Llámame por tu nombre

por André Aciman

10 minutos

«¡Luego!» Una palabra, una expresión, una actitud.

Nunca había escuchado a nadie utilizar «luego» para

despedirse. Me resultó arisco, seco y despectivo, dicho con

la velada indiferencia de alguien a quien le daría igual no

volver a verte o no saber nada de ti.

Es el primer recuerdo que tengo de él y aún hoy puedo

oírlo. «¡Luego!»

Cierro los ojos, pronuncio la palabra y vuelvo a estar

en la Italia de hace tantos años, caminando por la acera

arbolada y viéndole salir del taxi con una camisa azulada

de estampado ondulado, con los cuellos bien abiertos, las

gafas de sol, un gorro de paja y mucha piel a la vista. De

repente me da la mano, me entrega su mochila, saca el

equipaje del maletero del taxi y me pregunta si mi padre

está en casa.

Puede que todo comenzase precisamente allí y en

aquel instante: la camisa, las mangas remangadas, los pulpejos

redondeados de su talón que se escapan de las alpargatas

desgastadas, ansiosos por probar la cálida gravilla del

camino que lleva a nuestra casa y preguntando con cada

zancada por dónde se va a la playa.

El huésped de este verano. Otro pelmazo.

Entonces, casi sin mediación y ya de espaldas al coche,

agita el envés de la mano que le queda libre y suelta

un despreocupado «¡luego!» a otro pasajero que había en

el coche, con quien probablemente había compartido el

pago de la carrera desde la estación. Ni siquiera dijo un

nombre o hizo una bromilla para suavizar la abrupta despedida.

Nada. Le despachó con una palabra: brusca, audaz

y franca. No había forma de que le hubiese podido molestar.

Observa, pensé yo, así es como se despedirá de nosotros

cuando llegue el momento. Con un brusco y chapucero

«¡luego!».

Mientras tanto, tendremos que soportarle durante seis

largas semanas.

Estaba francamente intimidado. Era uno de los inaccesibles.

Bueno, podría intentar que me gustase. Desde su barbilla

redondeada hasta sus pulidos talones. Y después, tras

unos días, aprendería a odiarle.

Esta era la misma persona cuya foto de la solicitud había

resaltado meses antes como promesa de unas afinidades

instantáneas conmigo.

Acoger a huéspedes durante el verano era la manera

que tenían mis padres de ayudar a profesores universitarios

jóvenes a revisar un manuscrito antes de su publicación.

Todos los veranos durante seis semanas debía dejar libre

mi habitación y mudarme a un cuarto del pasillo mucho

más pequeño y que había sido de mi abuelo. En los meses

de invierno, cuando estábamos en la ciudad, se transformaba

en un cobertizo, almacén y ático a tiempo parcial,

donde se rumorea que mi abuelo, mi tocayo, aún rechina

sus dientes en su sueño eterno. Los residentes estivales no

tenían que pagar nada, se les otorgaba un uso libre de toda

la casa y podían hacer básicamente lo que les apeteciese

siempre y cuando dedicasen más o menos una hora al día a

ayudar a mis padres con la correspondencia y papeleos varios.

Se convertían en parte de la familia y, después de unos

quince años haciendo esto, nos habíamos acostumbrado a

recibir una tonelada de postales y regalos, no solo en Navidad,

sino todo el año, de gente que estaba en deuda emocional

con mi familia y que solía desviar sus itinerarios

cuando venía a Europa para pasarse por B. durante un día

o dos con sus familias y darse un paseo nostálgico por sus

antiguos refugios.

Era común que durante las comidas hubiese dos o

tres invitados más, unas veces familiares o vecinos, otras

compañeros de clase, abogados, médicos, personas ricas

y famosas que se acercaban a ver a mi padre de camino

a sus casas de verano. En ocasiones, incluso abríamos

nuestro comedor a parejas de turistas ocasionales que habían

oído hablar de la vieja casa de campo y simplemente

deseaban pasarse por allí a echarle una ojeada y se quedaban

encantados cuando les invitábamos a comer y les

pedíamos que nos contasen algo de su vida, mientras que

Mafalda, a la que se informaba en el último momento,

cocinaba su especialidad más novedosa. A mi padre, reservado

y tímido en privado, lo que más le gustaba era

rodearse de valiosos expertos en cualquier campo para

mantener largas conversaciones en varios idiomas, mientras

el caluroso sol estival y unas cuantas copas de rosatello

daban entrada a la tarde con su inevitable letargo. Denominábamos

a ese cometido la labor del almuerzo y, al

poco tiempo, también se unían a él la mayoría de nuestros

invitados de seis semanas.

