Una novela criminal

por Jorge Volpi

20 minutos

Primera parte

La puesta en escena

 

1. La aguja y el pajar

La mejor manera de empezar una historia es con

otra. Para narrar el caso de Israel Vallarta y Florence

Cassez, los protagonistas de esta novela documental o

de esta novela sin ficción, debo dirigir la mirada hacia

un personaje en apariencia secundario: su nombre es

Valeria Cheja, acaba de cumplir 18 años y estudia en

una preparatoria privada de la Ciudad de México. Una

adolescente de clase media como tantas: vanidosa, fiestera,

ávida de mundo. Observémosla la mañana del 31

de agosto de 2005: el cabello negro, la camiseta blanca

y los pants azules con jaspes también blancos del uniforme.

Valeria suele pasar por sus amigas en el Seat rojo

que le regalaron sus padres, pero hoy debe exponer en

su primera clase y prefiere marcharse sola, consciente de

que cada mañana la Ciudad de México se transforma

en un campo de batalla donde millones de automovilistas

se rebasan y amontonan en filas interminables a

una velocidad que rara vez excede los veinte kilómetros

por hora.

El aire fresco golpea su rostro cuando, cerca de las

07:40, sale al patio, arroja su mochila en el asiento del

copiloto, toma su lugar frente al volante y enciende

el motor. Entre su casa y el Colegio Vermont median

unos veinte kilómetros y Valeria sabe que, si no se da

prisa, el trayecto puede tomarle el doble de tiempo. La

joven toma San Francisco Culhuacán y, poco antes

de doblar hacia Taxqueña, un Volvo blanco se detiene

frente a ella. La joven supone que el conductor ha

sufrido una avería y frena en seco; por el retrovisor se

percata de que una camioneta negra bloquea el paso a

sus espaldas. El susto apenas le permite distinguir a los

dos enmascarados que descienden del automóvil. Uno

de ellos estrella la ventanilla de su lado izquierdo, le

grita que no se mueva y la amenaza con una pistola, en

tanto el otro la obliga a pasarse al asiento trasero del vehículo

y se acomoda al volante; un tercer sujeto aborda

la van negra.

Valeria se da cuenta de que el primero es el jefe de la

banda, pues los demás se limitan a seguir sus instrucciones.

Cuando el Volvo arranca de nuevo, éste le ordena

quedarse callada y el sujeto a su lado la obliga a sumir el

rostro en el asiento. El Seat avanza unos metros, gira en

una callejuela y se estaciona. Uno de sus captores le cubre

la cabeza con una manta, la obliga a bajar y la trepa

en la camioneta sin ventanas; finalizado el trasiego, los

tres vehículos se ponen otra vez en marcha. Asfixiada

por el roce de la cobija, a la joven se le ocurre balbucir

que está a punto de sufrir un ataque de asma. Los secuestradores

le quitan la manta del rostro y le preguntan

si necesita alguna medicina.

“Me dan miedo las armas”, se justifica Valeria, fingiendo

que se ahoga.

“No te preocupes, las vamos a esconder”, responden

sus captores y guardan rifles y pistolas debajo del

asiento.

No será la primera vez que Valeria se valga de su

astucia para obtener concesiones de sus secuestradores.

Al cabo de diez minutos, la camioneta aminora la velocidad,

da un rápido giro, atraviesa una verja —la joven

escucha el rechinido de un portón metálico— y se estaciona

en un patio interior. Los secuestradores la cargan

en hombros, la introducen en la propiedad y la depositan

en una incómoda silla de madera. El jefe de la

banda, a quien los demás llaman Patrón, le pregunta

cuánto dinero cree que su familia podría pagar como

rescate. Pese al aturdimiento, Valeria inventa que Mayco

Diseños, la empresa textil de su madre, atraviesa por severas

dificultades económicas y le explica al Patrón que

está sometida a un par de auditorías del Seguro Social y

de Hacienda.

El secuestrador le exige entonces su celular; Valeria

rebusca en su bolsillo y le entrega el Nextel que le regaló

su madre.

Son las 07:50.

“Márcale a tu mamá”, ordena el Patrón. Laura Maya

Tinajero apenas tarda en contestar. “Estoy bien, no te

preocupes”, alcanza a musitar Valeria antes de que el

Patrón le arrebate el aparato.

El secuestrador le explica a Laura que tienen a su

hija en su poder, pero que nada va a pasarle si coopera

con ellos; le ordena no dar aviso a la policía, le comenta

que Valeria lo ha puesto al tanto de los problemas de la

empresa y le pregunta qué cantidad estaría dispuesta

a pagar por su libertad. Sin saber qué hacer, Laura confirma

la mentira y alega carecer de efectivo. El Patrón le

exige diez millones de pesos.

“¿Cuál es el nombre de su padre, doña Laura?”, le

pregunta. Tomada por sorpresa, Laura responde que se

llama Humberto. “A partir de ahora tiene que llamarme

así”, le indica el Patrón antes de cortar la llamada.

Cerca de las 08:00, el secuestrador vuelve a marcarle

a Laura para saber si ya tiene idea del monto que será

capaz de reunir. Más flexible, le propone una rebaja de

cinco millones.

Valeria, entretanto, ha permanecido inmóvil en la

silla. Alguien le retira la manta de la cabeza y ella siente

cómo le acomodan el cabello, le colocan una borla de

algodón en cada ojo y proceden a vendarla. Poco después

la trasladan a uno de los sillones de la sala, un poco

más mullido.

A las 10:45, el Patrón le llama otra vez a su madre

para indicarle dónde se encuentra el Seat de Valeria.

Laura le ordena a un empleado de la empresa que vaya

a recogerlo y, sin atender las indicaciones de los secuestradores,

pide ayuda a la policía. Hacia las 11:00 se presenta

en su domicilio la agente Murgui, de la Dirección

de Análisis Técnico de la Procuraduría General de la República;

acostumbrada a este tipo de crisis, lleva consigo

un maletín con una grabadora, un teléfono y un identificador

de llamadas. Desde ese momento, la agente acude

a diario a su casa para aconsejarla; también se entrevista

con el padre de Valeria, el empresario judío Benjamín

Cheja, y con la madre de Laura.

