Un beso en tu futuro

por Raquel Castro

5 minutos

 

1

Sonó el timbre, guardé todas mis cosas tan rápido como pude, como cayeran, y salí, con la mochila a medio cerrar y un par de libros en la mano, cuando la maestra de His­toria todavía estaba diciendo que no olvidáramos la ta­rea para el lunes. Por suerte no me obligó a regresarme, como lo habría hecho la miss de Inglés, quien odia que nos paremos de nuestros lugares si no ha terminado de hablar: me urgía largarme de ahí antes de que los ojos se me llenaran de lágrimas, horror.

Justo cuando iba llegando a las escaleras, y que pen­saba que me había librado de ella, escuché esa voz de­trás de mí.

—¡Nanny, espérate!

Fingí que no escuchaba y comencé a bajar los esca­lones de dos en dos.

—¡Nan, sorda! —gritó, más fuerte.

 

No quería detenerme, pero no podía seguir hacién­dome mensa. Llegué al final de las escaleras, respiré pro­fundo y me di la vuelta, con una sonrisa más falsa que nada.

—¡Qué! —dije, según yo muy casual, aunque el nudo en la garganta me hacía dificilísimo contestar.

Jonathan siguió bajando a su propio paso, pero en respuesta a mi “qué” levantó un trapo viejo y mugrosón. O, más bien, mi suéter del uniforme, me di cuenta en ese momento. Pendeja de mí, lo había olvidado otra vez en la papelera de mi banca, uf.

—Mensa. No se te olvida la cabeza porque de ve­ras… —me dijo con una sonrisa mientras me aventaba el suéter a la cara.

—Es que tengo prisa —mentí descaradamente—. Quiero ver si todavía está la señora de las congeladas, ya ves que se va temprano…

—Mentirosa —respondió con esa sonrisa tan bonita que hacía que se me doblaran las rodillas.

—¡No es mentira! —quise reclamar, pero no se me ocurrió qué más decir.

Él se rio. ¡Cómo me gusta su risa!

—Qué se me hace… que te gusta alguien…

Sentí frío. ¿Me habría cachado?

 

—Cómo crees, menso.

—¿Todavía no? Eres muy lenta, Nanny. Has de ser la única del salón que sigue pensando que los besos son pura baba y microbios.

Me dio calor en las mejillas pero fingí que guardar el suéter en la mochila era la actividad más importante del planeta.

—¡Te pusiste roja! ¡Sí te gusta alguien! —y empezó a hacerme burla como niño chiquito.

—Qué zonzo. Lo que pasa es que me dio asquito. Guácala eso de que te metan la lengua en la garganta para dejarte todos sus gérmenes.

—No la friegues, Nan. No sabes lo que dices. Ya te veré, ya te veré. Como te dijo la señora del tarot, Nanny: ¡hay un beso en tu futuro!

 

2

Nunca me iba a dejar en paz con eso. Habíamos ido a Coyoacán con nuestras mamás y en la plaza había una se­ñora hippie, de pelo larguísimo y falda hasta el suelo, con un letrero que decía “te leo el futuro”. Nada más vernos, dijo que nos podía adivinar el porvenir. A nuestras mamás se les hizo chistoso, y nos acercamos.

—Vas a tener mucha suerte en el amor —le dijo a Jonathan.

Me pareció un fraude. Obvio que un chavo tan pero tan guapo iba a tener suerte con las chavas (era justo cuan­do me empezaba a gustar, y yo creo que la jija bruja ayu­dó a que me diera más fuerte la obsesión).

Luego me miró a mí. Yo puse mi mejor cara de palo, para que no pudiera adivinar nada de lo que estaba pensan­do o sintiendo, pero ella miró mi mano, miró a Jonathan como de pasadita y me salió con la estupidez esa:

 

—Hay un beso en tu futuro.

La odié tanto… Por suerte, Jona no se dio cuenta de la mirada que le había echado a él. Y por suerte nuestras mamás parecían chamaquitas, todas emocionadas de que les predijeran su futuro, así que nos dieron dinero para ir por un helado y se quedaron a solas con la señora para que les dijera sus cosas.

Habría sido una tontería olvidable y ya de no ser por­que, en el fondo, desde ese día me la pasé soñando con lo del beso en mi futuro. En privado, claro. Con Jona, ni loca lo iba a admitir. Y bueno, él tampoco lo había olvidado, y cada vez que podía, me molestaba con eso.

