Territorio Lolita

por Ana Clavel

20 minutos

Prefacio

 

Todo objeto de deseo se vuelve en la imaginación,

en la fantasía, fetiche. Fetiche, del latín

facticius: artificial, y facere: hacer. Aparente contradicción:

no es el objeto pero es igual —o incluso

más—. La parte por el todo, o el todo por la

parte. Sinécdoques y metonimias del deseo. ¿No es

acaso la esencia de Lolita o del deseo mismo? ¿Ser

encarnaciones o sucedáneos del objeto amoroso

perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de

volver a recuperar? Cómo no recordar el mito de la

hija de Butades que explica el origen de la pintura,

según Plinio, como un acto amoroso por preservar

la huella del amado que partía —pero también el

origen y la esencia del deseo, según nosotros.

El presente libro se estructura a partir de cuatro

núcleos temáticos. En el primero, “Lolita: fundación

de un mito”, se abordan algunas peculiaridades en

torno al personaje nabokoviano. En el segundo,

se indagan varios antecedentes del mito, con especial

atención a Alice Liddell —no tanto la niña en

quien se basó el personaje de Alicia en el Pais de las

Maravillas como a quien fotografió Lewis Carroll

con singular fascinación—, por considerarla una

de las hermanas menores de Lolita. Algo semejante

a lo que sucede con el personaje de Caperucita roja,

a quien también está dedicado un análisis más

puntual. La tercera sección explora un territorio

todavía virgen en la arqueología de las Lolitas:

la interioridad de la nínfula, pues más allá de la

mirada deseante que la objetualiza, son pocos los

trabajos que se atreven a surcar y sumergirse en el

océano de turbulencias de la propia niña-mujer.

Por último, la cuarta sección analiza algunas de

las más destacadas creaciones de nínfulas en artes

como la pintura, la fotografía y particularmente

el cine, cuya capacidad de definir iconografías

masivas ha resultado determinante en este tema.

En ningún caso es un trabajo exhaustivo,

pero sí vehemente como el deseo y la perturbación

a que da origen la presencia resplandeciente de la

nínfula en la cultura de nuestros días. Sin embargo,

confieso que en el transcurso de indagar en

esa fascinación fui descubriendo una peculiaridad

en la mirada deseante que tamiza y polariza la

imagen del objeto de deseo hasta convertirla en

una proyección fantasmática. Un ego erotizado,

un gólem, un simulacro más resplandeciente

y poderoso por cuanto lo anima el anhelo de

quien contempla, de aquel que con el solo acto

de mirar crea y recrea un personaje libidinal propio

—que habla tanto o más del sujeto deseante

que del objeto adorado—. No en balde, el narrador

y protagonista de Lolita reconocerá en un

momento de lucidez estas palabras clave: “lo que

había poseído frenéticamente, cobijándolo en mi

regazo, empotrándolo, no era ella misma, sino

mi propia creación, otra Lolita fantástica, acaso

más real que Lolita”.1

 

Se trata, en gran medida, de lo que Jean

Gattégno, el especialista en Carroll, llama el “discurso

del deseo”.2 Un discurrir que hiere al ser

anhelante —llámese Humbert o Carroll—, que

lo convierte en vasallo o prisionero, más que de la

amada púber o niña, en esclavo de su propio deseo.

Ya lo decía Julián Mercader en el comienzo de Las

Violetas son flores del deseo: “La violación comienza

con la mirada”, y más adelante: “Innumerables

consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora

puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la

mirada. Por supuesto, la violación, la que se padece

en carne propia cuando un ser o un cuerpo se prodigan

con criminal inocencia”.3

Codiciada y anhelada desde el deseo amante,

la niña-mujer se transforma en una imago que

desata ansiedad y culpa al grado de que se busca responsabilizarla

por la pasión que despierta. Como

en el caso de Caperucita, otra de las hermanas

menores de Lolita, que evidencia la circulación

del deseo provocado por una pequeña virgen, y

a quien Charles Perrault castiga con particular

vehemencia, haciéndola perecer devorada por el

lobo, cuando en las versiones populares previas

la joven engañaba a su predador y salía victoriosa

del trance sin otra ayuda que la de su propio ingenio.