Para tranquilizar a Valeria, el Patrón le explica que

son profesionales y le adelanta que, si su familia hace

lo que piden, quedará libre en poco tiempo. También le

explica que están arreglando su cuarto y que deberá esperar

a que esté listo; Valeria finge mostrarse comprensiva

y le dice que entiende que todo el mundo debe

buscarse una forma de ganarse la vida. Pasa varias horas

allí, sentada y vendada, oyendo las voces de los comentaristas

televisivos y las conversaciones y movimientos

de sus captores. “Aquí han estado políticos súper importantes”,

le presume el Patrón, “empresarios y gente así.”

Un escalofrío recorre la espalda de Valeria. “¿Y no

han matado a nadie?”, cuestiona. “Hace tiempo tuvimos

a un señor casado, con un hijo”, le contesta el Patrón

para amedrentarla y le cuenta que pidieron mucho

dinero por su rescate y al final el hijo ofreció un millón

de pesos. “Por esa cantidad preferimos matarlo.” También

le revela que en otra ocasión tuvieron en su poder

a una niña (“como de tu edad”), hija de un político importante.

El padre confesó que, si bien sería capaz de

reunir el dinero del rescate, no tendría modo de justificarlo

ante la prensa. “Y entonces también tuvimos que

matarla.”

Dejando atrás este tono macabro, el Patrón vuelve

a interrogarla sobre las propiedades de su familia y Valeria

reitera la misma historia de problemas financieros.

El líder de la banda le confiesa que la seguían desde hacía

un mes y que pertenecen a la banda que la detuvo en

el Periférico el viernes anterior. Valeria recuerda que esa

tarde unos sujetos le impidieron el paso, pero, como iba

con un grupo de amigos, los dejaron ir luego de revisar

sus papeles.

Horas más tarde, los secuestradores depositan un

plato de comida sobre la mesa; Valeria apenas prueba

bocado mientras el Patrón continúa el interrogatorio.

Ella escucha cómo los demás se sientan a comer y pide

permiso para ir al baño. Otro de los captores la acompaña

a la planta alta; en el camino ella repara en el desnivel

entre el comedor y el pasillo y por debajo de la venda

entrevé los mosaicos azules del piso.

Por la noche la trasladan a otro cuarto y, un poco más

tarde, a la que será su habitación durante el resto de su

encierro, en la planta alta. El Patrón le explica que puede

quitarse la venda cuando ellos no estén, pero que cada

vez que toquen a la puerta deberá colocarse contra la

pared con una almohada o las sábanas sobre la cabeza.

Además del colchón, Valeria encuentra un televisor de

veinte pulgadas, un equipo de dvd, una mesita y un ventilador.

Del techo pende un foco sostenido por un cable

negro. En el baño adyacente, al cual se accede atravesando

el leve desnivel, descubre un lavabo color crema y

una bañera y un excusado blancos.

“Te me imaginas mucho a mi hija”, le susurra el Patrón.

“Te juro que no vas a estar mucho tiempo aquí. No

te preocupes, nadie va a tocarte ni a hacerte daño.”

Valeria le ruega que se quede, ya que desconfía de sus

empleados. El Patrón permanece con ella unos minutos;

luego le explica que tiene cosas que hacer y desciende

a la planta baja. A las 21:07, le marca otra vez a Laura.

“Quisiera que me dé alguna respuesta.”

A la madre de Valeria se le quiebra la voz. El Patrón

se esfuerza por tranquilizarla y después la vuelve a intimidar.

“Nosotros no vamos a ceder”, se enfada y le indica

que el dinero del rescate deberá estar en billetes de

doscientos, quinientos y mil. Laura insiste en que no

tiene ese dinero y, furioso, el secuestrador cuelga.

Transcurre un lento y angustioso día sin que Laura

reciba noticias de los secuestradores. Valeria permanece

en su cuarto, adonde le llevan sopa de pasta y una milanesa.

Por la noche la visita el Patrón, un hombre locuaz

y pródigo en opiniones que se queda a platicar con ella

largo rato.

A las 07:42 del 2 de septiembre, Laura recibe una

nueva llamada mientras la acompaña, como de costumbre,

la agente Murgui. La madre de Valeria le dice al secuestrador

que ha logrado reunir casi cien mil pesos.

“Ay, señora, ya empezamos mal”, se enfurruña éste,

“teníamos confianza en que no iba a decir tonterías.”

Laura insiste en que no tiene la cantidad que le pide.

“Pues qué lástima, de veras, era una chica muy linda.”

La comunicación se interrumpe; segundos más tarde,

el Patrón vuelve a marcar y le grita a Laura que, si

vuelve a colgarle el teléfono, no volverá a llamar. “Se le

dijo que no avisara a nadie”, la regaña. Humberto le dice

entonces algo significativo: “No se deje usted llevar por

gente que no tiene la misma sangre de usted y de su hija.”

La negociación prosigue en la misma tónica: el secuestrador

exige su pago y Laura reitera que no tiene

más que cien mil pesos. Como si fuese el regateo en un

mercado, éste le propone una rebaja sustancial: ya tampoco

serán cinco millones, sino lo que ella tenga a bien

reunir.

El Patrón sube poco después a la habitación de Valeria;

ella se coloca contra la pared y uno de los secuestradores

le venda los ojos. El jefe de la banda la convida

a la mesa, ambos desayunan sendos platones de cereal y

él le explica que al parecer le dieron mal sus datos, pues

sólo secuestran a gente rica. Le advierte, sin embargo,

que debe cuidarse de los ojetes que tiene a su alrededor

y le adelanta que muy pronto se dará cuenta de quién la

ha entrampado. “Yo ya quiero que te vayas”, le confía el

Patrón y, en una suerte de síndrome de Estocolmo a la

inversa, añade que no quiere ningún rescate porque Valeria

ha sido una niña muy valiente.

La joven pasa el resto de la mañana en su habitación.

A la hora de la comida, dos sujetos le suben otra

vez sopa de pasta y una milanesa. Ella vuelve a su juego:

exige papas fritas, botanas y películas en video; los secuestradores

cumplen su petición. Valeria tira la comida

chatarra al excusado, pero su capricho le permite creer

que mantiene cierto control sobre su vida. El resto del

día revisa sus cuadernos de la escuela, oye la radio y ve

un poco de tele.

En su conversación de la noche anterior, el Patrón

le pidió que todas las tardes, a la misma hora, escuche

un programa de radio de Amor fm, en el 95.3 del cuadrante:

una de esas emisiones de autoayuda en las que

el conductor da un sinfín de consejos sobre todos los

tópicos posibles. Por la noche, mientras los dos cenan

espalda contra espalda, el líder de la banda la examina

sobre lo que aprendió en la radio, endilgándole interminables

reflexiones sobre la vida. Un secuestrador con

vena de filósofo.