 

 

3

Y en ésas estábamos afuera de la escuela, Jona moles­tándome con lo del beso y yo haciéndome la que me daba asco, cuando pasó junto a nosotros Bety, la de primero C. Me dedicó una sonrisa tiesa y a Jonathan ni lo miró. Sentí que el nudo en mi garganta comenzaba a latir, como si tuviera vida propia.

—¿No te vas a ir con tu novia? —le pregunté a Jonathan.

Él me miró con una ceja levantada, que era su expre­sión de “¿de qué estás hablando?”. Yo le señalé a Bety con la mirada. Él se carcajeó otra vez.

—¿Bety? ¿Estás loca?

—¿No me dijiste ayer que hoy le ibas a decir…?

—Pues sí, pero en la mañana que llegué a la escuela me di cuenta de que… —y se interrumpió.

Yo sentí que me desmayaba. Imaginé que me decía: “Me di cuenta de que estoy enamorado de ti”, y el nudo

 

en la garganta se me fue al estómago y explotó en un cir­co de pulgas que brincaban de un lado a otro sin control.

Pero no lo dijo.

No dijo nada.

—¿De qué te diste cuenta? —le pregunté despacito, queriendo y no queriendo saber.

—De que es medio mamona, ¿no?

Las pulgas de mi panza se murieron todas al mismo tiempo, como si les hubieran dado un periodicazo.

—¡Llevo semanas diciéndote que es una sangrona! —le dije, haciéndome la indignada.

Él empezó a hacerme cosquillas y yo le di un zape. Cuando me lo quiso devolver, le pegó sin querer a un chavo de prepa que estaba parado junto a nosotros. Jonathan se disculpó y nos fuimos rápido de ahí, antes de que el agravia­do reaccionara. Ya que estuvimos lejos, nos reímos tanto que nos dolió la panza. Fue un buen cambio, después de tantos días de tener dolor de panza pero de nervios, sólo de imaginarme que Jona empezara a andar con la tal Bety.

—¿Estás bien? —me preguntó de repente.

—Seee. ¿Por? —respondí mientras me secaba las lá­grimas: eran de risa.

—Pues te he sentido rara esta semana. Como eno­jada o algo.

 

—Naaa, estás loco. Más bien tú andabas muy ocu­pado estolqueando a Bety y ni me pelabas.

Me miró a los ojos y se puso serio. Me choca y me encanta al mismo tiempo cuando hace eso. Es como si sus ojos se convirtieran en un detector de mentiras, en un rayo láser que se introduce en mi mente o en mis sentimientos. Antes eso me parecía muy padre, porque así yo no tenía que contarle nada, todo lo adivinaba con mirarme a los ojos: si me había peleado con mi herma­na, si mis papás otra vez tenían broncas, si se me había perdido lo de la colegiatura… Todo lo pescaba de inme­diato y me aconsejaba o me regañaba, o simplemente me contaba bobadas para hacerme reír. Pero ahora me saca mucho de onda, porque hay cosas que no quiero que sepa. No quiero que se note que de un tiempo a la fecha sus ojos de color café me parecen más bonitos que los de cualquier artista, o que cuando me sonríe me dan ganas de besarlo. Porque, claro, mientras yo lo veo cada vez más guapo al maldito, él se ha vuelto un coqueto de lo peor: en lo que va del año escolar ya anduvo y cortó con cuatro chavas, dos de nuestro salón, otra de segun­do C y una ¡de tercero! ¿Qué posibilidades tengo yo?

—Tú andas rara y ya no me dejas saber qué te pasa —se quejó.

 

—No es cierto —gruñí.

—¡Claro que sí! Antes, con verte podía saber qué te­nías, ahora como que te cierras.

—A lo mejor con el hormonazo perdiste tu poder mutante. Te cambió la voz, te salieron esos pelos horri­bles en la cara y dejaste de adivinar mis pensamientos.

Jonathan se llevó la mano a la cara, como para bus­carse la dizque barba que le empezaba a salir, y en eso nos interrumpió Samuel, un chavo de tercero que va a la misma escuela de Inglés que yo en las tardes:

—Nancy, ¿vas a ir hoy al Inglés? —me preguntó.

—Seee.

—¿Le puedes dar mi tarea al tícher? Es que me toca cuidar a mis sobrinos.

Se fue corriendo luego de darme sus hojas con la tarea y Jonathan volvió a mirarme con la ceja levantada.

