente

que a veces incluso duele, por los miedos o

las dudas de un pasado que siempre pesa, que siempre

está presente.


¡Gracias por leer a Alejandro Ordoñez!

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