Tras otro día sin noticias, el 4 de septiembre, a las

12:57, Laura recibe un nuevo telefonema. El Patrón le

ordena dejar fuera a Benjamín, el padre de Valeria; ella

le dice que ha logrado reunir ciento ochenta mil pesos.

Sin prestar demasiada atención, éste vuelve a preguntarle

por sus propiedades, su camioneta —Laura le explica

que no ha pagado los abonos en seis meses— y la

colegiatura de la escuela, cotejando sus respuestas con

la información que alguien le ha proporcionado. Laura,

por su parte, trata de generar en él cierta empatía contándole

de la enfermedad de su madre.

Otro miembro de la banda irrumpe esa tarde en el

cuarto de Valeria. Su voz es más gruesa que la del Patrón;

su tono, violento y amenazante. Le dice que no

entiende por qué su jefe la consiente tanto, que está

harto y que ella terminará por pagarlo. Cuando el Patrón

visita a Valeria por la noche, la encuentra llorando;

le toma la mano y trata de apaciguarla. “Estoy empezando

a encariñarme contigo”, le dice y añade con su

estilo de lector de manuales de autoayuda: “Para mí

también es doloroso tenerte acá. Aunque la jaula sea de

oro, jaula es.”

Por su parte, Valeria le entrega una larga carta para

su mamá; convencida de que jamás volverá a ver a su

familia, le escribe que no la han maltratado y le pide

tratar de ser feliz. El Patrón promete enviarla por la

mañana.

A las 21:55, Laura recibe una nueva llamada. Le parece

que la voz del otro lado del teléfono no es la misma

de las ocasiones anteriores. Sin tomar en cuenta sus recelos,

el secuestrador le pregunta sobre la renta que paga

por su casa, las ganancias de la empresa y las máquinas

que utiliza. “No coincide, señora, no coincide”, refunfuña.

“¿Cómo le hace para pagar la vida que llevan, la

escuela, la comida, la gasolina, tantas cosas?”

Como el Patrón se mantiene ausente a la mañana

siguiente, dos de sus hombres suben a la habitación de

Valeria con comida. Mientras almuerza, le cuentan que

llevaban siguiéndola un mes y que habían querido secuestrarla

el lunes anterior, pero Valeria manejaba muy

rápido. En otra ocasión tampoco pudieron detenerla

porque iba con su madre y le repiten que no entienden

por qué el Patrón quiere liberarla sin recibir el dinero,

que éste nunca antes ha tomado esa actitud y que ella ha

roto todas las reglas. Para tratar de apaciguarlos, Valeria

les habla de futbol y les pregunta por sus equipos favoritos.

Por la noche, cuando el Patrón sube a su cuarto, ella

le regala un dibujo donde aparece al lado de su madre

y el secuestrador ocupa el lugar de su padre: la manera

de contrarrestar la escalofriante posibilidad de que el

secuestrador se esté enamorando de ella. Éste promete

liberarla.

A las 15:02 del 5 de septiembre, el Patrón vuelve a

comunicarse con Laura; le pide que consiga unas bolsas

negras, de las que se usan para la basura, para poner el

dinero del rescate en billetes de varias denominaciones.

Auxiliada por la agente Murgui, ella cuenta los fajos,

previamente fotografiados con sus respectivos números

de serie, y los coloca en las bolsas de plástico. A las

15:55, el Patrón vuelve a marcarle para saber si ha finalizado

su encomienda. La negociación se enreda unos

minutos cuando el secuestrador le pide a Laura que ella

misma entregue el dinero en su Mercedes y ella le dice

que no puede salir, que debe quedarse con su mamá y

que enviará a su chofer en un coche distinto.

“¿Y a qué hora espero a mi hija?”, pregunta Laura.

El Patrón le promete dejarla por la noche en un lugar

seguro. Laura le pasa el teléfono a su chofer y el secuestrador

le da instrucciones. Tras un enrevesado diálogo

sobre el celular que habrán de usar para comunicarse, el

Patrón accede al intercambio. Con la venia de la agente

de la afi, el chofer se pone en marcha y deposita las bolsas

de basura con el dinero en el lugar convenido.

A las 17:44, Laura recibe la llamada de confirmación.

“Le tengo una noticia”, le anuncia Humberto.

“Relájese, por favor, ya usted cumplió, ahora me toca

cumplirle a mí. Relájese, deme usted tiempo de que

mande y a la niña la traigan para acá. Yo se la pongo en

un lugar sana y salva, ¿okey?”

“Gracias, señor, gracias”, se emociona Laura.

“Ya tiene usted mi confianza al cien”, añade el Patrón.

“Ahora permítame demostrarle yo quién soy, hasta

en esto yo también sé cumplir, señora. Cuídese mucho,

cuide mucho a su hija, a su señora madre. Pero cuídese

mucho, y cuídese de los ojetes que tiene usted alrededor,

señora. No le puedo decir de dónde, puede ser un vecino,

puede ser un familiar, puede ser inclusive alguien

de su trabajo.”

Cerca de las 20:00, los secuestradores suben a la habitación

de Valeria, le ponen sus tenis y su chamarra

azul marino y le vendan los ojos como la primera vez.

“Te tenemos una noticia buena y una mala”, le anuncian.

“¿Cuál quieres primero?” Muerta de miedo, Valeria

responde que la mala. “Primero la buena. Ya te vas a

ir”, juegan con ella. “Y ahora la mala: ¿qué estarías dispuesta

a dar para irte?” La joven imagina lo peor. “No”,

se ríen, “ya te vas.”

El Patrón sube a la habitación, carga a Valeria en

hombros para bajar la escalera y la monta en un vehículo

compacto tipo Pointer. Circulan unos quince

minutos hasta detenerse en una calle oscura. El jefe de

la banda la ayuda a bajar y camina unos pasos junto

a ella. “Que Dios te bendiga”, le dice y le da un beso

en la nuca. “Perdóname por lo que te hicimos. Si alguna

vez necesitas algo, sintoniza el mismo programa

de radio, yo siempre lo escucho. Marca y di al aire:

Humberto, necesito tu ayuda, y yo estaré allí.” El secuestrador

le quita la venda y, como Yahvé con la mujer

de Lot o Hades con Orfeo, la conmina a no volver

la vista atrás.