—¿Te gusta ése? —preguntó.

No se me había ocurrido, pero Samuel es de los gua­pos de la escuela, así alto, flaquito, de lentes y pecoso. Y en las tardes, que iba sin uniforme a las clases de Inglés, se veía mucho mejor, porque se vestía con mucha ondi­ta. ¡Excelente, Jonathan! ¿Ahora también me voy a sentir toda rara con Samuel?

—Obvio no —le dije.

 

Tenía que inventar algo rápido porque cuando Jonathan se pone necio, no hay modo de que se le quite. Hasta pensé en decirle que sí, que me gustaba Samuel, aunque no fuera cierto. Pero lo descarté luego luego: si con lo del beso en mi futuro estaba dándome lata todo el tiempo, con esto no me la iba a acabar.

—Ya dime qué te pasa, Nanny.

—Es cosa de mujeres —fue lo primero que se me ocurrió.

Ahora fue él quien se puso rojo un momento, pero se repuso.

—Me puedes contar. ¿Es un cólico? A mi mamá le dan…

—¡No te voy a contar nada aquí enfrente de todos, menso! —y le di un mochilazo.

—Bueno, voy a tu casa después de tu clase de Inglés, ¿sale? Me cuentas y sirve que me ayudas con la tarea de Mate —y antes de que le contestara, empezó a mo­lestarme otra vez—. A menos que tengas que pasarle la tarea de Inglés a tu amiguito de tercero…

Por suerte, su mamá llegó por él con prisa, porque iban a comer con su abuelita. Me despedí de ella con mucho gusto y, cuando él me despeinó como despedida, sen­tí que las pulgas de mi estómago comenzaban a revivir. Pulgas zombis, lo que me faltaba, pensé.

 

4

Habría que empezar por el principio. Me llamo Nancy García y tengo trece años, voy en segundo de secundaria y estoy enamorada de mi mejor amigo. Argh. La culpa no es mía: somos amigos desde el kínder porque su mamá y la mía son súper amigas desde que iban en la prepa. Vivimos muy cerca, hemos ido a las mismas escuelas y prácticamente tenemos los mismos gustos en música, videojuegos, series de tele y películas. Cuando teníamos ocho o nueve años, nuestro pasatiempo favorito era hacer enojar a Marifer, mi hermana, que nos lleva cinco años y que era insoportable cuando empezó la secundaria. Ahora ni la veo porque se pasa la vida en la universidad.

Y bueno, de chiquitos era padrísimo lo bien que nos llevábamos Jonathan y yo. Hubo un tiempo en que los otros niños lo molestaban porque estaba muy chaparrín y flaco, pero yo lo defendía. Ahora ya es más alto que yo

 

y nadie se atreve a burlarse de él porque es guapísimo. De hecho, Angie, la que fue su primera novia y que es como la abejita reina de nuestro grupo, primero me bus­có a mí para pedirme que le ayudara.

—Qué suertuda eres, tu mejor amigo pasó de babo­sito a ser el guapo del salón —me dijo—. ¿Cómo le haces para no ponerte nerviosa cuando estás con él?

A mí no se me había ocurrido que fuera guapo o que pusiera nerviosas a las niñas antes de que ella me lo dijera.

Pero esa tarde me le quedé viendo con atención y descubrí que era cierto.

—¿Qué me ves? —preguntó él y me despeinó.

—Menso —respondí y lo despeiné también, espe­rando que se me pasara esa sensación rara.

Pero no se me pasó.

Y cuando Angie le dijo que fueran novios, yo sentí una angustia y una tristeza que nunca, nunca me habían dado. En ese momento creí que no volvería a sentirme así de mal, pero a las dos semanas fue a verme después de mi clase de Inglés y…

—Voy a cortar a Angie —dijo.

—¿Por qué? —le pregunté, con miedo de que se me notara la alegría.

—Es que…

 

Me choca ese hábito que tiene de empezar a decir algo y dejarlo a medias.

—Es que qué —le insistí.

—Es que estuve platicando con Xóchitl, la morenita alta de tercero, ¿la ubicas? La de la escolta.

Me acuerdo que cuando me lo dijo sentí peor que cuando empezó a andar con Angie.

—¿Y qué con Xoch? —pregunté casi contra mi volun­tad. No quería escucharlo, pero sí quería, que es lo que me pasa ahora todo el tiempo con él.

