Once minutos

por Paulo Coelho

7 minutos

Antes de comenzar


Desde el inicio de la literatura, muchos escritores en el mundo han venido discurriendo sobre el sexo: de Egipto a Grecia, y a Japón, el tema es una de las principales preocupaciones humanas. Pero a pesar de los millones de libros publicados al respecto, todavía no entendemos nada del asunto, y no creo que Once minutos pueda hacerlo mejor: porque la única conquista viable en la sexualidad es acabar con las mentiras que pueblan nuestro imaginario, y eso sólo es posible cuando tenemos la osadía de practicar, de equivocarnos, pero de decir la verdad sobre lo que sentimos. Nosotros, los hombres, no tenemos el valor de decir a la mujer: enséñame tu cuerpo.

Y la mujer tampoco nos dice: aprende cómo soy. Nos quedamos en el instinto primitivo de supervivencia de la especie, en la pseudo libertad de poder hablar abiertamente sobre el tema en la mesa de un restaurante, pero cuando estamos entre cuatro paredes, terminamos por descubrirnos como animales asustados, frágiles, inseguros.

Lo que debería ser un momento mágico se transforma en un acto de culpa, de creernos siempre por debajo de las expectativas de los demás. Olvidamos que ésta es una de las pocas situaciones en la vida en que la palabra “expectativa” debe ser eliminada por completo.

 

En el transcurso de mi existencia, he vivido el sexo de muchas maneras diferentes y contradictorias: nací en una época conservadora, cuando la virginidad era esencial para definir a una mujer de carácter. Asistí al surgimiento de la píldora anticonceptiva y de los antibióticos, indispensables para la revolución sexual que seguiría.

Viví intensamente el periodo hippy, cuando nos fuimos al extremo opuesto, practicando el amor libre en los conciertos de rock. Terminé volviendo a una época medio conservadora, medio liberal, con una nueva enfermedad contra la cual los antibióticos son inútiles, y en la que nadie sabe exactamente hacia dónde ir.

Pasamos a vivir en mundo de comportamiento-estándar: estándar de belleza, de calidad, de inteligencia, de eficiencia. Creemos que existe un modelo para todo y que, al seguir ese modelo, estaremos seguros. También establecemos un “estándar de sexo”, que en realidad está compuesto de una serie de mentiras: orgasmo vaginal, virilidad por encima de todo, mejor fingir que dejar al otro decepcionado, etcétera. Como consecuencia directa, ese tipo de actitud ha dejado a millones de personas frustradas, infelices, culpables.

Parte del mundo del escritor es reflexionar sobre su propia vida, y un libro sobre sexualidad se convirtió en una prioridad para mí.

 

Al principio imaginaba partir directamente de una relación ideal entre dos seres; intenté diversos abordajes, y no lo logré. Hasta que, al conocer a la prostituta que sirve de hilo conductor de mi libro, entendí por qué no lograba desarrollar la historia: para hablar de sexo sublime, es preciso partir del punto donde todos comenzamos: el miedo a que todo salga mal.

 

Once minutos no se propone ser un manual ni un tratado sobre el hombre y la mujer ante el mundo todavía desconocido de la relación sexual. Es un análisis de mi propio recorrido, sin pretender, en ningún momento, juzgar lo que viví. Me costó mucho aprender que el encuentro físico de dos cuerpos es más que una simple respuesta a ciertos estímulos carnales o al instinto de perpetuación de la especie. En realidad, lleva consigo toda una carga cultural del hombre y de la humanidad.

 

El sexo es una de las áreas de la vida en que la mentira se acepta como algo normal. Mentimos para dar placer al otro, sin darnos cuenta de que esa mentira puede —y va a— infectar todo lo que es más importante. Olvidamos que ahí está la manifestación de una energía espiritual llamada amor.

 

Esta comprensión es muy difícil de poner en términos prácticos, pero debemos intentarlo. Entonces, lo primero es entender que está compuesta de dos extremos, que caminarán juntos durante todo el acto: relajamiento y tensión.

¿Cómo poner esos estados opuestos en sintonía? Muy fácil: no tener miedo de equivocarse. En la medida en que la búsqueda de placer se realiza con entrega, con sinceridad, sentimos que el cuerpo se va tensando como la cuerda de un arco, pero la mente se va relajando, como la flecha que se prepara para ser disparada. El cerebro ya no gobierna el proceso, que pasa a ser conducido por el corazón.