A las 21:20, Laura contesta la última llamada del

Patrón, quien le dice que su hija ya se encuentra en la

colonia frente a su casa. Laura pregunta si debe ir por

ella y él le recomienda esperarla en casa. “Le pido mil

perdones, pero pues era un trabajo más para esta gente y

en este caso me tocó a mí estar entre usted y ella.”

Observemos esa calle oscura en las inmediaciones

de Coyoacán mientras Valeria camina hacia el portal de

su casa y, ante las miradas conmovidas de sus hermanos

y de la agente Murgui, se lanza en brazos de su madre.

Un secuestro como el sufrido por Valeria no es una

excepción en el México de 2005: se trata de una práctica

que, en las postrimerías del sexenio de Vicente Fox,

el empresario que bajo las siglas del Partido Acción Nacional

desplazó al régimen de la Revolución tras más de

siete décadas en el poder, se ha vuelto casi normal. Debemos

retrotraernos a esos años, antes de que se inicie

la guerra contra el narco, para calibrar el malestar social

frente a lo que se percibe como una repentina y pertinaz

amenaza a la seguridad pública.

En esos momentos yo no vivo en México, pero con

frecuencia me llegan ecos de nuevos levantones: una

palabreja del bajo mundo que empieza a volverse moneda

corriente en nuestro vocabulario. Abundan los secuestros

de grandes y pequeños empresarios —los más

expuestos y quienes más critican al gobierno por su inacción—,

pero también de restauranteros, burócratas,

profesionistas e incluso estudiantes y amas de casa. Todos

conocemos a alguien que ha sufrido al menos un

secuestro exprés: el asaltante aborda por la fuerza el taxi

en donde viajas, te retiene hasta pasada la medianoche

y te obliga a extraer el monto máximo del cajero automático

en dos ocasiones; si te va bien, al final obliga al

conductor a abandonarte en un descampado.

Fox afronta, entre mil promesas incumplidas de la

transición democrática, esta epidemia de inseguridad.

Para combatirla ha decretado que la antigua Policía Federal,

tan desprestigiada durante el antiguo régimen a causa

de su corrupción y sus motivaciones políticas, se transforme

en la reluciente Agencia Federal de Investigaciones,

a cuya cabeza ha colocado a quien se presenta como el

mayor experto en el combate al crimen organizado: un

ingeniero convertido en espía y luego en jefe policiaco.

A su vez, éste le encarga a su hombre de mayor confianza

el combate al secuestro.

Retengamos sus nombres: Genaro García Luna, director

de la afi, y Luis Cárdenas Palomino, director de

Investigación Policial de la corporación.

La tarde del 13 de septiembre de 2005, Valeria y su

madre acuden a la sede de la Subprocuraduría de Investigación

Especializada en Delincuencia Organizada

(mejor conocida por sus siglas: siedo) para declarar en

torno al secuestro. Es muy probable que hayan estado

allí antes de esta fecha, pues la joven fue liberada desde

el 5, pero, si ocurrió así, no queda registro en el expediente.

Localizada entonces en un desgarbado inmueble

en la Plaza de la República, frente al Monumento

a la Revolución —los restos del Palacio Legislativo planeado

por Porfirio Díaz que jamás llegó a terminarse—,

la siedo es una dependencia de la Procuraduría que, al

igual que la afi, se ha convertido en pilar de la nueva

política de seguridad de Fox.

Valeria realiza su declaración poco antes de las

18:00 y su madre un par de horas más tarde. La joven

afirma que no pudo distinguir los rostros de sus captores

porque siempre estuvieron encapuchados, la obligaban

a volverse contra la pared cuando entraban a su

habitación y la mantenían con los ojos vendados.

La averiguación previa termina en manos del agente

del Ministerio Público federal Alejandro Fernández Medrano,

un abogado de Guadalajara de 28 años, rechoncho

y lenguaraz, cuya carrera en la institución avanza

con las mejores expectativas. En el enredado sistema

criminal mexicano, corresponde al Ministerio Público

—un órgano autónomo dependiente del Poder Ejecutivo—

la tarea de investigar las denuncias presentadas

por los ciudadanos y determinar si existen elementos

suficientes para consignar a los sospechosos y acusarlos

ante un juez. A su vez, el Ministerio Público se vale de la

policía judicial, reencarnada en la afi, para investigar los

delitos. Un sistema tan complejo y meticulosamente regulado

como ineficaz. Y una metáfora perfecta del país.

Uno podría imaginarlos como las versiones mexicanas

de otras célebres parejas de investigadores: Sherlock

Holmes y el doctor Watson; Starsky y Hutch; Cagney

y Lacey. O, de manera más próxima, Matthew McConaughey

y Woody Harrelson, los atormentados protagonistas

de True Detective. Me refiero a los agentes de la

afi que reciben la orden de investigar el secuestro de Valeria:

José Luis Escalona y José Aburto. El primero tiene

30 años, sólo llegó a concluir el bachillerato, es moreno

y corpulento, está casado y se desempeña como Agente

de Investigación c; su compañero tiene 25, es soltero,

estudió la licenciatura en Derecho y también es Agente

de Investigación c, un rango no demasiado elevado en

la jerarquía policial.

Entre el 13 y el 26 de septiembre, ambos desarrollan

una línea de trabajo que los lleva a relacionar el

modus operandi de los secuestradores de Valeria con seis

casos ocurridos entre el 6 de junio de 2001 y el 17 de

mayo de 2005. Hay que recalcar que dicho modus operandi

no parece distinguirse del empleado por cualquier

banda de secuestradores: detener a la víctima colocando

un coche frente a ella (en este caso, el Volvo blanco),

trasladarla a otro vehículo (la camioneta negra sin ventanas),

taparle el rostro con una manta y vendarle los

ojos. El único dato relevante que esgrimen para justificar

sus sospechas es una declaración de Valeria según

la cual sus cuidadores le confesaron ser profesionales y

dedicarse a secuestrar “gente rica, personas importantes

y hasta políticos”.

La agente Murgui es la responsable de conducirlos

hacia estas pistas. Aunque carece de cualquier formación

como perito en fonología, es ella quien concluye que

Humberto (es decir, el Patrón) participó en otros seis

secuestros. Tras escuchar un sinfín de grabaciones almacenadas

en el banco de voces de la pgr, concluye que la

voz del Patrón es idéntica a la del sujeto que negoció los

rescates de los empresarios judíos —el dato no será irrelevante—

Elías Nousari, Emilio Jafif y Shlomo Segal, así

como los de Margarita Delgado y Roberto García. La

agente Murgui también vincula el secuestro de Valeria

con el de Ignacio Figueroa, cuyo caso es el único que se

resolvió de manera sangrienta, pues, a diferencia de los

anteriores, liberados tras pagar sus respectivos rescates,

su cadáver fue hallado en el interior de un coche el 9 de

julio de ese 2005.