—Pues que le gusto, ¿tú crees? Y que si corto con Angie, va a andar conmigo.

Y luego de un mes con Xoch, Grisel. Ahí la cosa se puso fea porque era la mejor amiga de Angie y se pelea­ron horrible.

Y luego empezó a hablar de Bety sin parar:

—¿A poco no es muy linda?

—Si te gustan flacas, pues sí.

—¿Viste qué bonito su lunar?

—No, la verdad no le ando viendo los lunares a la gente.

—¿Tú crees que sea sangrona?

—Es pesadísima, Jona. Peor que Angie y Grisel juntas. ¿No has visto cómo me barre cuando estoy contigo?

 

—¿De veras? ¡Yes!

—¿Cómo que yes? ¿Te da gusto que me vea feo?

—Pues a lo mejor es que está celosa. Como tú y yo nos la pasamos juntos todo el tiempo…

Y le habría dicho a Bety que anduviera con él pero entonces se le atravesó Fabiola, la del C. Duraron muy poquito porque la mamá de Fabiola lo supo y le prohibió andar de novia antes de acabar la secundaria, o por lo menos eso le dijo ella.

Jonathan estuvo muy triste como cinco segundos, y luego volvió a acordarse de Bety.

—¿No crees que Bety se ve más grande que las otras niñas de primero?

—Pues dicen que reprobó en otra escuela y que en­tró aquí a repetir año… —dije, con tan mala leche que hasta a mí misma me pareció ruin.

—No creo, tiene cara de lista.

—¿Por qué no vas y le dices que ande contigo? —exploté.

—¡Tienes razón! ¿Qué haría yo sin tus consejos?

Y así fue como me pasé los siguientes días con el nudo en la garganta, esperando que llegara a contarme “ya le dije y ya andamos” o “ya le dije y me bateó”. Aunque, por como Bety lo miraba, yo sabía que no lo iba a batear. Y la verdad es que no me hubiera dado gusto, porque

 

aunque odio que ande con una y con otra y que en mí ni se fije, no me gusta verlo triste. Me pregunto si realmen­te se arrepintió porque se dio cuenta de que es una san­grona o si será otra cosa. Me da terror que sea porque ya se dio cuenta de que me gusta.

Por estar pensando en eso, ni pude poner atención a mi clase de Inglés y casi se me olvida entregar la tarea de Samuel. Por suerte, me llegó un mensajito de Jonathan al celular cuando la clase iba como a la mitad:

¿Y ya entregaste la tarea de tu novio de

tercero? :P

Pedí permiso de salir y fui al salón de Samuel. Cuando le di la hoja al maestro, me vio como si tuviera monos en la cara, pero me la recibió y no dijo nada. Luego regresé a mi salón y, cada vez que mi maestra se descuidaba, me aso­maba a ver el mensaje de Jonathan en mi cel. Y siempre que lo veía, sentía que las pulgas trapecistas de mi estó­mago daban un triple salto mortal, sólo para sentirme tonta un segundo después porque ese mensaje no tenía nada de especial o prometedor.

 

5

Cuando llegué a mi casa, Jonathan ya estaba en la sala, viendo la tele y tomando un chocomilk.

—¿Qué te preparo? —me preguntó mi mamá.

—Lo mismo que al gorrón —dije.

Jonathan, que de repente hace cosas inesperadas y tontas, se quitó un tenis y me lo aventó. O sea, no para descalabrarme. Suavecito, pues. Yo caché el tenis entre risas, pero cuando vi que su calcetín estaba roto y se le asomaba el dedo gordo del pie, de plano solté la carca­jada. Al vérselo, él se atacó de la risa también. Eso es lo que no saben sus admiradoras de la escuela: que en al­gunas cosas sigue siendo un niñote, además de que sabe burlarse de sí mismo.

—Ya me dio frío en el dedo, dame mi tenis.

—No, me lo voy a quedar de trofeo —dije, y escondí el zapato detrás de mi espalda.

 

—¡Dámelo! —gritó como cuando teníamos siete años.

—A ver, quítamelo —lo reté, todavía entre risas.

En ese momento sentí que las cosas volvían a ser como antes y me dio gusto. Capaz que había sido sólo una fase rara, por todo eso que dicen de las hormonas y guaraguara. Pero entonces se me echó encima para tra­tar de quitarme el tenis y en cuanto su brazo tocó el mío y su cara quedó a nada de la mía, sentí como si hubie­ra metido los dedos en el contacto eléctrico. Me volví a acordar de la hippie aguafiestas y del “hay un beso en tu futuro” y me puse nerviosísima.

