El mordisco de la guayaba

por María Eugenia Mayobre

3 minutos

PRIMITIVA 
o ese nombre que nunca fui


Mi nombre legal es Primitiva Serapio. Mi nombre de

bautizo —la tía Santa convenció a mamá y al poeta

de que me lavaran del pecado original— es Primitiva

de los Ángeles Serapio, pero yo por dentro no soy

Primitiva ni Serapio, ni mucho menos de los ángeles. En

cuanto tuve lucidez suficiente para comprender que estaba

en mí decidir cómo ser nombrada, me rebauticé. Mi nombre

desde que tengo 8 años de edad es Mulatona Montiel, con el

cual nadie se mete. Primitiva es tímida, aburrida, flacuchenta

y temerosa. A esa mujer la he ignorado desde hace tiempo,

aunque ella insista en aparecer en los momentos menos

oportunos; en cambio, Mulatona es libre, voluptuosa, segura

de sí misma y, sobre todo, no tiene miedo a nada. Ésa sí

que soy yo y quien me conoce de verdad no ve a la mujercita

pálida, enfermiza y torpe que ven quienes me miran por

primera vez o los que creen que al llamarme Primitiva me

están nombrando, ¡qué va! Los que me conocen de verdad

ven a una amazona con piernas musculosas y pechos gigantes

que se bambolean libres sin sostén con sus pezones altivos.

Una mujer de melena abundante hasta la cintura que

mira a los ojos a la gente, de tú a tú. Ni de arriba abajo ni de

abajo arriba. Mulatona Montiel es la mujer que soy por dentro,

aunque mi cuerpecito escuálido haga a muchos creer que

soy un fracasado renacuajo. La imagen que me devuelven los

espejos no soy yo, pero eso no me afecta. Hace tiempo que

rompí todos los espejos de mi casa y me deshice de todas

las cámaras fotográficas. Un simple objeto no puede tener

más razón que una mente humana. En internet no hay fotos

de Primitiva, sólo Mulatona tiene cuenta en Facebook y le

encanta coleccionar amigos anónimos. ¿Qué importa cómo

es realmente el cuerpo de quien escribe mensajes calientes en

su wall? Los más de 2 000 amigos de Mulatona nunca verán

a Primitiva en persona, pues para ellos la única que existe es

la sensual mulata de su imaginación.

A Primitiva sólo le quedaba un amigo verdadero y ése

acaba de morir. Hace menos de una hora, el poeta cerró los

ojos y dejó de respirar. Yo le habría dado golpes en el pecho

para revivirlo, pero a Primitiva le flaquearon las piernas,

se echó a llorar e hizo lo único que sabe hacer: quejarse y

lamentar su suerte. Cuando ya el cuerpo inerte del poeta

estaba helado con las lágrimas de Primitiva, Mulatona dejó a

la flaquita depresiva tirada en el piso, retomó el control sobre

mi espíritu y se puso a escribir. Me puse a escribir porque sé

que me estoy volviendo loca y me queda poco tiempo.

Como el resto de las mujeres de mi casta, enloquecí.

No lo hice en minutos como mi tía Santa, ni enloquecí

de tanto tomar y dejar de tomar antidepresivos, como mi

madre. Tampoco me tocó la suerte de amanecer un día loca,

como le pasó a mi abuela Cornelia, ni de haber nacido sin

razón, como la tía Berta. A mí por lo visto me tocaron los

genes de la bisabuela, doña Yolanda, quien fue enloqueciendo

lenta y conscientemente, mezclando la realidad con su

imaginación, durante un periodo de dos años, que culminó

en la tragicomedia de su asesinato.

Cada mujer de mi familia es como una muñequita rusa,

con múltiples capas de personalidades debajo de una superficie

que parece hueca, pero que invariablemente esconde a

una loca en algún lugar de su laberinto interior. Digo esto no

en el sentido figurado de la palabra, usando el término loca

a la ligera, ni haciendo referencia a alguna de esas famosas

familias que llaman “disfuncionales” que hoy día están tan

de moda en el cine y la literatura. En mi familia la locura es

seria, genética y al parecer inevitable.

No voy a negar que hubiera preferido no tener conciencia

de mi estado mental degenerativo. Amanezco un día

loca y ya está: a todos importa, menos a mí, pues como estoy

demente no me doy cuenta; pero tampoco voy a negar que

saber que me dirijo a la locura y estoy consciente de los primeros

síntomas me da ciertas ventajas respecto a mis predecesoras.