No se trata, sin embargo, de que los impulsos

vitales estén ausentes en la menor, pero su curiosidad,

afán de juego y atrevimiento, su propio

despertar sexual, están lejos de poseer la experiencia,

manipulación y perversidad que frecuentemente

se le atribuye desde la lógica-perspectiva

del deseo anhelante.

 

Como se verá en los capítulos dedicados al relato

La sangre del cordero de André Pierre de Mandiargues,

o a la película Tideland de Terry Gilliam, son

todavía pocos los casos que buscan indagar en la

interioridad de la nínfula, más allá de las ópticas

convencionales que la sitúan como una enfant fatale,

que maneja a los hombres cual juguetes, según

su antojo y conveniencia. Muy pocos aún los que

intentan distanciarse de los enfoques parcializantes

que convierten el arquetipo de la pequeña ninfa en

un estereotipo, un ser tan adorado como, al mismo

tiempo, denostado, y que se pierden de incorporar

la dimensión más completa, única en su singularidad,

de ver sonreír, en su auténtica pureza y complejidad,

a una nínfula.

Lolita: Fundación de un mito

Es imposible saber si fue un feliz accidente o un

objetivo deliberado, pero es claro que en algun momento

en el pasado remoto alguien creo la representacion

de un objeto del deseo erotico, probablemente

un cuerpo o una parte del mismo, y al contemplarlo

descubrio que tenia un poder insolito.

Naief Yehya,

Pornografia

 

Alicia, un paseo por el río

En la vida como en el arte nada es casual. En el

verano berlinés de 1922 Vladimir Nabokov traduce

Alice in Wonderland al ruso. La publicación verá la

luz al año siguiente. Nabokov tenía entonces veintitrés

años. Se había graduado en el Trinity College

de Cambridge, su familia se había trasladado a

Berlín en una de las primeras diásporas provocadas

por la revolución socialista del 17, su padre acababa

de ser asesinado en un mitin político por una bala

que estaba dirigida a otro hombre… El joven Vladimir

se había enamorado de una muchacha rusa

emigrante como él: Svetlana Siewert. Una fotografía

de la época nos lo revela en plenitud, remando

en una barca por el Támesis, despreocupado y con

un cigarro en la diestra que sostiene un remo. Pero

el compromiso duró poco, los padres de Svetlana

consideraron que Nabokov, después de la muerte

de su padre, había dejado de ser un partido prometedor

para su hija. En el lapso de unos meses,

la vida había cambiado radicalmente para el joven

Vladimir. Como el propio Carroll, que recordaba

un paseo en el río en compañía de las hermanas

Liddell que dio origen a la primera narración de

Alicia, Nabokov recordaría ese verano discurriendo

entre los meandros de la imaginación carrollesca

y los remolinos en la corriente de su propia vida.

Aunque pareciera que más bien tratara de olvidarlo.

Apenas hay referencia a ese periodo en Speak

Memory (1967), la autobiografía de fuegos fatuos

que ilumina unas zonas y ensombrece otras de

la vida del autor, desde sus primeros recuerdos

hasta los tiempos en que comenzó a trabajar sobre

la pequeña ninfa que a la postre llamaría Lolita

(1948). De hecho, la mención de Alicia, esa suerte

de hermana menor en la genealogía de las nínfulas,

aparece casi accidental en las páginas que Nabokov

dedica a su estancia en Cambridge, avasallado por

la vitalidad y la pureza de una juventud que palpitaba

intensa más allá de los libros. El joven de

veintitrés años era en aquel entonces fanático del

futbol, le “apasionaba jugar de portero” (posición

rodeada de un “aura de singular luminosidad.

Distante, solitario, impasible, el portero famoso

es perseguido por las calles por niños en éxtasis”),

disfrutaba de los muffins y de los crumpets calientes

que tomaba con té con sus amigos, y por supuesto,

las muchachas.

