Amor y desamor en el cerebro

por Eduardo Calixto

3 minutos

 

PRÓLOGO

 

El amor no es un proceso fisiológico que se inicia en el cora­zón, es un evento que se construye y, algunas veces, se des­truye en el cerebro.No hay nada como sentirse enamorado y tener la motivación de volver a ver, hablar y besar a la persona amada.Ese conjunto de sentimientos que nos hace sentir mariposas en el abdomen, taquicardia y las manos sudorosas, acompañado de sonrisas nerviosas es la respuesta neuroquímica de la felicidad asociada a emociones positivas.Pero a veces la misma persona que nos enamora se convierte en el peor juez de nuestras decisiones, en victimario, verdugo y destructor de nuestros sueños o, peor aún, en pareja que por años destruye nuestra autoestima y humilla nuestros valores más cuidados.

Este libro analiza cómo la mayoría de las relaciones de amor inician en el cerebro como una historia digna de pelí­cula: conocerse, gustarse y emocionarse.Todo parece apuntar a que la persona de quien nos enamoramos es la indicada para amar, la persona para acompañarnos toda la vida.Cada beso y caricia suele indicar que estamos ante la persona per­fecta.En ese momento, el cerebro libera y actúan en él un conjunto de sustancias que nos emocionan, apasionan y nos hacen adictos: endorfinas, encefalinas, adrenalina, dopamina y oxitocina.Pero esto también nos quita la objetividad, trans­forma la realidad; vemos sólo lo que queremos ver.

En poco tiempo –pueden ser semanas o meses, pero en promedio menos de cuatro años– aparece la personalidad real de la pareja: los compulsivos, las abandonadoras, los violentos, las manipuladoras, los infieles, las celosas, los mentirosos-compulsivos, las inmaduras, los violentos pasi­vos, los adictos a relaciones difíciles.Una lista interminable que a veces pasa de la anécdota a la risa, a la reflexión, a las lágrimas.Para bailar un tango se necesitan dos; para entender una relación, también.Este libro analiza lo que sucede en el cerebro de ambos miembros en una relación en nuestro con­texto social común.Diferentes historias, actores distintos, con finales disímiles y experiencias únicas, en todas ellas se aprende, se discute y se pretende reflexionar.

75% de todo lo que sucede en nuestro día es una inter­pretación cerebral; lo que hoy analizamos, mañana puede cambiar o llevarnos a otra conclusión.Es decir, sólo una cuarta parte del tiempo de nuestra cotidianidad debe per­manecer con profunda atención y debe convocar a nuestra inteligencia y memoria.Escoger, amar y romper una relación debe ocuparnos más tiempo y, en consecuencia, hacernos más conscientes de lo que hacemos.Cerca de 80% de las personas que conozcamos se irán de nuestra vida en menos de cinco años de alguna forma; reflexionar sobre esto nos  ayudará a entender que no todas las personas se quedarán para siempre a nuestro lado, aunque los queramos, aunque sean necesarios.

Si en una relación ambas personas están enamoradas, ¿por qué una ama más que la otra? El amor crece cuando se reparte, debería fortalecerse con los años, pero la indiferencia gana terreno después de obtener lo que se quiere.¿Por qué un cerebro es infiel? ¿Se perdona realmente una mentira? ¿Por qué los varones suelen afianzarse a relaciones que son difíciles? ¿Por qué comúnmente una mujer suele poner el punto final de una relación en donde el varón dejó puntos suspensivos? ¿Qué sucede en el cerebro cuando alguien ama de tal manera que no ve el daño que le ocasiona una pareja manipuladora y violenta? ¿Por qué por amor deducimos que podemos soportar dolor y perdonar todo lo que venga de alguien que dice que nos ama?

Una respuesta básica es que se debe a la dependencia que genera la dopamina cerebral, que conduce a una disminución de la inteligencia, asociada a incrementos de oxitocina que nos permiten ser empáticos y solidarios, aun con quienes son nuestros victimarios.Asociar la violencia y la felicidad en una relación se convierte en un viaje en una montaña rusa de emociones y procesos fisiológicos cerebrales que llegan a cansar.En algunos casos, uno de los integrantes de la pareja suele bajarse de esa travesía que no conduce a ningún sitio emocional ni social.