Por encima de todo, me permite contar nuestra

historia. Esto, más que una ventaja, es una obligación, aun

cuando debo apurarme porque el tiempo es corto. El primer

síntoma de mi locura ocurrió poco antes de la muerte

del poeta.

Su cuerpo está aún caliente y yo soy incapaz de hacer

otra cosa que no sea escribir. Si en efecto tengo el mismo mal

de la bisabuela Yolanda, en apenas seis meses, si bien aún no

estaré completamente desquiciada, mezclaré la imaginación

con la realidad en una proporción poco favorable a la escritura

de un relato documental. Por ello debo apurarme.

El poeta murió en paz porque creyó que al contarme

nuestra historia había logrado salvarme de la locura, pero

al final terminó por hacer conmigo lo mismo que hizo con

mis ancestros. Es que si bien todas las mujeres de la familia

tenemos en nuestros genes la predisposición a la demencia,

cada una de nosotras —desde la bisabuela Yolanda hasta

Primitiva y yo— necesitó un momento, un incidente o un

enamoramiento perverso que desencadenara esa locura. Ese

incidente, ese momento y ese enamoramiento perverso, siempre

fue el poeta.

El poeta con mi bisabuela, el poeta con mi abuela,

el poeta con mi madre y mis dos tías y finalmente el poeta

conmigo. ¿Cómo puede un mismo hombre haber hecho

enloquecer a cuatro generaciones de mujeres cultas e inteligentes?

Ésa es precisamente la historia que me dispongo a

relatarles, si mi locura me lo permite.

1939 A 1941

LA BISABUELA YOLANDA Y EL POETA

o un amor interrumpido que quedó vagabundeando

como alma en pena

El  poeta entró en la vida de la familia una soleada mañana

de 1939, mañana que marcó el inicio del enloquecimiento

de mi bisabuela. Doña Yolanda tenía 34 años

en aquel tiempo y vivía con su marido, mi bisabuelo, en una

de las pocas casonas hasta entonces construidas en aquel

puerto pesquero al norte de la capital. Ofrezco disculpas por

no mencionar el nombre de mi bisabuelo, pues poca información

pude obtener acerca de él. El poeta no pudo recordar su

nombre con certeza. Y no porque fuera malvado, sino sencillamente

era tan aburrido e insignificante que todos olvidaron

mencionarlo al transmitir oralmente la historia de nuestra

familia. Con doña Yolanda y el bisabuelo vivía mi abuela

Cornelia, quien en esa época contaba con 14 años y poca

gracia física, compensada —para su fortuna— con suficiente

agilidad mental. El bisabuelo casi nunca estaba en casa porque

era ingeniero agrónomo y siempre tenía contratos en distintas

ciudades del país, donde debía quedarse durante meses

para desarrollar sus proyectos.

Mi abuela Cornelia había terminado lo poco de educación

formal que le correspondía a una muchacha de familia

en aquella época y pasaba los días leyendo y cocinando con

Julia y con su madre, mi bisabuela Yolanda.

Julia, bella Julia, pobre Julia, si supiera la influencia que

tuvo en nuestra familia. Giullia era como en verdad se escribía

su nombre, pero una vez que abandonó las costas italianas

huyendo de la guerra mundial —y de su guerra familiar— y

se instaló en nuestras cálidas tierras, no le quedó otra opción

que aceptar ese ligero cambio en la escritura y la pronunciación

de su nombre.

Julia había tocado a la puerta de nuestra casa en una tarde

de lluvia de ese 1939, pidiendo trabajo. Mis bisabuelos, quienes

a pesar de vivir en una inmensa casona colonial heredada

no eran demasiado acaudalados, vieron en ella la oportunidad

de tener al fin ese símbolo de estatus que representa una

mujer de servicio (además europea), viviendo bajo su techo. A

cambio de alojamiento, comida y unos simbólicos centavos a

la semana, Julia ofreció a mis bisabuelos cocina, limpieza y

un poco de compañía. Sin embargo, lo que la joven italiana se

cuidó mucho de decir aquella tarde de febrero de finales de los

treinta —tal vez ella aún no lo sabía— fue que de su relación

con uno de los pasajeros del barco en el que llegó a América:

un joven y atractivo italiano, a quien jamás volvió a ver,

había engendrado una criatura.

Dentro del vientre de Julia crecía lento y sigiloso el hombre

que cambiaría la historia de nuestra familia. Ah, si mi bisabuela

hubiera sabido todo lo que Julia traía para ella y para

las futuras generaciones de su familia aquella tarde en que tocó

a su puerta, jamás habría dejado entrar a la italiana.