Quizá todo comenzase poco después de su llegada,

durante una de aquellas comidas tremendas, cuando se

sentó junto a mí y me di cuenta de que, aparte de un ligero

bronceado conseguido durante su breve estancia en Sicilia

a comienzos de aquel verano, el color de las palmas de sus

manos era igual de pálido que la suave piel de las plantas de

los pies, la del cuello o la del envés de sus antebrazos, que

no habían estado expuestas tanto al sol. Lucían

casi de un

rosa claro, tan brillante y suave como la parte inferior del

estómago de un lagarto. Íntimo, casto, implume, como

el rubor en la cara de un atleta o el atisbo de la aurora en

una noche tormentosa. Me dijo cosas sobre él que nunca

hubiese sabido cómo preguntar.

Puede que comenzase durante aquellas interminables

horas después de comer cuando todo el mundo holgazaneaba

en traje de baño por la casa, cuerpos espatarrados en

cualquier lugar matando el tiempo hasta que alguien sugería

ir a las rocas a darse un baño. Los parientes, primos,

vecinos, amigos, amigos de amigos, colegas, o básicamente

cualquiera al que le apeteciese llamar a nuestra puerta para

pedir que le dejásemos utilizar nuestra cancha de tenis,

todo el mundo era bienvenido a gandulear, nadar o comer

y, si permanecían el tiempo suficiente, a utilizar la casa de

invitados.

O quizá comenzó en la playa. O en la cancha de tenis.

O durante nuestro primer paseo juntos el primer día que

estuvo aquí cuando me pidieron que le enseñase la casa y

los alrededores y, una cosa llevó a la otra, me las arreglé

para llevarle más allá de las viejísimas puertas de hierro

forjado y llegamos hasta el interminable solar vacío que

llevaba hacia las vías del tren abandonadas que solían conectar

B. con N.

—¿Hay alguna estación abandonada en algún lugar?

—me preguntó mientras observaba entre los árboles bajo

un sol abrasador, con la intención probable de formular

una consulta típica que se debe hacer al hijo del dueño.

—No, nunca hubo una estación. El tren simplemente

paraba cuando se le solicitaba.

Le llamaba la atención el tren; las vías parecían muy

estrechas. Había gitanos que vivían en ellas ahora. Llevan

habitando ahí desde que mi madre venía a veranear

aquí cuando era niña. Los gitanos han transportado dos

vagones descarrilados más hacia el interior. ¿Quería ir a

verlo? —Quizá luego.

Una indiferencia educada, como si se hubiese percatado

de mi inoportuno entusiasmo por darle coba y se estuviese

alejando de mí sumariamente.

Me dolió.

En lugar de eso me dijo que quería abrirse una cuenta

en uno de los bancos de B. y luego hacer una visita a la

traductora al italiano a quien su editor en Italia había adjudicado

su libro.

Decidí llevarle allí en bici.

La conversación sobre ruedas no mejoraba la que habíamos

tenido a pie. Por el camino paramos a por algo para

beber. La bartabaccheria estaba completamente a oscuras y

vacía. El dueño fregaba el suelo con un fuerte producto a

base de amoniaco. Salimos de allí a toda velocidad. Un

solitario mirlo que descansaba sobre un pino mediterráneo

entonaba unas pocas notas que se perdían inmediatamente

entre el zumbido de las cigarras.

Le di un buen trago a la botella grande de agua con

gas, se la pasé y luego volví a beber. Me eché un poco en la

mano y me froté con ella la cara, pasándome los dedos por

el pelo. El líquido no estaba lo suficientemente frío ni tenía

mucho gas, por lo que dejaba una sensación de sed mal

aplacada.

¿Qué se podía hacer por allí?

Nada. Esperar a que acabase el verano.

Y entonces, ¿qué se hacía en invierno?

Sonreí al pensar en la respuesta que estaba a punto de

darle. Él lo pilló al vuelo y dijo: «No me lo digas: esperar a

que llegue el verano, ¿a que sí?».

Me gustaba que me leyese la mente. Entenderá la labor

del almuerzo antes que muchos de los que llegaron primero.

—En realidad este lugar durante el invierno se vuelve

muy gris y oscuro. Venimos en Navidad. De lo contrario

sería una ciudad fantasma.

—¿Y qué más hacéis aquí durante la Navidad aparte

de asar castañas y beber ponche de huevo?

Me estaba vacilando. Le mostré la misma sonrisa que

antes. Lo entendió, no dijo nada y ambos nos reímos.

Me preguntó qué hacía yo. Jugaba al tenis. Nadaba.

Paseaba de noche. Corría. Transcribía música. Leía.

Me dijo que él también salía a correr. Por la mañana

temprano. ¿Por dónde se podía hacer ejercicio allí? Prácticamente

solo por el paseo. Se lo podía mostrar si quería.

Y justo cuando parecía que de nuevo comenzaba a gustarme,

me dio con un canto en los dientes: «Quizá luego».