Este libro no es un tratado de neurociencias, es un acerca­miento a la fisiología cerebral del amor y el desamor, tratando de plantear una explicación inmediata ante las diversas expre­siones de amor y desamor.Si a partir de esta lectura alguien se interesa por estudiar con mayor precisión lo que sucede en las neuronas durante el amor, ya se cumplió el primer objetivo.El segundo objetivo es tratar de otorgar una explicación a una de las emociones y motivaciones más importantes de nuestra vida a través de la divulgación de la ciencia.

 

Benjamín ya no sabe qué hacer. Guadalupe, su novia, rompió la televisión otra vez, aventó la computadora por la ventana y no ha dejado de gritar en diez minutos. Él está encerrado en el baño, preso dentro de su propio departamento en una mezcla de enojo y tristeza. Piensa que es el momento de la separación. Desde hace un año Benjamín ama a Guadalupe como a nadie en el mundo. Siempre llora de desesperación cuando ella lo hu­milla, pero vuelve a abrir la puerta para que ella se disculpe. Es un ciclo repetitivo de generar agresión, violencia y aturdimiento para después recibir varias formas de disculpa y volver a hacer el amor de una forma increíble. Benjamín sabe que este ciclo perverso es cada vez más frecuente y más doloroso.

Guadalupe tiene 22 años, es muy atractiva, competitiva, sa­gaz y cuida mucho su forma de vestir. Estudió biología en una universidad pública y aunque no se ha titulado tiene uno de los mejores promedios de su generación. Trabaja como vendedora de productos médicos. Benjamín la conoció en la universidad y

 

CAPÍTULO 1

Amor al límite

 

desde el primer momento en que la observó se enamoró de ella. A través de amigos comunes él intentó poco a poco saber de su vida y un día se decidió: la invitó a salir. Comenzaron a tener relaciones sexuales desde la primera ocasión que estuvieron juntos. Su vida sexual era increíblemente placentera y llena de recursos creativos, por lo cual Benjamín tenía un enorme deseo constante por esa mujer. Conforme conocía mejor a Guadalupe, Benjamín se sentía seguro de que era una mujer diferente a las que había conocido.

A las cinco semanas de haber iniciado la relación, Guadalupe y Benjamín tomaron la decisión de vivir juntos. Ella llevó sus cosas al pequeño departamento, se instaló y se adaptó a las condiciones de las recámaras pequeñas. Aunque todo parecía perfecto, Benjamín en realidad sentía que todo había sido de­masiado rápido. Pero el atractivo sexual era tan grande que se había convencido de que valía la pena intentar todo por el amor que sentía por ella.

Guadalupe siempre ha sido de decisiones firmes, su manera de hablar es acelerada y frecuentemente expresa sensaciones de urgencia; todo debe ser inmediato, no puede esperar. Su in­tolerancia empezó a causar los primeros problemas entre ellos. Cuando Benjamín se atrevía a argumentar sus enojos y deses­peraciones, ella empezaba a llorar histéricamente y a decirle que no podía esperar menos de un hombre. Guadalupe lo ofendía, le decía que era muy estúpido para entenderla, que era poca cosa para ella, y aún en el llanto varias veces le dijo: “Déjame, córreme de tu casa.” Benjamín se sentía totalmente desarmado y en la gran mayoría de las discusiones él era quien tenía que aceptar la situación. Benjamín gradualmente se fue haciendo cada vez más tolerante, las peleas fueron cada vez más frecuentes, los  detonantes cada vez eran menores y los elementos discursivos se hacían cada vez más pequeños.