La joven recién llegada de Italia se adaptó de inmediato

a la familia y al pueblo. Sus platos cambiaron la infancia de

mi abuela Cornelia. Con Julia, mi abuela descubrió el gusto

por los sabores. Su compañía y sus historias acerca de la vida

en Europa, la guerra, el amor y el barco donde hizo el largo

viaje que la trajo a América llenaban las horas que antes se le

hacían interminables a esta hija única, con demasiada curiosidad

para tan pequeño pueblo.

Julia era muy bella, poca gente en nuestro pueblo había

visto antes unos ojos verde cristal como los suyos, enmarca-

dos en una piel que conforme se oscurecía con el sol del trópico

resaltaba aún más la claridad de su mirada. Su cabello

largo y castaño se convirtió en el juego preferido de todas las

niñas de la zona, entre ellas Cornelia, quien pasaba tardes peinándola

y despeinándola para luego volver a peinarla.

Julia tenía pasión por las frutas tropicales, pues despertaban

en ella la voluptuosidad que Europa había mantenido

adormecida, y no es para menos: en Italia, desde que abría

los ojos hasta que los cerraba, lo único que veía eran imágenes

religiosas que le recordaban su condición de transeúnte

y pecadora; en cambio, las frutas tropicales invitaban a ser

admiradas, olidas, chupadas, lamidas y descuartizadas a mordisquitos.

Con su primer mango, Julia descubrió que el Génesis

según la Biblia no tenía sentido: no es posible que alguien

caiga en la tentación con una fruta tan aburrida como la

manzana; sin embargo, la guanábana, la parchita, el coco…

Cuando descubrió esas frutas del trópico, Julia dejó de creer

ciegamente en lo que le decía el libro sagrado de su infancia

y juventud. Cualesquiera de esas frutas, bien usada, era capaz

de poner de rodillas a un hombre.

Por una fruta conoció Julia al padre del poeta en aquel

barco que la trajo a América. Eran las dos de la mañana cuando

Julia salió a la cubierta en busca de ráfagas de aire fresco

que le quitaran —o por lo menos le aliviaran— el mareo que

desde su embarque se le había instalado en el pecho a la altura

del corazón. Habría dado cualquier cosa por bajarse de aquella

máquina del demonio, pero lo único que se veía era agua

alrededor. Caminó entre los cuerpos que trataban de dormir

en cubierta hasta que al fin halló un espacio libre junto a la

baranda. Cerró los ojos y respiró el aire puro del mar.

Conocía y podía nombrar cada uno de los olores del

barco donde llevaba una semana viajando, y percibía cómo

los olores humanos aumentaban en intensidad cada día, a

la vez que opacaban los olores de la naturaleza. Esa noche

la proa olía a mar y orina, a sudor de cebolla rancia y a pelo

sucio. Con los ojos aún cerrados, percibió un olor que no fue

capaz de reconocer. Era una fragancia dulce con un toquecito

de acidez. Entonces abrió los ojos y su mirada buscó lo que

había hallado su nariz: a tres cuerpos de distancia, un joven

marinero estaba absorto en la degustación de una fruta que

Julia jamás había visto: pequeña, verde por fuera y rosada por

dentro. Tanto la concentración del marinero como la firmeza

y el deleite con los que su lengua se abría camino entre la

pulpa jugosa alteraron el ánimo de Julia. Con la mirada clavada

en esa lengua, se la imaginó recorriendo con la misma

destreza cada rincón de su cuerpo. Julia era fogosa por naturaleza

y había tenido más de un amante escondido, pero

poco a poco la cultura cristiana, así como la familia y la sociedad

ultraconservadoras en las que había crecido apaciguaron

esas llamas que tendían a prenderse en su interior. Ahora en

el barco, libre al fin como mucho tiempo lo había soñado,

no habría familia, sociedad ni religión capaces de aplacar sus

ganas. Hipnotizada por el olor y el color de aquella fruta y

por la habilidad para disfrutar el placer de aquel marinero, se

acercó seductora hasta él y, sin preguntar, buscó sus labios y

le robó un pedazo de su comida.

Esa noche, Julia probó por primera vez la guayaba y, sin

saberlo, concibió a su primer hijo por obra y gracia de aquel

santo espíritu de quien nunca supo el nombre. A esa primera

noche siguieron muchas otras, pero la relación acabó cuando

el barco llegó a puerto. Julia se había montado en aquella

embarcación en busca de libertad. Atarse a un hombre que

vivía en el mar era una esclavitud que no estaba dispuesta a

aceptar, mucho menos porque se trataba de un hombre tan

italiano como su padre.