Había puesto «leer» al final de mi lista, pensando que

con la actitud testaruda y descarada que había tenido él

hasta ahora, leer también hubiese sido lo último de la suya.

Una hora después, cuando me acordé de que acababa de

escribir un libro sobre Heráclito y que, por tanto, «leer»

sería una parte muy significativa en su vida, me di cuenta

de que debía dar un poco de marcha atrás y hacerle saber

que mis intereses reales iban muy parejos a los suyos. Sin

embargo, lo que me desconcertaba no era tener que hacer

elegantes juegos malabares para conseguir redimirme, sino

las desagradables dudas que me venían asaltando tanto antes

como durante nuestra conversación informal junto a

las vías del tren y que me hacían creer que continuamente,

sin percatarme y sin ni tan siquiera admitirlo, había estado

intentando (sin éxito) recuperarle.

Cuando me ofrecí (a todos los visitantes les había encantado

la idea) a llevarle a San Giacomo y subir andando

hasta la parte más alta del campanario, que habíamos apodado

algo-por-lo-que-morir, debería haber reaccionado

mejor que simplemente quedándome pasmado sin una

respuesta. Pensé que le llevaría por allí tan solo para que

subiese y pudiese echar un vistazo al pueblo, al mar, a la

eternidad. Pero no. ¡Luego!

Sin embargo, puede que hubiese empezado mucho

después de lo que pensaba, sin que yo me diese cuenta de

nada. Miras a alguien, pero en realidad no ves a la persona,

está entre bastidores. O te percatas de su presencia pero no

conectas, no «pillas» nada, y antes incluso de percibir su

estampa o alguna extraña perturbación se te han pasado

las seis semanas que tenías, y en ese momento, o ya se ha

marchado, o está a punto de hacerlo, y entonces te encuentras

peleando para poder asimilar algo que, sin tú saberlo,

se ha estado gestando ante tus narices y que muestra todos

los síntomas de lo que comúnmente se denominaría «Yo

quiero». ¿Cómo pude no notarlo?, os preguntaréis. Reconozco

el deseo cuando lo veo y, sin embargo, esta vez se me

pasó por completo. Iba en busca de la sonrisa maliciosa

que arrojase una repentina luz sobre su gesto cada vez que

me leyese la mente, cuando lo único que quería era piel, tan

solo piel.

Durante la cena de su tercer día allí me dio la sensación

de que me estaba mirando fijamente mientras yo exponía

Las siete palabras de Cristo en la cruz de Haydn, que

llevaba tiempo transcribiendo. Ese año tenía diecisiete y

como era el más pequeño de la mesa y el que menos posibilidades

tenía de ser escuchado, había creado el hábito de

meter la mayor cantidad de información con el menor número

de palabras posible. Hablaba rápido, lo que hacía

creer a la gente que estaba siempre nervioso y me trastabillaba

con los términos. Cuando terminé de presentar mi

transcripción, me percaté de una intensa mirada que me

llegaba por la izquierda. Me sentí emocionado y halagado;

obviamente estaba interesado en mí, le gustaba. No había

sido tan complicado al final. Pero cuando por fin, después

de mi turno, me giré para examinarle y ver su mirada, descubrí

un semblante frío y helador; algo a la vez hostil y vitrificante

que rozaba la crueldad.

Me desarmó por completo. ¿Qué había hecho yo para

merecer tal cosa? Quería que volviese a ser amable conmigo,

que se riese como había hecho tan solo unos pocos días

antes en las vías del tren abandonadas, o cuando aquella

misma tarde le expliqué que B. era el único pueblo de Italia

donde la corriera, la línea regional de autobuses que llevaba

a Cristo, pasaba de largo sin parar nunca. Se rio de

inmediato al entender la referencia velada al libro de Carlo

Levi. Me gustaba cómo nuestras mentes parecían trabajar

de forma paralela y, de manera instantánea, inferíamos los

juegos de palabras del otro, pero al final siempre nos conteníamos.

Iba a ser un vecino difícil. Será mejor que me mantenga

alejado de él, rumié. Y pensar que casi me enamoro de la

piel de sus manos, de su pecho, de sus pies que nunca habían

pisado tierra áspera en su vida y de sus ojos que cuando

te dedicaban la otra mirada, la de semblante dulce, te portaban

el milagro de la resurrección. Nunca era demasiado

tiempo el que pasabas mirándolos, sino que necesitabas seguir

al tanto para averiguar por qué no podías evitarlo.

Debí haberle lanzado una mirada igual de aviesa.

Durante dos días nuestras conversaciones se interrumpieron

de forma repentina.

En el largo balcón común a las habitaciones de ambos

nos evitábamos por completo: tan solo unos improvisados

«hola», «buenos días», «hace bueno», palique superficial.