 

Ni una sola vez durante los tres años que pasé

en Cambridge —lo repito, ni una sola vez— visité la

Biblioteca Universitaria, ni me preocupé de averiguar

si había algún college en el que se pudieran pedir libros

prestados para leer en casa. Me saltaba las clases. Me

largaba a Londres y a otros lugares. Viví varios amoríos

simultáneos. Sostuve espantosas entrevistas con

Mr. Harrison. Traduje al ruso una veintena de poemas

de Rupert Brooke, Alice in Wonderland, y Colas Breugnon,

de Rolland.1

 

Sin embargo, que no hable más de Alicia no

puede llevarnos a creer que el asunto carece de

importancia. En primer lugar, porque en lo que

respecta a su vida, Nabokov es capaz de hacer

un corte y cambiar de párrafo antes de hablar sobre

acontecimientos que verdaderamente lo afectaron,

como la muerte de su padre, acaecida en Berlín el

28 de marzo de 1922, durante unas vacaciones que

él y su hermano se tomaron de Cambrigde:

La noche del 28 de marzo de 1922, alrededor de

las diez, en la sala en donde mi madre permanecía

como de costumbre tendida en el sofá de felpa roja de

la esquina, estaba yo casualmente leyéndole los poemas

de Block sobre Italia […] cuando sonó el teléfono.

Después de 1923, al irse ella a Praga, yo viví en

Alemania y Francia, y no pude visitarla con frecuencia;

tampoco estuve a su lado cuando murió, en vísperas de

la Segunda Guerra Mundial.2

Entre el final del párrafo cuando suena el teléfono,

en el que se puntualiza una noche de 1922,

y el comienzo del siguiente, referido vagamente a

1923, media la poderosa elipsis del duelo: el teléfono

había sonado con la noticia del asesinato de

Vladimir Dimitrich Nabokov, pero el dato nunca

se menciona de manera explícita en ese episodio

de sus memorias.

 

Insisto: la elipsis puede decir tanto como lo que

calla. Así en el episodio del duelo paterno como

en el encantamiento por un personaje de resplandor

tenue pero no menos hechizante. De hecho

no aparece ninguna referencia a la amiga-niña de

Carroll que pudiera insinuar alguna disposición

o interés por las pequeñas ninfas de fulgor entre la

bruma. Sin embargo, providencial o casualmente,

sería su traducción de Alice in Wonderland al ruso

la que el editor Iosif Hessen publicaría en 1923,

junto con los dos primeros libros de poemas escritos

en la lengua materna del joven autor.

 

Un latido en el tiempo

En 1953, cuando Vladimir Nabokov puso

punto final a Lolita, tenía 54 años, llevaba trece de

haber emigrado a los Estados Unidos, colaboraba

como voluntario en el departamento de Lepidopterología

del Museo de Zoología Comparada de

la Universidad de Harvard y era también profesor

de literatura rusa y europea en la Universidad de

Cornell, Ithaca. La novela aparecerá editada dos

años después en París por la editorial Olympia

Press, célebre por hacer circular obras controversiales,

pues ninguna editorial norteamericana quiso

publicarla. Comenta Juan Villoro:

En 1948 empezó a escribir Lolita. Algunos meses

más tarde dudó de su material; tal vez inspirado por

Gogol y su incertidumbre ante Las almas muertas, quiso

quemar el manuscrito. Siempre atenta a sus textos,

Vera impidió el auto de fe. En 1953 puso punto final

a la historia de amor de una ninfa de doce años con

un hombre de cuarenta y dos, pero no hubo forma

de publicarla en Estados Unidos. La primera intención

de Nabokov fue firmar con un seudónimo, sin

embargo el editor Roger Strauss lo convenció de usar

su nombre: si la novela era llevada a juicio, el nom de

plume sería visto como un reconocimiento tácito de su

indecencia; en cambio, ampararla con un apellido

de profesor universitario ayudaría a demostrar que el

autor buscaba superar con recursos artísticos un tema

repugnante. Nabokov siguió el consejo. En 1955 Lolita

apareció bajo su nombre en París, en la editorial Olympia,

que había publicado a Miller, Genet, Durrell y

toneladas de basura porno.3

 

Conocida es la historia de la génesis de la novela.