Poco a poco Benjamín se fue enterando por voz de su propia amada de varios detalles de su vida sexual: ella perdió su virgi­nidad con un primo a los once años por iniciativa de la propia Guadalupe. Ha seducido a la gran mayoría de los profesores en la preparatoria y universidad que le han gustado, a muchos de ellos por el placer de verlos humillados y después negarse ante sus súplicas. Su estrategia de seducción siempre le ha permitido sacar provecho de cada una de las relaciones, ya sea con ventajas económicas, ya sea por un incremento de calificaciones u obte­niendo mejores condiciones de trabajo. Ella ha trabajado para dos firmas de productos médicos, en ambas su jefe inmediato y algunos clientes han sido seleccionados para ser amantes en turno y después ser borrados de la lista. Por decisión de la pro­pia Guadalupe, ninguno de ellos podía durar más de un mes a su lado. Por lo tanto, Benjamín representaba en los últimos seis meses una ruptura de esta línea, lo cual por momentos hacía sentir muy bien a Benjamín, pero en otros sentir que la relación no era lo suficientemente madura y que en cualquier momento podría terminarse. El denominador común de los hombres en su vida es que ellos la necesitaban tanto que no era posible man­tener esa relación por más tiempo. Al terminar cada una de las relaciones, ella culpaba a sus amantes del fin de la historia; ella no era la culpable sino ellos por su poco interés o por su exceso de atenciones.

Guadalupe era hija de un matrimonio promedio de clase me­dia, tenía un hermano diez años mayor, por lo que por momen­tos se podía considerar como hija única. Era la hija consentida de su padre; sin embargo, ella no deja de reconocer las actitudes tiránicas y violentas de su padre cuando está en desacuerdo con ella. Desde la adolescencia Guadalupe no soporta estar sola, siempre necesita de amigos o de una pareja para sentirse bien. En la universidad su carácter jovial y arrebatado le ha permitido conocer a la gran mayoría de los compañeros de su generación. Las fiestas organizadas en su casa fueron minando poco a poco la tolerancia de sus padres al grado de disminuirles su ayuda y sus atenciones, fue precisamente en esa época cuando conoció a Benjamín. Fue más por invertir su tiempo que por necesidades económicas que Guadalupe buscó un trabajo. A Benjamín no le alcanzaban las palabras ni el tiempo para comprender toda la complejidad que a veces Guadalupe le explicaba. Ella era un torbellino, iba y venía y por momentos no regresaba a la casa, incluso hubo noches en que él no supo en dónde estaba. A veces estallaba en celos sin llanto, teniendo presentes los anteceden­tes de su amada, las noches eran un infierno por pensar que podía estar con otro. La gran mayoría de las veces así sucedió, ella regresaba llorando pidiéndole perdón y al mismo tiempo prometiéndole que jamás volvería a suceder eso. Sin embargo, las infidelidades de Guadalupe fueron cada vez más frecuentes, con diferentes hombres, todas ellas aceptadas y puestas en una mesa de discusión en la que Benjamín no hacía más que fingir su enojo, llorar su tristeza y comerse sus propias palabras. No entendía cómo podía amar a una persona que no lo quería y que no le daba respeto. Todas las discusiones también terminaban con un “te prometo, mi amor, que no vuelve a suceder”, “voy a cambiar… pero no me dejes Benjamín, por favor, no me dejes”.

Benjamín era apenas tres meses mayor que Guadalupe, era un hombre promedio en toda la extensión de la palabra, en la forma de ver la vida y en su físico. No era atractivo pero tampoco pasaba desapercibido para la gran mayoría de las mujeres. Sus padres se habían divorciado cuando él tenía once años. Origi­nario del Estado de México, le costaba mucho trabajo llegar a la universidad, por lo que tuvo que ponerse a trabajar para pagar el alquiler en un modesto departamento a cinco minutos de la Universidad. La relación con las mujeres era bastante compli­cada para él. Había tenido dos novias, de las cuales solamente la última le dejó la experiencia de saber cómo comportarse con una novia en lo social, pedir permiso y regresar a las horas que socialmente tenían que cumplir en la casa de ella. Apenas había aprendido a ser un novio formal cuando su exnovia decidió ya no estar más con él y lo cortó. Benjamín entendía ya el proceso de enamorarse, el desamor y la ilusión de volverse a relacio­nar con otra persona. Casi dos años después de esto conoció a Guadalupe. Era un huracán de emociones y contrastes que no podía entender y explicarse totalmente, pero lo fascinaba, lo hacía sentir otra persona, incluso deseaba volver a cada uno de sus ciclos, algo que a veces lo aterrorizaba y a veces le generaba satisfacción.


¡Gracias por leer a Eduardo Calixto!

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