Entonces, sin ninguna explicación, retomamos las

cosas.

¿Que si quería ir a correr esa mañana? No, la verdad es

que no. Bueno, entonces a nadar.

Hoy el dolor, las esperanzas, la excitación de lo novedoso,

la promesa de tanta dicha rondando las puntas de los

dedos, el comportarme torpemente con gente a la que podía

llegar a malinterpretar pero que no quería perder y por lo

tanto debía hacer constantes conjeturas, el ingenio desesperado

que le brindo a todo el mundo que quiero y deseo que

me quiera, las separaciones que intercalo entre el mundo y

yo que no son solo una, sino una serie de capas de puertas

deslizables de papel de arroz, el impulso por codificar y descodificar

lo que ni siquiera estuvo jamás en código. Todo

esto comenzó el verano en el que Oliver llegó a nuestra casa.

Está grabado en cada canción que sonó aquel verano, en

cada novela que leí durante su estancia y después, en cualquier

cosa, desde el olor del romero en los días calurosos,

hasta el ruido frenético de las cigarras por las tardes. Los sonidos

y los olores con los que he crecido y que conozco de

cada año de mi vida de repente se volvieron en mi contra y

adquirieron un cariz tintado por lo ocurrido aquel verano.

O quizá comenzó después de su primera semana,

cuando me sentía contentísimo de saber que aún sabía

quién era, que aún no me ignoraba y, por lo tanto, podía

permitirme el lujo de cruzarme con él cuando me dirigía al

jardín sin tener que fingir que no le veía. El primer día

fuimos corriendo hasta B. por la mañana temprano. Y después

todo el camino de vuelta. Por la mañana al día siguiente

nadamos. Un día después, salimos a correr de nuevo.

Me gustaba echarle carreras a la camioneta del lechero

cuando aún le quedaba mucho por repartir, y trotar mientras

el tendero o el panadero comenzaban a prepararse

para su jornada laboral, me encantaba hacerlo por la orilla

y por el paseo marítimo cuando no había ni un alma todavía

y nuestra casa parecía tan solo un espejismo lejano. Me

deleitaba que nuestros pies se coordinasen, el izquierdo con

el izquierdo, y chocasen contra el suelo a la vez, dejando

nuestras huellas en una arena a la que tenía la intención de

volver, y, en secreto, colocar mi pie en el lugar donde él

había dejado su marca.

Esta alternancia entre correr y nadar era simplemente

su rutina en la universidad. ¿Correría también en Sabbat?,

bromeaba. Siempre se estaba ejercitando, incluso cuando

estaba enfermo; hacía ejercicio incluso en la cama si hacía

falta. Hasta el punto de que si había dormido con alguien

por primera vez la noche antes, aun así se levantaba para

trotar prontito por la mañana. El único momento en que

no se ejercitó fue cuando le operaron. Al preguntarle por

qué, me sorprendió con la respuesta que me había

prometido

que nunca le iba a incitar a responder, como

el muñeco

sobresaltado que brinca de una caja con un resorte y su

siniestra sonrisa. «¡Luego!»

Quizá se había quedado sin aliento y no quería hablar

demasiado, o tan solo quería concentrarse en la natación o

la carrera. O tal vez era su modo de incitarme a hacer lo

mismo, de forma totalmente inofensiva.

Pero había algo escalofriante y desalentador en la inoportuna

distancia que surgía entre nosotros en los momentos

más inesperados. Era casi como si lo estuviese haciendo

a propósito; dándome más y más coba para después

alejar de golpe cualquier atisbo de amistad.

La mirada inflexible siempre volvía. Cierto día, mientras

yo practicaba con la guitarra en lo que se había convertido

en «mi mesa» en la parte trasera del jardín junto a la

piscina, y él estaba tumbado cerca, en la hierba, me di

cuenta de ese semblante al momento. Estuvo mirándome

fijamente mientras me concentraba en los trasteos y cuando

de repente levanté la cabeza para ver si le gustaba lo que

estaba tocando, ahí estaba: cortante, cruel, como una cuchilla

reluciente que se repliega justo en el momento en el

que la víctima se percata de su presencia. Me brindó una

sonrisa insulsa como queriendo decir: para qué ocultarlo.

Aléjate de él.

Debió de percatarse de que me había molestado y, haciendo

un esfuerzo por retractarse, comenzó a hacerme

preguntas sobre la guitarra. Estaba demasiado en guardia

como para responderle con candor. Mientras tanto, el ver

que estaba luchando por encontrar respuestas le hizo sospechar

que quizá pasaba algo más de lo que yo mostraba.

—No te preocupes por explicarme nada. Simplemente

tócala otra vez.

—Pero si pensaba que la odiabas.

—¿Odiarla? ¿Qué te hizo pensar eso?

Discutimos un rato.