 

Y el corazón utiliza los cinco sentidos para mostrarse al otro: tacto, olfato, vista, oído, gusto, todos están involucrados, como en las experiencias de éxtasis religioso. Es curioso que, en la mayoría de las relaciones sexuales, las personas intentan usar sólo el tacto y la vista: actuando así, empobrecen la plenitud de la experiencia.

Si alguien se entrega por completo, rompe el bloqueo del otro, por más fuerte que éste sea. Porque el acto de entrega significa “confío en ti”. En ese momento, entra en juego la verdadera energía sexual, y ésta no se concentra solamente en las partes que llamamos “eróticas”. Se derrama por todo el cuerpo, por cada hebra de cabello, por cada punto de la piel. Cada milímetro está ahora emitiendo una luz diferente, que es reconocida por el otro cuerpo y que se combina con él.

 

Cuando eso ocurre, entramos en una especie de ritual ancestral, que es una oportunidad de transformación. Un ritual, sea cual fuere, exige que estés listo para dejarte conducir a una nueva percepción del mundo. Y es esa voluntad la que hace que el ritual tenga sentido.

¿No es complicado todo esto? Es mucho más complicado hacer sexo como vemos que se hace hoy, un simple acto mecánico que provoca tensión durante su transcurso y un vacío al final. Es preciso tener conciencia de que cuando dos cuerpos se encuentran, están entrando juntos en un territorio desconocido. Transformar eso en una experiencia banal es perder la maravilla de la aventura.

Pero nada de eso se puede aprender en un libro, que en realidad sólo comparte la experiencia o la visión de su autor. El sexo significa, ante todo, tener el coraje de vivir sus paradojas, su individualidad, su voluntad de entrega. Para eso fue que escribí Once minutos: para ver si podía decir, a estas alturas de mi vida, a mis cincuenta y cinco años de edad, que tuve el coraje de aprender todo lo que la vida quiso enseñarme al respecto.

Paulo Coelho

Julio de 2003

 

Érase una vez una prostituta llamada María.

 

Un momento. “Érase una vez” es la mejor manera de comenzar una historia para niños, mientras que “prostituta” es un asunto para adultos. ¿Cómo puedo escribir un libro con esta aparente contradicción inicial? Pero en fin, como a cada instante de nuestra vida tenemos un pie en un cuento de hadas y el otro en el abismo, vamos a conservar este inicio:

Érase una vez una prostituta llamada María.

Como todas las prostitutas, había nacido virgen e inocente, y durante su adolescencia soñó con encontrar al hombre de su vida (rico, guapo, inteligente), casarse (vestida de novia), tener dos hijos (que serían famosos cuando crecieran) y vivir en una linda casa (con vista al mar). Su padre trabajaba como vendedor ambulante, su madre era costurera, su ciudad en el interior de Brasil tenía sólo un cine, un club nocturno y una sucursal bancaria. Por eso María no dejaba de esperar el día en que su príncipe encantado llegaría sin previo aviso, arrebataría su corazón y partiría con ella para conquistar al mundo.

 

Mientras su héroe no apareciera, sólo le quedaba soñar. Se enamoró por primera vez a los once años, cuando iba a pie de su casa a la escuela primaria local. El primer día de clases descubrió que no estaba sola en su trayecto: junto a ella caminaba un muchacho que vivía en el vecindario y asistía a clases en el mismo horario. Nunca intercambiaron una sola palabra, pero María comenzó a notar que la parte del día que más le gustaba eran aquellos momentos en la calle llena de polvo, sed, cansancio, el sol a plomo, el muchacho caminando rápido, mientras ella se agotaba en su esfuerzo por seguirle el paso.

 

La escena se repetiría durante varios meses. María, que detestaba estudiar y no tenía otra distracción en la vida excepto la televisión, comenzó a rogar porque el día pasara rápido, aguardando con ansiedad cada ida a la escuela y, al contrario de algunas niñas de su edad, considerando que los fines de semana eran aburridísimos.

 

Como las horas tardan mucho más en pasar para un niño que para un adulto, ella sufría mucho, pensaba que los días eran demasiado largos porque le daban sólo diez minutos con el amor de su vida, y miles de horas para pensar en él, imaginando qué bueno sería si pudieran platicar. Entonces sucedió.

Cierta mañana, el chico vino hasta ella y le pidió un lápiz prestado.