Según el propio Nabokov en el epílogo de su

libro, la idea surgió a fines de 1939 o principios de

1940, cuando leyó una nota periodística en París

acerca de un chimpancé que, cautivo en el Jardin

des Plantes, dibujó los barrotes de su jaula. Michael

Juliar, especialista en la obra de Nabokov, señala

que por esos años se publicó en la revista Life un

artículo sobre un mono llamado Cookie que, adiestrado

por un científico, tomó varias fotografías

desde su reclusión, y que en el recuerdo Nabokov

pudo haber transformado en dibujos hechos con

carboncillo. En la fotografía de referencia, vemos

una multitud de rostros atisbando el interior de una

reja reforzada por cordones metálicos, como si de

un espectáculo de circo se tratara. La imagen, que

registra la perspectiva del confinado, refuerza la idea

de la soledad del cautivo, inerme frente a la curiosidad

morbosa de los otros. Para Alberto Chimal,

ahí se ve reflejado el enfoque “del prisionero que

mira desde el interior de la jaula”4 que inspirara el

punto de vista de Humbert Humbert, quien cuenta

su historia preso y en espera de sentencia. Pero,

más que una situación jurídica, se trata de una

imagen que es también metáfora del delirio, la

pasión en la que se halla prisionero el protagonista,

poseído por su deseo pederasta.

 

La idea resultó tan poderosa —Nabokov habla

de un “latido” que vibró en él a lo largo del tiempo—

que llevó al autor a un primer intento en el

que ya se encuentra presente el triángulo de Lolita

(adulto, madre de la menor, muchacha) con algunas

variantes. La historia de treinta páginas se

desarrollaba en París y Florencia. Arthur (un hombre

mayor de Europa central) se casa también con

la madre enferma de una prepúber de quien está

enamorado; al morir la madre, viaja con su hijastra

a un hotel en el que intenta tocarla dormida. La

chica se despierta y al reaccionar con sorpresa y

horror, el protagonista sale despavorido y es atropellado

por un camión. Se trata de El hechicero,

relato que Nabokov escribió en la segunda mitad

de los años treinta y que sólo se publicó después de

su muerte. Según el propio autor, fue originalmente

escrito en ruso, tal y como lo menciona en el epílogo

“Sobre un libro llamado Lolita”, pero ahí afirma

que destruyó el original en 1942, después de trasladarse

a los Estados Unidos, pues no lo convencía.

 

La ninfulomanía estará presente en toda la

obra del escritor ruso, aunque corresponda a Lolita

ser la obra que especialmente desarrolla a profundidad

el tema. De hecho, basta consultar el ensayo

“Ninfas y otras lascivias, especies de dorada pubescencia”

de R.H. Moreno Durán5 para constatar la

presencia reiterada de personajes con tintes de nínfula

en la obra de Nabokov. Por eso mismo resulta

polémico —pero sobre todo absurdo por la estrechez

de criterios en torno al concepto “plagio”—

el asunto del antecedente de Lolita en el cuento

homónimo de 1916, de escasas diez páginas, escrito

por Heinz von Lichberg, seudónimo del alemán

Heinz von Eschwege (1890-1951), dado a conocer

por Michael Maar en marzo de 2004 en la revista

Frankfurter Allgemeine Zeitung. Poco después, el

propio Maar publicaría todo un libro dedicado

al tema con el título Lolita und der deutsche Leutnant

en la afamada editorial Suhrkamp (2005).6

Hay que recordar que Nabokov, después de

graduarse en Cambridge, se trasladó a Berlín en

1922. Ahí permaneció hasta 1937, cuando viaja

a Francia y poco después, huyendo de los horrores

de la segunda guerra mundial, emigra a Estados

Unidos en 1940. Así pues, es posible que Nabokov

leyera la colección de cuentos de Lichberg, Die verfluchte

Gioconda (La Gioconda maldita), en la que

se incluye una historia titulada precisamente “Lolita”,

y que incluso, podemos suponer o conceder, la

olvidara como efecto de una peculiar criptomnesia.

Mucho se ha escrito sobre las diferencias entre

un plagio deliberado y los procesos de creación y

apropiación, lo mismo en Nabokov que en otros

autores. Ahí está, por ejemplo, el brillante ensayo

de Jonathan Lethem, “The ecstasy of influence:

A plagiarism”, publicado en Harpers Magazine, en

febrero de 2007.7 Pero el asunto de una posible

criptomnesia, el olvido involuntario de recuerdos

ocultos que quedan así “encriptados”, desarrollado

por Ron Rosenbaum en su artículo “New Lolita

Scandal! Did Nabokov Suffer from Cryptomnesia?”,

8 puso de nuevo el tema del plagio sobre

la mesa, así fuera no deliberado y en un grado de

inconsciencia. Algo hay de morbo en la posibilidad

de escatimarle un poco de gloria a un escritor

sagrado. Aquí y allá se pusieron en circulación

ediciones del cuento de Lichberg, y en el ámbito

de nuestro idioma, el texto se dio a conocer con

un prólogo de Rosa Montero que desataba la polémica:

¿se trataba en verdad de la Lolita original?