—Venga, tócala otra vez.

—¿La misma?

—La misma.

Me levanté y entré en el salón. Dejé las puertaventanas

abiertas para que pudiese escucharme tocar el piano. Me

siguió hasta la mitad del camino y, tras apoyarse en el quicio

de la ventana de madera, me escuchó durante un rato.

—La has cambiado. No es la misma. ¿Qué le has hecho?

—Tan solo la he tocado de la manera en la que lo habría

hecho Liszt si hubiese experimentado con ella.

—Solo tócala, por favor.

Me gustaba la manera en la que fingía estar mosqueado.

Así que comencé a tocarla de nuevo.

Después de un rato:

—No puedo creer que la hayas vuelto a cambiar.

—Bueno, pero no demasiado. Así es como Busoni la

habría tocado si hubiese alterado la versión de Liszt.

—¿Puedes, por favor, tocar a Bach como lo escribió el

propio Bach?

—Pero él nunca lo escribió para guitarra. Quizá ni siquiera

lo escribiese para clavicémbalo. De hecho, no estamos

seguros de que sea de Bach.

—Olvida que te lo he pedido.

—Vale, vale. No hace falta que te exasperes tanto —dije.

Era mi manera de mostrar una fingida y reticente conformidad—.

Esto es Bach transcrito sin influencias de Busoni

o Liszt. Es de un Bach muy joven y está dedicado a su

hermano.

Sabía perfectamente qué fragmento de la pieza le iba a

conmover la primera vez que lo tocase y todas las demás

veces que lo oyese. Se lo estaba enviando como un pequeño

regalo pues en realidad iba dedicado a él, como señal de

algo muy bonito en mí que no hacía falta ser un genio para

reconocer y me impulsaba a imprimirle una cadencia prolongada.

Solo para él.

Estábamos —y él debió de haber reconocido las señales

mucho antes que yo— ligando.

Aquella misma tarde escribí en mi diario: Estaba exagerando

cuando dije que creía que odiabas la pieza. Lo que

quería decir era que creía que me odiabas a mí. Tenía la esperanza

de que me convencieses de lo contrario; y lo hiciste, durante

un rato. ¿Por qué mañana por la mañana ya no me lo

creeré?

Así que este es también él, me dije después de ver

cómo se transformaba de hielo a luz del sol.

Podía haberme preguntado asimismo si yo era igual de

variable.

P. D.: No estamos compuestos para un solo instrumento;

ni yo, ni tú.

Estaba dispuesto a etiquetarle como alguien difícil e

inalcanzable con quien no tenía nada más que hacer. Dos

palabras suyas y veía cómo mi apatía llorosa se transformaba

en un jugaré a lo que tú quieras hasta que me pidas que

pare, hasta la hora de comer, hasta que la piel de mis dedos

se caiga una capa tras otra, porque me gusta hacer cosas

para ti, haría cualquier cosa por ti, tan solo pronuncia la

palabra, me gustaste desde el primer día e, incluso cuando

congeles mis renovadas propuestas de amistad, nunca olvidaré

que tuvo lugar entre nosotros esta conversación y que

hay formas más fáciles de recuperar el verano en plena tormenta

de nieve.

Lo que se me olvidó resaltar en esa promesa es que el

hielo y la apatía tienen maneras de truncar instantáneamente

todas las treguas y los propósitos firmados en veranos

anteriores.

Entonces llegó aquella tarde, un domingo de julio, en

que nuestra casa se vació de repente y nosotros éramos los

únicos que quedábamos allí y el fuego me quemaba las

entrañas, pues fuego era la primera palabra y la más simple

que me vino a la mente en aquel preciso momento en que

intenté darle sentido a todo ello en mi diario. Esperé y

esperé en mi habitación inmóvil sobre la cama, en un estado

de trance, lleno de temores y expectativas. No era una

llama de pasión ni un fogonazo de rabia, sino algo paralizante,

como el fuego de una bomba de racimo que absorbe

todo el oxígeno a su alrededor y te deja jadeando porque

parece que te han dado una patada en tus partes y una aspiradora

te ha succionado cualquier materia viva de tu interior

y te ha secado la boca, y esperas que nadie hable pues

tú no puedes, y rezas para que no te pidan que te muevas

porque tu corazón se ha atascado en un latir tan rápido

que antes escupiría trozos de cristal que dejar que alguien

circule por sus estrechos pasillos. Fuego como el miedo,

como el pánico, como un minuto más así y me muero si

no llama a mi puerta. He aprendido a dejar las puertaventanas

entreabiertas

y a tumbarme en la cama con el bañador

puesto y todo mi cuerpo ardiendo. Fuego como una

plegaria que reza por favor, por favor, dime que me equivoco,

dime que me lo he imaginado todo y yo tampoco soy

real para ti, y si para ti la realidad es esto, entonces eres el

hombre más cruel que existe. Así, la tarde en la que por fin

entró en mi cuarto sin llamar, como si hubiese respondido

a mis oraciones, y me preguntó que por qué no estaba con

el resto de la gente en la playa y todo lo que pude pensar en

decir, aunque no tuve las agallas de verbalizarlo,

fue un

para estar contigo. Para estar contigo, Oliver. Con o sin

bañador. Para estar junto a ti en mi cama. En tu cama que

es la mía durante el resto del año. Hazme lo que quieras.