El 27 de septiembre, Laura se presenta de nuevo en

las oficinas de la siedo y Fernández Medrano la hace

escuchar una a una las grabaciones de estos seis casos.

Según su declaración, firmada a las 20:00, la madre

de Valeria reconoce la voz del secuestrador de Ignacio

Figueroa como la del primer hombre que se puso en

contacto con ella, es decir, el primer sujeto que se hizo

llamar Humberto. Laura basa su certeza en que ambos

usan expresiones como “créame, yo creo en usted”, “desgraciadamente

esta vez le tocó a usted”, “sólo cumplo

con las órdenes que me dan” o “yo solamente estoy haciendo

mi trabajo”.

Para esclarecer el crimen, los agentes Escalona y

Aburto tienen a continuación una idea genial: emprender

una serie de recorridos por el sur de la ciudad, en

compañía de Valeria, en busca del Volvo blanco y la casa

de seguridad donde ella estuvo presa. Esa zona de la

Ciudad de México, dividida entre las delegaciones Coyoacán,

Tlalpan y Xochimilco, abarca unos 475 kilómetros

cuadrados y cuenta con una población cercana al

millón seiscientos mil habitantes, por lo que resulta natural

que durante largas semanas los agentes Escalona y

Aburto no sean capaces de localizar ni la casa ni el coche.

Imaginemos la escena: según su propio testimonio,

un día sí y otro también los agentes Escalona y Aburto

se presentan en el domicilio de Valeria; cada vez más

acostumbrada a su presencia, ella los saluda con cordialidad

y aborda la patrulla. ¿Y entonces? Avanzan hacia

el lugar del secuestro e inician su rondín por el congestionado

sur de la Ciudad de México tratando de repetir

el itinerario que los captores siguieron el 31 de agosto.

Recordemos que ella está cubierta con una manta, que

se siente aterrada y sofocada, y que su memoria de los giros

y sobresaltos en el camino, e incluso del tiempo que

tomó el trayecto hasta la casa de seguridad, no puede ser

muy precisa. Supongo que la patrulla a veces se encamina

por San Francisco Culhuacán, otras por Taxqueña

o Calzada de Tlalpan; a veces se dirigen hacia el norte, a

veces hacia el sur; en otras ocasiones prefieren el oriente

o el poniente. Días y días agotados en la imposible búsqueda

de un Volvo blanco o de una casa de seguridad

de la que no tienen ninguna descripción porque, según

Valeria, ella jamás vio la fachada del inmueble. Aun así,

los agentes Escalona y Aburto perseveran, confiando en

hallar la aguja en el pajar.

Hasta que la encuentran.

A principios de diciembre (en sus informes los agentes

no refieren ni la fecha ni la hora del hallazgo, aunque

debió ocurrir el día 2), la joven y los agentes de la afi

realizan otro de sus rondines cuando, según sus informes,

al circular por Viaducto Tlalpan a la altura de la

desviación hacia la carretera federal a Cuernavaca, una

vía rápida de cinco carriles por lado, avistan un Volvo

gris plata sin placas. Según Escalona y Aburto, Valeria

no sólo reconoce de inmediato el automóvil, sino a su

conductor.

Los agentes Escalona y Aburto consideran que la

situación puede tornarse peligrosa y dejan a Valeria en

compañía de otro agente de la afi (no queda claro en

qué momento lo llaman, esperan a que llegue, le confían

a su testigo y reemprenden la marcha sin perder de

vista al sospechoso) y siguen al Volvo gris plata hasta que

se detiene en el kilómetro 29.5 de la carretera federal, a

la altura de Ahuacatitla, frente a una propiedad con un

portón de metal donde se aprecia un letrero que dice

Rancho Las Chinitas, en la colonia San Miguel Topilejo.

Tras constatar este hecho, los agentes regresan por

Valeria y la llevan de vuelta a su casa. Al escribir estas

líneas, me preocupo por constatar en Google Maps que

la distancia entre la casa de Valeria y Las Chinitas es de

unos veinte kilómetros, que a buena velocidad se recorren

en unos treinta y cinco minutos, un tiempo mucho

mayor a los diez fijados por Valeria y los agentes.

Debo detenerme aquí para imaginar, o tratar de

imaginar, cómo se realizó el hallazgo. La patrulla de los

agentes Escalona y Aburto circula a buena velocidad por

Viaducto Tlalpan; en el asiento trasero, Valeria mira hacia

un lado y hacia otro en un agónico intento por localizar

un Volvo blanco. De pronto, Aburto o Escalona le

señalan un vehículo —que sí es un Volvo, pero no blanco,

sino gris—, y le dicen: mira, ¿no será aquél? Valeria

se concentra y, pese a que tanto la patrulla como ese automóvil

avanzan a buena velocidad, reconoce a su conductor.

¿Cómo? Tendríamos que suponer que los policías

se emparejan de su lado izquierdo (el único modo de

apreciar de cerca al piloto) y entonces la joven recuerda,

¿qué? ¿La forma de su cabeza, su mentón, su corte de pelo?

Según los agentes, Valeria no tiene dudas: es el Patrón.

Una de las ventajas del novelista es que apenas cuesta

trabajo distinguir una escena inverosímil. En otras palabras:

una escena falsa.

A partir del día siguiente, los policías vigilan la propiedad

y fotografían a su ocupante, si bien en el expediente

jamás detallan fechas u horas. Tengo en mis manos

la copia de una de las imágenes supuestamente tomadas

en esos días, donde aparece un hombre moreno, con el

cabello muy corto y barba de candado, delante de un

Volvo que parece gris (con certeza no es blanco). Tras

preguntar a los vecinos, los agentes averiguan su nombre:

Israel Vallarta Cisneros.

Otra fotografía muestra el interior de Las Chinitas,

en la cual se aprecia el patio central y el empedrado con

una cruz de piedra en el centro: ello sólo puede significar

que los agentes Escalona y Aburto ingresaron en la

propiedad antes de la detención de Vallarta, sin disponer

de una orden de cateo y cuando, según asegurarán más

adelante, se encontraban allí tres personas secuestradas.