O como anunciaba la editorial Funambulista en

la cuarta de forros del volumen, ¿acaso no todo

se debía a lo que Antara Dev Sen, del semanario

inglés The Week, había señalado como “La escandalosa

Lolita golpea de nuevo”?9

 

Más allá de los decires y la desconfianza, si

se lee con atención la narración de Lichberg, una

historia fantasmal de corte siniestro, uno se pregunta

cómo pudo Nabokov, de ser cierto que leyó

el cuento de Lichberg, transformar a esa pequeña

joven española de Alicante, llamada también Lolita,

sobre quien pesa una maldición ancestral, en la

dorada nínfula de su novela. ¿Qué magia habría

podido surtir efecto en él a partir de esta descripción,

más de índole gótica, que el autor alemán

hace de su Lolita?:

Era, para nuestra mentalidad nórdica, casi una

niña; tenía los ojos oscuros de las mujeres del Sur y el

cabello de un inusitado tono cobrizo. Su cuerpo era

delgado y ágil como el de un muchacho, su voz llena

y profunda.

Pero no fue sólo su belleza lo que me cautivó, sino

el halo de misterio que emanaba, sobrecogedor

como un enigma en las noches de luna.

A veces, limpiando mi cuarto, se detenía en mitad

de la labor; fruncía los labios carmesíes y risueños

hasta convertirlos en dos finos trazos y se quedaba

absorta mirando al sol con los ojos llenos de inquietud.

Tenía el ademán de una gran actriz trágica en el papel

de Ifigenia. En esos momentos, yo sentía una imperiosa

necesidad de tomar a la niña en mis brazos para

protegerla de algún peligro desconocido.

Había días en que los grandes ojos de Lolita me

miraban tímidamente esbozando una pregunta muda,

y noches en que la veía romper en desconsolados

sollozos.

Nunca pensé por aquel entonces en irme. El Sur

y Lolita me tenían cautivo.

Días cálidos y dorados, noches plateadas y melancólicas.

Y entonces llegó aquella tarde, entre inolvidable

realidad y caprichosa ensoñación, en que Lolita como

tantas otras veces estaba sentada en mi balcón, cantándome

en voz baja. De pronto dejó la guitarra en el suelo

y se acercó con pasos vacilantes a la barandilla en la

que me apoyaba. Y al tiempo que sus ojos buscaban

la luz refulgente de la luna en el agua, me echó al cuello

sus bracitos temblorosos como un niño suplicante,

reclinó su cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar

con desconsuelo. En sus ojos había lágrimas, pero su

dulce boca reía.

 

El milagro se había producido.

—Eres tan fuerte —susurró.

Los días y las noches se iban como llegaban. El

misterio de la belleza la mantenía investida de una serenidad

imperturbable y melodiosa. Los días se habían

convertido en semanas y yo empezaba a ser consciente

de que había llegado el momento de partir; no porque

me reclamara obligación alguna, sino porque el amor

excesivo y peligroso de Lolita empezaba a infundirme

terror.10

 

Porque esa tierna Lolita, de quien se enamora el

entonces joven estudiante alemán que viaja a España

para seguir sus estudios, es heredera de una

profecía que ha ultimado a todas las mujeres de su

familia por generaciones desde un lejano antecedente,

una mujer diabólica por quien los hombres

pelearon y murieron. Y es a todas luces un personaje

más en la trama de un relato fantástico donde

lo insólito se da la mano con lo siniestro, muy en

el estilo de las historias de este corte. Nada que ver

con la voluptuosa creación nabokoviana, cargada

siempre de un deseo que apenas puede deletrear

su nombre. A no ser que aquella lejana Lolita, fiel

a la legendaria naturaleza maléfica heredada por

las mujeres de su familia, hubiera embrujado al

autor ruso despertando vagamente en él la promesa

de un ser no humano, nínfico, daimónico…

Y que por efecto de la mencionada criptomnesia,

Nabokov la hubiera encapsulado en algún lugar

de su psique para, muchos años después, dar a luz

a la letal y perturbadora nínfula de su novela.