Arrástrame. Solo pregúntame si quiero y verás lo que respondo,

pero no me dejes decir no.

Y dime que aquella noche no estaba soñando cuando

escuché un ruido en el rellano junto a mi puerta y supe de

repente que había alguien en mi cuarto, que había alguien

sentado al pie de mi cama, venga a pensar, pensar y pensar,

y que súbitamente comenzó a venir hacia mí y se tumbó,

no junto a mí, sino sobre mí, mientras yo me tendía sobre la

tripa, y que me gustó tanto que, en lugar de arriesgarme a

hacer algo para demostrar que me había despertado y con

ello hacer que cambiase de opinión y se fuese, fingí estar

completamente dormido y pensando que no era un sueño,

no podía serlo pues las palabras que me llegaban mientras

apretaba mucho mis ojos eran: esto es como volver a casa, es

como volver al hogar tras muchos años viviendo entre troyanos

y lestrigones, como volver a un lugar en el que todos son

como tú, donde la gente te entiende y sabe de ti; volver a

casa como cuando todo se derrumba y te das cuenta de que

durante diecisiete años has estado toqueteando las combinaciones

erróneas. Y fue cuando decidí expresar sin menearme,

sin mover un solo músculo de mi cuerpo, que estaba

dispuesto a ceder si me empujabas, que ya me había rendido,

que era tuyo, todo tuyo a pesar de que de repente hubieses

desaparecido y pareciese demasiado cierto como para ser

un sueño, aunque estuviese convencido de que todo lo que

deseaba a partir de aquel día era que me volvieses a hacer

exactamente lo mismo que experimenté mientras dormía.

Al día siguiente estábamos jugando al tenis, un partido

de dobles, y durante un tiempo muerto, cuando bebíamos

la limonada de Mafalda, puso el brazo que tenía libre

sobre mis hombros y con delicadeza apretó mi carne con

su pulgar y su índice, como imitando un amistoso abrazo

masajeador; todo resultaba tan de amigotes. Sin embargo,

yo me encontraba tan embelesado que me deshice de su

brazo pues un segundo más y me hubiese desarmado como

uno de esos muñequitos de madera cuyo cuerpo quebradizo

se derrumba en cuanto se acciona el resorte principal. Sorprendido,

se disculpó y me preguntó si me había tocado

algún nervio o algo así, que no tenía intención de hacerme

daño. Debió de haberse sentido muy mal al pensar

que me había hecho daño o me había tocado de una forma

equivocada. Lo último que deseaba era desanimarle. Con

todo, se me escapó algo como «no me ha dolido» y habría

zanjado así la cuestión. Pero tenía la sensación de que si el

dolor no había provocado tal reacción, entonces ¿cuál era

la explicación para justificar que le apartase de mis hombros

de forma tan brusca delante de mis amigos? Así que

imité la cara de alguien que se afana en reprimir, sin éxito,

una mueca de dolor.

Nunca se me había ocurrido pensar que lo que me había

producido pánico cuando me tocó fuese lo mismo que

asusta a las vírgenes cuando las toca por primera vez la

persona que han elegido: descubren sensaciones que no

sabían que existían y que producen placeres muchísimo

más perturbadores que los que se consiguen en solitario.

Él parecía sorprendido por mi reacción, pero hizo

todo lo posible para demostrar que me creía mientras yo

fingía el dolor de mis hombros. Fue su forma de dejarme

escapar y de disimular que no se había dado ni pizca de

cuenta del extraño matiz en mi reacción. Cuando más tarde

supe lo meticulosamente afilada que era su habilidad

para identificar señales contradictorias, no dudé de que

tuvo que haber sospechado algo entonces.

—Espera, déjame mejorarlo —me estaba poniendo a

prueba y comenzó a masajearme el hombro—. Relájate

—me dijo delante de los demás.

—Pero si me estoy relajando.

—Estás tan rígido como este banco. Toca esto —le

dijo a Marzia, la chica que estaba más cerca de nosotros—.

Es todo nudos.

Noté sus manos en mi espalda.

—Mira —dijo mientras presionaba la palma abierta

con fuerza contra mi espalda—, ¿lo notas? Debería relajarse

más.

—Deberías relajarte más —repitió

ella.