Una foto más, tomada por agentes de la policía que se

disfrazan de empleados de Telmex, incluye a un sobrino

de Israel, Juan Carlos Cortez Vallarta.

El 3 de diciembre, los agentes Escalona y Aburto siguen

a Israel cuando éste se dirige en el Volvo gris plata

hacia el oriente de la ciudad y lo observan detenerse en

tres lugares antes de volver a Las Chinitas. Según el recuento

de los policías, Vallarta primero se apea en dos

casas en la delegación Iztapalapa (según ellos, en la segunda

mantiene contacto durante treinta minutos con

dos jóvenes que habitan en el lugar) y luego recorre media

ciudad para dirigirse a la colonia Vértiz Narvarte,

donde según los agentes permanece cuarenta o cuarenta

y cinco minutos antes de volver al rancho.

Los agentes Escalona y Aburto asientan que la segunda

propiedad es un despacho contable cuyos inquilinos

son considerados por los vecinos como “gente con

actitudes sospechosas”. Más relevante resulta la presencia

de Israel, jamás documentada —por alguna razón los

agentes no se preocupan por tomar fotos—, en Moctezuma

257, el segundo domicilio en Iztapalapa; los agentes

Escalona y Aburto descubren que dicho inmueble

pertenece a la familia Rueda Cacho, dos de cuyos miembros,

José Fernando y Marco Antonio, serán vinculados

con el secuestro y homicidio de Ignacio Figueroa al que

me referí antes. Recordemos que, al ser confrontada con

el banco de voces de la pgr, Laura confirmó que la voz

del negociador de este secuestro era la misma del Patrón.

Si un policía sin suerte no es un buen policía, los

agentes Escalona y Aburto parecen ser los mejores policías

del mundo: en un recorrido aleatorio por una muy

extensa y poblada zona de la ciudad no sólo logran que la

víctima identifique a uno de sus captores (al cual nunca

vio de frente ya que según su dicho inicial siempre estuvo

vendada o contra la pared), en un automóvil en

marcha (que de pronto deja de ser blanco para adquirir

una tonalidad gris plata), sino que, al seguir sus pasos,

éste los conduce a la casa de los supuestos secuestradores

del fallecido Ignacio Figueroa. Todo encaja.

Provistos con estos elementos, los agentes Escalona

y Aburto solicitan las licencias de conducir de los dos

sujetos con los que, según ellos, estuvo Israel en Iztapalapa:

los hermanos José Fernando y Marco Antonio

Rueda Cacho. Una vez con las copias de las identificaciones

en su poder, el 3 de diciembre se trasladan a la

casa de Valeria para mostrárselas junto con los duplicados

de las fotos que le tomaron a Vallarta. Según el informe

policiaco, ella no sólo identifica el Volvo, sino a su

dueño, a quien reconoce como el Patrón, así como a los

dos sujetos que supuestamente hablaron con él frente a

la casa de Moctezuma 257: los hermanos Rueda Cacho.

O al menos ésta es la historia que los agentes Escalona y

Aburto asientan en su informe.

Conforme al registro de entradas de la siedo, Valeria

se presenta ante Fernández Medrano para ampliar

de nueva cuenta su declaración el 5 de diciembre. Permanece

allí entre las 18:40 y las 20:40; no obstante, su

testimonio aparece fechado el día 4. Este día, Valeria

tiene un súbito recuerdo que le permite identificar, ya

sin asomo de duda, a Israel Vallarta como el Patrón.

“Al segundo día de mi secuestro”, declara, refiriéndose

al 1º de septiembre de 2005, “el jefe de la banda, al

que le decían el Patrón, fue a mi habitación y me pregunto

qué quería y yo le respondí que un espejo. Me contestó

que eso no se podía hacer, pero que iba a hacer una

excepción y que iba a mandar a sus muchachos a que me

lo trajeran y lo colocaran. Después de una hora llegaron

los dos sujetos que también me cuidaban y me dijeron

que me tapara la cara porque iban a entrar a dejarme el

espejo.”

La insólita generosidad del Patrón no sólo le concede

a Valeria la posibilidad de disponer de un espejo,

sino de un espejo que, según su relato, mide metro y

medio de largo por cincuenta centímetros de ancho. Un

espejo monumental que a la postre se transforma en

un regalo invaluable: le permite admirarse de cuerpo

entero y, adicionalmente, a la manera de los cuentos de

hadas, le confiere la posibilidad de entrever el rostro

de su secuestrador.

“Después de que dejé de escuchar el ruido del taladro”,

cuenta Valeria, “pensé que ya habían instalado

el espejo, por lo que me levanté un poco la sábana y

logré ver a través del espejo la media filiación de quien

identifiqué por la voz como el jefe de la banda, sin que

dicho sujeto se haya dado cuenta, motivo por el cual ya

no quise exponerme a verlo otra vez. Sujeto que logré

darme cuenta que era de aproximadamente 35 años de

edad, complexión regular, es decir no estaba gordo ni

flaco, y de aproximadamente 1.75, piel blanca y cabello

corto, un poco quebrado y con entradas de cabello poco

pronunciadas.”

Valeria jamás declara que el sujeto lleve barba de candado:

un rasgo que sería imposible pasar por alto. En

cambio, en la foto que le mostraron los agentes Escalona

y Aburto, Vallarta aparecía con este tipo de vello facial.

“El día sábado 3 de diciembre del presente año”, indica

el testimonio ministerial de Valeria, “me fueron a

visitar los mismos elementos de la afi con los que fui

a realizar los recorridos que anteriormente referí, los cuales

me mostraron varias impresiones fotográficas en las

cuales había impresiones de casas, de varios vehículos

y varios sujetos, motivo por el cual inmediatamente

identifiqué el vehículo marca Volvo gris plata como el

mismo que en los días anteriores habíamos visto y el cual

probablemente sea el mismo en el cual me hayan interceptado

para secuestrarme.”

Valeria reconoce en la foto a la persona que se encuentra

parada al lado del Volvo como el mismo que

participó en su secuestro y al cual logró observar a través

del espejo. Asimismo, identifica a Marco Antonio y

José Fernando Rueda Cacho, a los cuales conoció por

medio de un chico con el que salió unas cuantas veces,

primo de ellos, Salvador Rueda, y afirma que dichos sujetos

asistieron a la fiesta de cumpleaños que le organizó

su mamá.