 

¿Ninfeta o nínfula?

Con Lolita, el escritor ruso Vladimir Nabokov

inauguró en 1955 un mito y dio a conocer un singular

espécimen. El mito: la enfant fatale. El espécimen:

la “nínfula”. Sin embargo, lectores y seguidores del

libro suelen toparse con la versión “ninfeta” para

designar a la adolescente que irradia una “gracia

letal” desde sus páginas, y que sume a su protagonista

cuarentón en los abismos de la tentación

y el deseo. Etimológicamente “ninfa” proviene del

latín nympha y ésta del griego ?????: novia, la que

porta un velo. De las seis acepciones que consigna

el Diccionario de la Real Academia, la primera es

por supuesto la mitológica (“Cada una de las fabulosas

deidades de las aguas, bosques, selvas, etc.,

llamadas con varios nombres, como dríada, nereida,

etc.”). La segunda y la tercera tienen un uso

coloquial: “joven hermosa” y “cortesana (mujer de

costumbres libres)”. Hay otra definición consignada

por el DRAE que no deja de ser sorprendente:

“pl. Labios pequeños de la vulva”. La definición

del ámbito de la zoología se refiere a “los insectos

con metamorfosis sencilla, estado juvenil de menor

tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de

las alas”. Una acepción semejante, pero que acentúa

aún más el estado larvario de la definición zoológica,

es la que brinda el Diccionario del uso del espanol

de María Moliner: “Forma joven de un *insecto de

metamorfosis incompleta, que se caracteriza por su

semejanza con el adulto en el que se transformará

y del que sólo se diferencia por ser más pequeño,

carecer de alas y ser sexualmente inmaduro”,11 que

en lo concerniente a la edad temprana, resulta una

acepción muy cercana al concepto de “ninfeta”

nabokoviano:

Entre los límites de los nueve y los catorce años,

surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados,

dos o más veces mayores que ellas, su verdadera

naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoniaca);

propongo llamar “ninfulas” a esas criaturas escogidas.

Se advertirá que reemplazo términos espaciales

por temporales. En realidad, querría que el lector considerara

los “nueve” y los “catorce” como los límites

—playas espejeantes, rocas rosadas— de una isla encantada,

habitada por esas ninfulas mías y rodeada por un

mar vasto y brumoso.12

[Between the age limits of nine and fourteen

there occur maidens who, to certain bewitched travelers,

twice or many times older than they, reveal their

true nature which is not human, but nymphic (that

is, demoniac); and these chosen creatures I propose to

designate as “nymphets.”

It will be marked that I substitute time terms for

spatial ones. In fact, I would have the reader see ‘nine’

and ‘fourteen’ as the boundaries—the mirrory beaches

and rosy rocks—of an enchanted island haunted

by those nymphets of mine and surrounded by a vast,

misty sea.]13

Nabokov usa la palabra inglesa nymphet en el

original de su novela, razón por la cual los estudiosos

de habla hispana que han leído la obra en

inglés suelen usar el término “ninfeta” en vez de

“nínfula”, que es como aparece en la traducción

que circula en español desde 1959, editada por Sur

y reproducida por Grijalbo y Anagrama, realizada

por Enrique Tejedor, seudónimo del argentino

Enrique Pezzoni.

 

En una breve y estupenda nota titulada “Lolita

censurada”, Ernesto Hernández Busto consigna

una muestra de omisiones y distorsiones debidas a

la mano de Tejedor que nos recuerdan la veracidad

del famoso dicho traduttore, traditore (traductor,

traidor), sobre todo en materia sexual, frases sugestivas

y otras no tanto con que Humbert Humbert,

el narrador y protagonista de la novela, se refiere a

su amada y a sus hermosas partes, los sentimientos

y reacciones de excitación que le provoca, las

situaciones ambiguas en las que se ve inmerso por

su pasión exaltada, entre otras.14 Con todo y estas

“traiciones” y omisiones, la polémica y el escándalo

se desataron especialmente en el Cono Sur, tal y

como lo registra en un artículo de su blog Guillermo

Mayr, bajo el título: “El caso Lolita. Lo que

pasó en Argentina”.15 En tiempos más recientes ha

circulado la traducción de Francesc Roca (Anagrama,

2002), que busca subsanar las omisiones de la

versión anterior.