María no respondió, adoptó un aire de irritación por aquel abordaje inesperado y apresuró el paso. Se había quedado petrificada al verlo caminar en su dirección; tenía pavor de que él supiera cuánto lo amaba, cuánto esperaba por él, cómo soñaba con tomar su mano, pasar ante el portón de la escuela y seguir hasta el final de la carretera donde —decían— había una gran ciudad, personajes de novela, artistas, autos, cines y un sinfín de cosas buenas.

 

No logró concentrarse en las clases el resto del día, sufriendo por su absurdo comportamiento, pero al mismo tiempo sintiéndose aliviada, porque sabía que el niño también la había notado y el lápiz no pasaba de ser un pretexto para iniciar una conversación, pues cuando él se acercaba ella observó un bolígrafo en su bolsillo.

Se quedó aguardando la próxima vez, y durante esa noche, y las noches que siguieron, imaginó las posibles respuestas que le daría, hasta encontrar la manera correcta de comenzar una historia que no terminara jamás.

Pero no hubo próxima vez; aunque siguieron yendo juntos para la escuela, con María a veces caminando algunos pasos adelante, sujetando un lápiz en la mano derecha, otras andando detrás para poder contemplarlo con ternura, él nunca más le dirigió ninguna palabra, y ella tuvo que contentarse con amar y sufrir en silencio hasta el final del año escolar.

 

Durante las interminables vacaciones que siguieron, cierta mañana despertó con las piernas bañadas en sangre y pensó que iba a morir; decidió dejar una carta para el muchacho diciendo que él había sido el gran amor de su vida, y planeó internarse en la espesura para ser devorada por una de esas criaturas salvajes que aterrorizaban a los campesinos de la región: el hombre lobo o la mula sin cabeza. Sólo así no sufrirían sus padres con su muerte, pues los pobres siempre tienen esperanza, a pesar de las tragedias que les ocurren. Así, ellos vivirían pensando que ella había sido raptada por una familia rica y sin hijos, pero que tal vez regresaría un día, en el futuro, llena de gloria y dinero —mientras que el actual (y eterno) amor de su vida se acordaría de ella para siempre, sufriendo cada mañana por no haber vuelto a dirigirle la palabra.

 

No llegó a escribir la carta, porque su madre entró en el cuarto,

miró las sábanas rojas, sonrió y dijo: —Ahora eres una mujer, hija mía.

Quiso saber qué relación había entre el hecho de ser mujer y la sangre que corría, pero su madre no supo explicárselo bien; sólo afirmó que era normal, y que de ahora en adelante tendría que usar una especie de almohadilla de muñeca entre las piernas, durante cuatro o cinco días al mes. Preguntó si los hombres usaban algún tubo para evitar que la sangre les escurriera por los pantalones, y supo que eso sólo les ocurría a las mujeres.

María le reclamó a Dios, pero terminó acostumbrándose a la menstruación. Sin embargo, no lograba acostumbrarse a la ausencia del muchacho y no paraba de recriminarse a sí misma por la estúpida actitud de salir corriendo lejos de aquello que más deseaba.

Un día antes de que las clases comenzaran de nuevo, fue a la única iglesia de la ciudad y juró ante la imagen de San Antonio que tomaría la iniciativa de conversar con el chico.

Al día siguiente, se arregló de la mejor forma posible, usando un vestido que su madre cosiera especialmente para la ocasión, y salió, agradeciéndole a Dios porque las vacaciones hubieran terminado por fin. Pero el chico no apareció. Y así se pasó otra semana angustiante, hasta que supo, por algunos compañeros, que él se había mudado de ciudad.

 

—Se fue lejos —dijo alguien.

En aquel momento, María aprendió que algunas cosas se pierden para siempre. Aprendió también que existía un lugar llamado “lejos”, que el mundo era vasto, su pueblo era pequeño y las personas más interesantes siempre acababan yéndose. Le hubiera gustado partir también, pero todavía era muy joven; incluso así, mirando las calles empedradas de la pequeña ciudad donde vivía, decidió que un día seguiría los pasos del muchacho. Los nueve viernes que siguieron, según la costumbre de su religión, comulgó y pidió a la

Virgen María que un día la sacara de ahí.

También sufrió por algún tiempo, intentando inútilmente encontrar alguna pista del muchacho, pero nadie sabía dónde se habían mudado sus padres. Entonces María comenzó a creer que el mundo era demasiado grande; el amor, algo muy peligroso, y la Virgen, una santa que habitaba en un cielo distante y no escuchaba lo que los niños pedían.


¡Gracias por leer a Paulo Coelho!

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