En las fotos de sus licencias, José Fernando luce menor

a su edad, con el cabello muy corto, un rostro ovalado

y, pese a su semblante de niño, una mirada dura y

firme; su hermano Marco Antonio tiene en cambio una

quijada amplia y cuadrada, casi agresiva. Por su parte, en

las dos imágenes en las que Israel Vallarta se halla junto

al Volvo gris plata, aparece vestido con una chamarra

oscura y una camisa blanca y tiene la ya mencionada

perilla o barba de candado. En la segunda, Israel dialoga

con un hombre de negro, con gafas oscuras, al cual

posteriormente identificará como un policía preventivo

a quien le había pedido ayuda al notar la presencia de

personas extrañas cerca de su casa.

Once años después de los hechos, Valeria trabaja en

el área de relaciones públicas de una importante empresa

de espectáculos. Llega a nuestra cita en el Sanborns del

Centro Comercial Santa Fe, en una de las zonas más ricas

de la ciudad —un skyline estilo Frankfurt construido

en medio de antiguos basurales—, acompañada por su

novio, un joven cineasta dueño de su propia compañía

productora. Se le nota tranquila, con una vida muy lejana

del momento que marcó su vida. Aunque en los

años posteriores a su secuestro se negó a dar entrevistas,

hoy no tiene empacho en hablar conmigo. Si tras su

liberación declaró sin temor a las represalias para prevenir

que otras personas sufrieran un destino como el

suyo —o peor, pues a fin de cuentas ella no sufrió ningún

daño físico—, ahora lo rememora con distancia y

aplomo.

Su testimonio actual, un tanto empañado por el

tiempo, contradice en algunos puntos sustanciales lo recogido

en el expediente. Desde el momento en que rindió

su primera declaración ante los agentes de la afi,

éstos le confiaron que ya tenían detectada a la banda que

la había secuestrado. Incluso le aclararon que había tenido

mucha suerte, pues sus miembros se distinguían por

retener a sus víctimas durante largo tiempo y en muchas

ocasiones terminaban asesinándolas a pesar de que sus

familias pagasen los rescates (como en el caso Figueroa).

Si bien las fechas precisas se confunden en su memoria,

Valeria no recuerda haber participado en la

investigación hasta que, más o menos a principios de

diciembre de 2005, recibió una llamada de la policía

cuando se encontraba de vacaciones en Acapulco, urgiéndola

a volver a la Ciudad de México. Los agentes

le informaron que le tenían una buena noticia: habían

localizado a sus secuestradores. Sólo cuando volvió a la

capital los agentes le mostraron las fotografías de los hermanos

Rueda Cacho y las imágenes de Israel frente al

Volvo gris plata.

Hoy, Valeria sigue convencida de que Vallarta es el

Patrón, pero reconoce que fueron los agentes quienes

la convencieron de su culpabilidad y de que el cambio

de color del Volvo se debió a que el secuestro había ocurrido

de madrugada. Sólo después de mostrarle estas impresiones,

los agentes la llevaron a hacer el rondín para

identificar el vehículo. Los agentes Escalona y Aburto

no parecían tener entonces tanta suerte como afirmaron

en sus informes: el episodio en el que Valeria reconoce

el Volvo en Viaducto Tlalpan —así como al Patrón—,

nunca sucedió.

Todo lo anterior, sumado al extraño juego de fechas

que coloca la ampliación de la declaración de Valeria

después de que le hubiesen enseñado las fotografías, lleva

a concluir que la afi vigilaba a Israel desde antes de

este secuestro y que las imágenes que le tomaron —en

las cuales lucía una barba de candado— eran de una

época anterior. Esta historia no se inicia, pues, con Valeria:

ella no reconoció directamente a Israel, sino que los

agentes Escalona y Aburto le mostraron sus retratos y le

aseguraron que él era el líder de la banda.

Convencidos de que el secuestro de Valeria está relacionado

con los demás casos de su lista, los últimos días

de noviembre los agentes Escalona y Aburto se entrevistan

con los empresarios Elías Nousari y Shlomo Segal,

los cuales identifican el rancho Las Chinitas a partir de

la inexplicable foto tomada en su interior, así como la

ruta para llegar a él, que describen llena de curvas. Asimismo,

recuerdan el empedrado por el que se accede

a la propiedad y los fuertes ladridos de unos perros por

la noche. Pero, ¿cómo reconocen el camino sin haberlo

recorrido de nuevo? ¿Y cómo están tan seguros de que

se trata de la casa de seguridad donde estuvieron presos

si, conforme a sus testimonios, permanecieron siempre

con los ojos vendados?

Tras este nuevo éxito, Escalona y Aburto buscan a

Andrés, el hermano del fallecido Ignacio Figueroa, y le

muestran las mismas imágenes que a Valeria. Éste no

reconoce ni a Vallarta ni Las Chinitas, pero sí la casa de

Moctezuma 257, donde asegura que vivían unos amigos

suyos, los hermanos Rueda Cacho, con quienes mantiene

una relación de amistad desde hace varios años.

Informado de todo esto, el 6 de diciembre Fernández

Medrano accede a emitir un Acuerdo de localización y

presentación, dirigido al ingeniero Genaro García Luna,

director de la afi, donde solicita la detención de las tres

personas que considera involucradas en el secuestro de

Valeria: los hermanos José Fernando y Marco Antonio

Rueda Cacho e Israel Vallarta.

Valeria es una piedrecilla en lo alto de una cumbre

nevada. El guijarro da vueltas y vueltas y en su descenso

multiplica su tamaño al cubrirse cada vez con más capas

de hielo hasta llevarse consigo a los hermanos José Fernando

y Marco Antonio Rueda Cacho, así como a Israel

Vallarta y a su novia, la francesa Florence Cassez; ya convertida

en tumulto o avalancha, provocará el desmantelamiento

—o la invención— de la que muy pronto será

conocida como banda del Zodiaco; producirá uno de los

más burdos montajes televisivos de la historia criminal

de México; causará un revuelo mediático sin precedentes;

tensará las relaciones diplomáticas entre dos países

que hasta entonces se veían como amigos o aliados y provocará

la enconada rivalidad entre sus presidentes, la cual

determinará la cancelación del Año de México en Francia;

auspiciará la captura de decenas de personas supuestamente

vinculadas con Los Zodiaco, incluyendo a dos

hermanos y a tres sobrinos de Israel; polarizará a la sociedad

mexicana en torno a la posible liberación de la

francesa por los vicios en el proceso; desatará la ira de

incontables comentaristas y activistas o falsos activistas;

y, a la postre —a más de una década de que Valeria haya

puesto en marcha la avalancha, ésta aún no se detiene—,

terminará por convertirse en prueba fehaciente de que

el sistema de justicia mexicano no sólo estaba (y está)

dominado por una arquitectura institucional abstrusa e

ineficiente, sino por una corrupción abismal y una aberrante

manipulación política, así como por el uso indiscriminado

de la tortura, todo lo cual impedía (e impide)

cualquier aproximación a la verdad.