Quizá en este momento, al igual que en muchos otros,

ya que no sabía hablar en clave, no supe qué decir en abso-

luto. Me sentí como un sordomudo que no sabe ni siquiera

utilizar el lenguaje de signos. Tartamudeé todo tipo de

cosas para no decir lo que estaba pensando. Hasta ahí llegaba

mi código. En cuanto conseguí respirar lo suficiente

como para pronunciar unas pocas palabras, pude más o

menos salir del atolladero. De otra manera, el silencio entre

ambos me hubiese delatado, por lo que cualquier cosa,

incluso el más absurdo disparate, era mejor que el silencio.

El silencio me ponía en evidencia. Sin embargo, lo que

probablemente me delatase incluso más fuesen mis intentos

por superarlo delante del resto.

El desánimo personal debió de aportarme algo cercano

a la impaciencia y a la rabia contenida. Que él hubiese

pensado que iba dirigido contra él no se me había ni pasado

por la cabeza.

Quizá fuese por razones similares el que yo apartase la

vista cada vez que me miraba: para ocultar las presiones de

mi timidez. Que él hubiese encontrado mi desdén ofensivo

y, de vez en cuando, cargado de hostilidad tampoco se

me pasó por la cabeza.

Tenía la esperanza de que no hubiese visto en mi

reacción

exagerada algo que no era. Antes de apartar su

brazo, sabía que me había rendido ante su mano casi hasta

tumbarme sobre ella, como si le dijese —al igual que

les había oído decir a muchos adultos cuando a alguien le

daba por hacerles un masaje en los hombros al pasar por

detrás—: no pares. ¿Se habría dado cuenta de que estaba

dispuesto, no solo a rendirme, sino también a amoldarme

a su cuerpo?

Este fue el sentimiento que aquella noche también

trasladé a mi diario: lo denominé «el desvanecimiento».

¿Por qué había desfallecido? ¿Y era tan fácil que ocurriese,

tan solo debía tocarme en algún punto para que me volviese

discapacitado y perdiese toda voluntad? ¿Era esto a lo

que la gente se refería cuando afirmaban derretirse como la

mantequilla?

¿Y por qué no iba a demostrarle lo mantecoso que podía

ser? ¿Tenía miedo de lo que pudiese ocurrir? ¿O me asustaba

que se pudiese reír de mí, decírselo a todo el mundo o

ignorarlo todo con la excusa de que aún era muy joven

como para saber lo que estaba haciendo? ¿O quizá fuese

porque con todo lo que él ya sospechaba, al igual que haría

cualquiera en su lugar, estaría dispuesto a actuar en consecuencia?

¿Quería yo que actuase? ¿O prefería una vida

repleta de anhelo siempre y cuando ambos mantuviésemos

activa esta partida de ping-pong: no saberlo, no saber que lo

sabe, no saber que sabe que lo sabe? Tan solo calla, no digas

nada y, si no puedes decir «sí», tampoco digas «no», di «luego

». ¿Es esta la razón por la que la gente dice «quizá» cuando

quieren decir «sí», con la esperanza de que creas que es un

«no» mientras que lo que en realidad significa es «por favor,

pregúntamelo una vez más, y después otra vez»?

Recuerdo aquel verano y no puedo creer que, a pesar

de todos y cada uno de mis esfuerzos por vivir con «el fuego

» y «el desvanecimiento», la vida aún me ofreciera grandes

momentos. Italia. Verano. El sonido de las cigarras a

primera hora de la mañana. Mi habitación. Su habitación.

El balcón que dejaba fuera el resto del mundo. La suave y

perfumada brisa que ascendía por las escaleras desde el jardín

hasta nuestra habitación. El verano en que aprendí a

amar la pesca. Porque él lo hacía. Adorar el correr. Porque

él lo adoraba. Idolatrar a los pulpos, a Heráclito, a Tristán.

El verano en que escuchaba a los pájaros cantar, olía las

plantas y sentía la humedad trepar por los pies en los días

calurosos y, debido a que mis sentidos estaban siempre

alerta, los notaba automáticamente dirigiéndose hacia él.

Podía haber negado tantas cosas: que deseaba tocarle

las rodillas y las muñecas cuando lucían al sol con aquel

viscoso lustre que he visto en tan poca gente; que me encantaba

cómo sus pantalones de tenis, cortos y blancos,

parecían poseer, de forma permanente, el color del barro y

que mientras transcurrían las semanas se convirtió en el

color de su piel; que su pelo, cada día más y más rubio,

atrapaba al sol antes incluso de que saliese del todo; que su

camisa azul ondulada se volvía más ondulada cuando se la

ponía en días borrascosos en el patio junto a la piscina, con

la promesa de impregnarse de un aroma a piel y sudor que

me la ponía dura con tan solo pensarlo. Podía haber negado

todo esto. Y haberme creído mis mentiras.