—Ten, pues —alcancé a decir y le di su tenis.

—¿Te enojaste? ¿Te lastimé?

—No, tonto —y me las arreglé para sonreír.

Ya no fue lo mismo. Vimos la tele un rato, medio pla­ticamos de tonterías y llegó su mamá por él. Sentí triste­za pero también alivio, porque estaba súper incómoda.

Ah, pero claro. Aunque su mamá llegó diciendo que tenía muchísima prisa, no se fueron en ese instante: en cuanto nuestras mamás se vieron, se metieron a la co­cina y, a los quince segundos, ya estaban tomando café, instaladísimas en el antecomedor. Sí, ellas se quedan ha­blando durante horas siempre que se ven, pero como que no es lo mismo cotorrear nosotros solos que cuando están

 

ellas al lado. A veces pasa que empiezan a platicar más quedito y los dos nos distraemos de lo nuestro por tra­tar de escucharlas, o también sucede justo al revés, ellas guardan silencio para escucharnos, nos cohíben y mejor nos callamos.

—Vamos a tu cuarto, ¿no? —propuso Jonathan.

De inmediato sentí una revolución dentro de mí: el estómago se me hizo chiquito, los cachetes me em­pezaron a arder, las manos comenzaron a sudarme y la garganta se me cerró. Lo peor es que me gustó la combi­nación de sensaciones y, por un momento, me imaginé a Jonathan y a mí, en mi cuarto, abrazándonos, su boca cerquitita de la mía, con ese aliento a chicle de fram­bue… ¡no!

—¡No! —mi grito mental no fue sólo mental.

—¿Por qué? —me preguntó, sacadísimo de onda.

—Está súper tirado.

—Uy, qué novedad.

—No, en serio. Me da pena que veas mi ropa sucia en el piso y…

—¡Pero si hasta he visto tus calzones debajo de la cama! —se burló.

Yo sentí que me moría.

—Fue UNA sola vez y teníamos… ¿qué? ¿Nueve años?

 

—No seas fresa. Eso de “ay, mi ropa sucia, qué pena” —lo dijo fingiendo la voz, así, toda finita— está chafísima.

—Yo no hablo así, menso.

—“Ay, ya no voy a jugar luchitas contigo porque me despeino” —y usó la misma voz mientras ponía las ma­nos abiertas al frente, y las movía como princesa que recién se hubiera pintado las uñas. Siempre me había hecho reír con esa imitación de las princesas, pero por­que generalmente la usaba para burlarse de mi hermana o de nuestras compañeras del salón, nunca de mí. Su­pongo que por eso esta vez no me hizo gracia.

—No te enojes —dijo en un tono más amable y lue­go bajó la voz—. Es que te quería contar de Bety. Me mandó un whatsapp.

Sentí ganas de ahorcarlo no sólo a él, también a la tal Bety. Tuve ganas de decirle que no quería saber nada de sus aventuras, pero, claro, dije lo contrario:

—Pues cuéntame —pero no podía ceder en todo, ¿verdad?, así que añadí—: Vamos al patio.

Él sonrió: por lo visto le daba lo mismo la recámara que el patio para contarme lo que me iba a contar. Total, seguro él no tenía esas fantasías repentinas que me es­taban volviendo loca a mí. O las tenía, pero con Bety. Y

 

con Xoch, y con Grisel y a saber con cuántas otras. Se me retorció el estómago, pero él ni lo notó.

Ya afuera, me enseñó los mensajes:

BETY: Oie m djste en visto k mala onda

JONJON: Sorry

BETY: Ya no t gustO?

JONJON: claro k siiii!!!!! D dond sakas esO?

Levanté la mirada del celular.

—Qué horrible escriben, eso es como de tiempos del ola ke ase, ¿no?

—Ya estás como la Panquecito —se burló.

La Panquecito es nuestra maestra de Español, y siempre nos critica por la forma en que escribimos. Yo, la ver­dad, tengo muy buena ortografía y me cuesta un montón de trabajo escribir con k y alternando mayúsculas y mi­núsculas, pero pues una se aplica, ¿no? Justo para que no te digan que ya estás como la Panqué, ash.

Le eché una mirada de “muérete” y seguí leyendo.


¡Gracias por leer a Raquel Castro!

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