Al comenzar esta novela documental o esta novela

sin ficción no sé, no puedo saber, si Israel Vallarta y Florence

Cassez son inocentes o culpables del secuestro de

Valeria. Y no sé, no puedo saber, si participaron en los

demás secuestros que se les achacan. Con algo de suerte,

espero concluir estas páginas con una idea más clara de

los hechos. Por mi parte, inicio este relato, mi propia investigación

literaria del caso, como debieron hacerlo la

policía y las autoridades judiciales en su momento: con

la presunción de que Israel Vallarta y Florence Cassez

son inocentes mientras no se demuestre lo contrario.

2. Los Vallarta y los Cassez

¿Quién es Israel Vallarta? Ésta es, acaso, la pregunta

más difícil que me plantearé en este libro. ¿Quién es el

personaje central de este relato cuya historia ha quedado

opacada por la de su novia, Florence Cassez? ¿Un

peligroso criminal o la víctima de una gigantesca conspiración?

A ella, al menos en México y Francia, la conoceremos

mejor: su repentina fama, debida al azar de

su nacionalidad y a la persistencia de su presidente, la

llevará a las primeras planas de diarios y revistas en todo

el mundo, a comparecer en un sinfín de programas de

radio y televisión e incluso a escribir dos libros que detallan

su propia versión de los hechos. Todos los mexicanos

hemos escuchado su voz un tanto gangosa y atiplada

y sus erres francesas, o al menos eso solemos creer. Él

permanece, en cambio, olvidado casi por la fuerza. Silenciado

primero por las autoridades y luego por los

medios. Por ello se impone conocerlos a ambos antes

de que esta disparidad, que a ella la transformará en una

celebridad global y a él apenas en su sombra, separe sus

destinos. Porque su historia también es, al modo de

Romeo y Julieta, la de un amor imposible entre dos familias

o, en este caso, dos naciones enfrentadas.

Los Vallarta, seis de cuyos miembros han sido acusados

de formar parte de la Banda del Zodiaco, presumen

con orgullo su filiación con uno de los juristas

más insignes de México, Ignacio Luis Vallarta, dos veces

gobernador de Jalisco durante la dictadura de Porfirio

Díaz y uno de los ministros de la Suprema Corte de Justicia

que dejaron una impronta perdurable por su defensa

de la legalidad y su compromiso con la justicia. Dos

generales del ejército, José Vallarta Chávez y Álvaro Vallarta

Ceceña, al lado del notario Guillermo Vallarta Plata,

completan la nómina de figuras ilustres en su linaje.

Perteneciente al lado de la familia asentado tanto

en Jalisco como en el vecino estado de Nayarit, Jorge

Vallarta nació en 1926, en Guanajuato, durante uno de

los viajes de su padre, un ingeniero químico que murió

cuando su hijo no había cumplido nueve años. Las

dificultades económicas provocaron que abandonase

los estudios al terminar la secundaria, obligado a ganarse

la vida por sí mismo. Un self-made man a la mexicana.

Gloria Cisneros también era huérfana. Su padre,

Alberto Cisneros, había sido un próspero comerciante

que llegó a ser jefe de compras de El Palacio de Hierro.

Alberto llegó a detentar un considerable número de acciones

de la empresa, que vendió cuando un conocido lo

invitó a participar en un negocio redondo: una mina de

plata en Taxco. Cuando ésta se reveló seca, perdió todos

sus ahorros, se derrumbó en una demencia prematura y

murió cuando su hija tenía apenas 2 años.

Las familias Vallarta y Cisneros se frecuentaban

desde antes de la debacle y Jorge solía jugar con los hijos

pequeños del amigo de su padre. La primera vez que

vio a Gloria, a quien le llevaba siete años, era una niña

de párvulos que cayó de bruces mientras corría y él no

aguantó la risa. A este episodio le siguió una camaradería

infantil que se decantó en un precoz romance.

Cuando Gloria tenía 14 años y Jorge, 21, los huérfanos

se mudaron juntos: pese a los vaivenes de la vida

en común, pasarían los siguientes sesenta años lado a

lado hasta la muerte de ella, en 2011. Recuerdo a don

Jorge como un hombre delgado y sereno, con un rostro

melancólico que camuflaba la entereza con que presenció

la paulatina destrucción de su familia: tuve ocasión

de saludarlo cuando visitaba la casa de su hija Guadalupe,

en la colonia de los Doctores, donde dormitaba

o se paseaba con una sonrisa frágil y un andar de fantasma,

acaso rememorando tiempos más felices.

Jorge y Gloria no se casaron hasta 1980, cuando ella

le impuso un tardío ultimátum: o acudían al templo a

regularizar su situación —era una fiel testigo de Jehová,

fe que le transmitió a la mayor parte de sus hijos, en especial

a Jorge y su familia— o lo dejaría para siempre.

Doña Gloria era una mujer de armas tomar, además de

una generosa ama de casa que no sólo crio a su numerosa

progenie, sino que multiplicó los panes para recibir

a sus sobrinos y a los amigos de éstos en una familia extendida

que sumaba dos decenas de miembros. “No se

espantaba ante la vida”, dice de ella su hija Guadalupe.

Tras recalar en varios empleos, Jorge fue contratado

por la distribuidora de automóviles Marcos Carrillo y se

convirtió en uno de sus vendedores estrella. Sus ingresos

le permitieron ofrecerles educación profesional a todos

sus hijos, con excepción de Israel, el cual abandonó la

preparatoria debido a la enfermedad que se abatió sobre

su madre. La familia se asentó en Iztapalapa, que entonces

no era el atestado suburbio que conocemos hoy

—y que suele asociarse con una comunidad tan solidaria

como brava, distinguida por sus sangrientas representaciones

de la pasión de Cristo—, sino un barrio que

iniciaba un febril desarrollo urbano.


¡Gracias por leer a Jorge Volpi!

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