Pero fue el collar con la estrella de David y una mezuzá

de oro que llevaba al cuello lo que me dijo que había en él

algo más fascinante de lo que yo esperaba, algo que nos

unía y me recordaba que, mientras todo a nuestro alrededor

conspiraba para que fuésemos los seres más distantes

del mundo, esto trascendía cualquier diferencia. Me percaté

de la estrella de manera inmediata el primer día que estuvo

con nosotros. Y desde aquel instante supe que lo que

me desconcertaba y me hacía anhelar su amistad con la

esperanza de no hallar jamás la excusa para que no me gustase

era mayor de lo que cualquiera de los dos podría esperar

del otro, más grandioso y por lo tanto mejor que su

alma, mi cuerpo o la propia tierra. Mirarle fijamente al

cuello con la estrella y el revelador amuleto era como observar

algo eterno, ancestral, inmortal en mí, en él, en ambos,

que suplicaba por ser reavivado y substraído de un

sueño milenario.

Lo que me desconcertó fue que no pareció importarle

o no se dio cuenta de que yo también llevaba uno. Al igual

que tampoco le interesó o se percató de las múltiples ocasiones

en que mis ojos deambularon por su bañador en un

intento por vislumbrar el contorno de la marca que nos

convierte en hermanos hebreos en el desierto.

A excepción de mi familia, él era probablemente el

único judío que había puesto el pie en B. Pero a diferencia

de nosotros, lo hacía patente desde el primer momento.

No éramos unos judíos que llamasen la atención. Practicábamos

nuestro judaísmo como la mayoría de la gente en el

resto del mundo: bajo la camisa, no oculto, pero sí bien

guardado. «Judíos muy discretos», usando las palabras de

mi madre. Ver a alguien proclamando su judaísmo colgado

del cuello como hizo Oliver la vez que cogió una de las

bicis y se dirigió hacia el pueblo con la camisa abierta nos

chocaba, puesto que nos indicaba que podíamos también

hacer lo mismo y salirnos con la nuestra. Intenté imitarle

en varias ocasiones. Sin embargo, estaba demasiado cohibido,

como alguien que intenta actuar de forma natural

mientras camina desnudo por un vestuario cuando al final

en lo único que se fija es en su propia desnudez. En el pueblo,

intenté hacer alarde de mi judaísmo con unas silenciosas

fanfarronadas que no surgían tanto de la arrogancia

como de una vergüenza reprimida. Él no. Aunque esto no

significa que él nunca pensase acerca de su ser judío o acerca

de la vida de un judío en un país católico. En ocasiones

hablábamos sobre este tema, en particular durante aquellas

largas tardes en que ambos dejábamos de lado el trabajo y

disfrutábamos charlando mientras el resto de la casa y los

invitados se habían retirado a sus respectivas habitaciones

para descansar unas horas. Él había vivido durante el tiempo

suficiente en pequeños pueblos de Nueva Inglaterra

como para saber lo que significaba ser un judío que está

de sobra. Pero el judaísmo nunca le había preocupado

de

la misma forma que a mí, ni la ofuscación metafísica con

uno mismo o con el mundo era un tema recurrente en él.

Ni siquiera albergaba la tácita promesa mística sobre la

hermandad redentora. Y quizá es por eso por lo que no se

sentía incómodo por ser judío y no tenía que estar hurgando

en ello a todas horas, de la misma forma que los niños

se manosean las costras que desean que desaparezcan. Él

llevaba bien ser judío. Estaba a gusto consigo mismo, al

igual que se contentaba con su cuerpo, con su apariencia,

con sus reveses, con su selección de libros, música, películas,

amigos. No le importaba perder su preciada pluma

Montblanc. «Me puedo comprar otra exactamente igual.»

Se sentía a gusto también con las críticas. Le mostró a mi

padre unas páginas de cuya autoría se enorgullecía. Mi padre

le indicó que su acercamiento a Heráclito era brillante

pero necesitaba más concreción y aceptar la naturaleza paradójica

de los pensamientos del filósofo, no simplemente

explicarlos. Le parecía bien consolidar ciertas cosas, le gustaban

las paradojas. Volvimos a la mesa de dibujo que también

le parecía bien. Invitó a mi joven tía a una conversación

íntima a medianoche mientras daban una gita, un

garbeo, en nuestra motora. Ella lo rechazó. Pero no pasaba

nada. Lo intentó de nuevo unos días más tarde, volvió a ser

rechazado y le quitó importancia. A ella también le pareció

bien y, si hubiese permanecido otra semana con nosotros,

probablemente habría aceptado salir a medianoche a dar

una gita por el mar que a buen seguro hubiese durado hasta

el amanecer.

 


¡Gracias por leer a André Aciman !

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