Una vez en tierra, admiradores no le hicieron falta a la

inmigrante italiana. La noticia de la belleza de Julia se regó

rápido por el pueblo, y al poco tiempo de haber llegado a

nuestra casa ya tenía filas de pretendientes ofreciendo regalos

y una vida mejor frente a su ventana, todos dispuestos a darle

su apellido al pequeño ser humano que crecía en su interior.

El elegido de Julia fue Fernando, uno de los pocos

negros puros que quedaban en aquel pueblo de razas mezcladas.

Cuando Julia vio la piel de carbón del joven y aspiró su

olor a playa, coco y sol, sintió debajo del vientre, el llamado

del deseo que —como sucede con frecuencia— ella confundió

con el del amor. Se acercó a su negro, le regaló su mejor

sonrisa, le besó la mejilla con ardor y, con ese gesto, desechó

al resto de sus pretendientes.

Fernando empezó a ir todas las tardes a la casa de la bisabuela

Yolanda. Julia ocupaba el cuarto de servicio, ubicado

en la planta inferior de nuestra casona estilo colonial con

paredes abiertas y ventanas de madera. Si bien en un hogar

decente no se permitía la entrada de un hombre sin la estricta

supervisión de al menos dos adultos, por tratarse de la servidumbre

y considerando que la joven belleza estaba embarazada,

la bisabuela Yolanda relajó un poco las normas y

permitió que Fernando se presentara a menudo, visitara a

Julia sin la presencia incómoda de una chaperona y de paso

ayudara con el jardín o las tareas pesadas, sin cobrar un centavo

y por el puro gusto de estar cerca de su novia italiana.

Fernando trabajaba de sol a sol en la finca de los Pérez

Luján, pero en cuanto comenzaba a anochecer corría a nuestra

casa para estar con su Julia y hacer, siempre de gratis y de

buena gana, lo que mi bisabuela Yolanda le pidiera. El vientre

de Julia era cada día más prominente, razón por la cual

Fernando se dio a la tarea de cuidar a la embarazada como si

la criatura fuese de su propia sangre. Así, entre olor a mar, a

césped recién cortado y a sazón criolla e italiana, pasaron los

meses hasta que llegó la mañana soleada cuando nació el poeta

y con él la locura de mi bisabuela Yolanda.

Las contracciones de Julia comenzaron durante la noche.

Mi abuela Cornelia corrió a avisar a Fernando y a la

comadrona

y desde las tres de la mañana esperaron todos

la llegada del poeta. En el cuarto de Julia se apretujaron mi

bisabuelo, quien se tomaba un descanso entre dos de sus contratos;

la bisabuela Yolanda, quien agradeció los buenos

augurios que lleva a un hogar una criatura recién nacida;

Julia, con sus dolores; Fernando, con su angustia; la partera,

con su paciencia; y mi abuela Cornelia, con la emoción de

presenciar un nacimiento por primera vez.

El poeta nació a las nueve de la mañana, sin dolor ni

llanto, como viviría la mayoría de su existencia. Esa mañana

comenzó la historia de amor entre mi bisabuela Yolanda, de

34 años, y el poeta, de pocos minutos de nacido.

Después de lavarlo, cortarle el cordón umbilical y

comentar maravillada que era uno de los bebés más hermosos

y sanos que había traído a la vida, la comadrona le pasó

el recién nacido a su madre, quien a su vez lo compartió con

cada uno de los presentes. El momento careció de particularidad,

hasta que le tocó el turno a mi bisabuela. Julia lo cargó,

le dio un nombre y lo llenó de besos. Fernando lo besó en la

frente y lo bendijo como un padre a su hijo, a la vez que se

lo encomendó a san Pancracio, el santo de la salud y el trabajo,

y a san Expedito, su santo de confianza. El bisabuelo lo

cargó y observó que el niño tenía nariz de persona inteligente,

que parecía un poeta y, aun cuando nadie en el resto del

cuarto estuvo de acuerdo con el comentario, el nuevo sobrenombre

quedó grabado en el vocabulario familiar con más

fuerza que el verdadero nombre del niño, el cual muy pronto

todos olvidaron de tanto llamarlo por su apodo.

Entonces tocó el turno a la bisabuela Yolanda, quien lo

tomó entre sus brazos con una sonrisa tierna que desapareció

en cuanto lo miró a los ojos. ¡Alfonso! —soltó la bisabuela

en un grito de espanto. Le fallaron las manos y dejó caer

al bebé, quien, afortunado desde su nacimiento, aterrizó sin

trauma en la acolchada cama—. Sorprendida, Julia abrazó a su

hijo y todos en el cuarto vieron a la bisabuela —usualmente

tan señora de su casa y tan distinguida— perder la compostura

y salir corriendo despavorida del cuarto y de la casa.

Según le contó mi abuela Cornelia a mamá muchos años

más tarde, aquella mañana su madre se fue directo a ver al cura

y tal fue la penitencia que le dio, que se pasó el resto de la

tarde en la plaza del pueblo rezando rosario tras rosario. En

la noche recobró la entereza y volvió, digna como siempre, al

cuarto del recién nacido, de donde no salió en toda la noche.

Las dos mujeres no pegaron un ojo hasta el día siguiente:

la bisabuela Yolanda susurraba el nombre Alfonso cada

cuarto de hora y Julia protegía a su hijo de otro posible

arranque de locura de la dueña de la casa.

Según pudo recordar mi abuela Cornelia cuando creció,

después de haber rescatado de su memoria trazos de su juventud

que le permitieran reconstruir esa etapa de su vida que

por dolorosa su cabeza había decidido borrar, la bisabuela

Yolanda, desde el día del nacimiento del poeta, fue alternando

episodios de locura con arranques de lucidez en una proporción

cada vez más desigual y más a favor del desquicio.

Desde esa primera noche que pasó al lado del poeta, la bisabuela

Yolanda no volvió a separarse de él. En sus momentos

de cordura, que en un principio eran muchos, ofrecía disculpas

a todos en la casa por su inexplicable conducta y con frecuencia

se encerraba en su cuarto —poeta en brazos— a llorar desconsoladamente,

como si presintiera que su fin estaba cerca.

Alfonso no era el verdadero nombre del poeta, pero mi

bisabuela Yolanda siempre lo llamó así. Después de que la

asesinaron, todos en la familia descubrieron la historia que

tanto se había empecinado en ocultar: Alfonso había sido

el primer amor de la bisabuela Yolanda (yo me atrevería a

decir que el único). Ella tenía 16 años cuando lo conoció y de

inmediato se enamoró de él. Alfonso, quien en aquel entonces

contaba con 17 años, se acababa de mudar al pueblo con

su padre, el nuevo médico que habían asignado a la región.

Alfonso ayudaba al doctor a medir y pesar a los pacientes, y

de esa manera se convirtió en el primer hombre que rozó la

piel de mi bisabuela.

Yolanda, quien hasta que conoció a Alfonso no había

sentido los apremios de la carne y se comportaba como la

señorita decente que le habían enseñado a ser, se entregó

al amor y vivió un tórrido romance con el hijo del médico,

pasión que quedó registrada en su diario íntimo y en las

cartas de amor que mutuamente se enviaron ella y Alfonso

y que años más tarde mi bisabuela le leyó y releyó al poeta

recién nacido, convencida de que era la reencarnación de su

idolatrado y perenne amante.

Por lo demás, dicho convencimiento no tenía mucha

lógica no sólo porque el simple concepto de la reencarnación

no la tiene, sino también porque para reencarnar hay que

estar muerto, y Alfonso seguía vivo cuando nació el poeta.

El romance entre mi bisabuela Yolanda y Alfonso culminó

de forma abrupta una tarde de abril. Poco después de

haberle entregado su cuerpo y la promesa de su amor eterno

al hijo del doctor, la bisabuela Yolanda descubrió que éste se

hallaba comprometido para casarse. La chica, según el diario,

una virgencita insípida y tonta de la capital, probablemente

oyó los rumores del romance de su prometido y, no dispuesta

a soltar a su presa, llegó un día a nuestro pueblo vestida

de novia, recogió a su hombre en el consultorio del doctor y

se lo llevó directo a la iglesia del padre Carmelo, donde todo

estaba arreglado de antemano para efectuar la ceremonia. La

llegada de la mujer vestida de blanco se regó como un virus

por el pueblo y todos corrieron a la iglesia —entre ellos mi

bisabuela incrédula— para presenciar cómo delante de Dios

los novios se dieron el sí eterno: algo titubeante el “sí” del

joven galán, hay que admitir, pero un “sí” al fin.


¡Gracias por leer a María Eugenia Mayobre !

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