 

Pero, en lo referente a la decisión de cómo se

nombró en español a la pequeña ninfa, salvo por

quienes rechazan el término usado por el traductor

y se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta”,

trasladado del original, nadie parece reparar en el

hallazgo de la palabra “nínfula”.

Vayamos por partes. Cuando Nabokov decide

usar la palabra nymphet para designar a esas

pequeñas ninfas de naturaleza daimónica, emplea

un término consignado ya por The Century Dictionary

y atribuido al poeta Michael Drayton en

1612, fecha en que publica su extenso poema

Poly-Olbion, donde reza: “Of the nymphets sporting

there In Wyrrall, and in Delamere”.16 Es decir

que Drayton usa ya la palabra “nymphets” para

referirse a ciertas deidades menores que juguetean

en los bosques de Inglaterra.

La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser

una derivación creada por Enrique Tejedor a partir

de la palabra “ninfa” y el sufijo latino -ula, diminutivo

femenino. Esta adaptación culta, que no

violenta las reglas de castellanización, goza, además,

de aumentar el grado de sonoridad dulce de

una consonante líquida como la “ele”, una suerte

de ensoñación fonética que conocía muy bien

Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra:

“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje

de tres pasos desde el borde del paladar para

apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes.

Lo.Li.Ta”. Ensoñación que es todavía más notoria

en el original en inglés: “Lo-lee-ta: the tip of the

longue taking a trip of three steps down the palate

to tap, at three, on the teeth. Lo.Lee.Ta”.17

Así pues, aunque a algunos de los lectores y críticos

que frecuentan el original en inglés les disguste

que el traductor no haya empleado la palabra

“ninfeta” —no obstante la tonalidad despectiva

que en español sugiere ese anglicismo—, el uso

de “nínfula” se ha extendido en la designación de

las ninfitas nabokovianas y de todas aquellas otras

Lolitas que han surgido a partir de entonces. Y tal

vez ha sido así por la dulzura de su fonética que la

acerca a la esencia sutil, palatal, paladeable, volátil

de estos seres perturbadores, sugerida en la frase

inicial de la novela: “Lolita, light of my life”. Una

de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.

 

Lecciones de entomología aplicada

I. Increíbles azares o extrañas coincidencias

se dieron en la vida de Nabokov. Tal vez es así en

cualquier existencia, pero sólo salta a la vista cuando

el sujeto es colocado bajo una lupa porque la

fama lo ha convertido en una mariposa de tornasolados

dibujos que el asombro o el morbo buscan

descifrar. Una ironía sin duda que el propio autor

se vuelva objeto de una suerte de estudio microscópico

cuando él mismo fue un especialista en lepidópteros,

ese orden de insectos que incluye a las

mariposas y polillas. Hasta qué punto estos singulares

insectos estuvieron asociados a una imago del

propio Nabokov nos lo revela el ex libris elegido por

el escritor para ser estampado en sus papeles personales

y en los libros de su biblioteca. Ahí, entre los

caracteres latinos y cirílicos de su nombre, destaca

en primer plano la efigie de lo que parece una Argus

azul, uno de los especímenes que más estudiara a

partir de la observación microscópica de sus genitales

para terminar aventurando una hipótesis sobre

las migraciones de este tipo de mariposas, también

conocidas como “polyommatus o acmon azules”,

que recientemente ha sido validada por los especialistas.

18 Como la imagen es un grabado de líneas

escuetas también podría ser una Lycaeides argurog-

nomn sublivens, después llamada Lycaeides sublivens

Nabokov en su honor. Pero más allá de la precisión

de saber de qué espécimen se trate, lo importante

aquí es que nos revela una filiación de identidad.

La pasión por las mariposas, a la que el autor

se refiere en sus memorias por su nombre latino,

morbus et passio aureliani”,19 le fue heredada por su

padre Vladimir Dimietrich Nabokov. “Aureliano”

es un término arcaico para designar a los lepidopteristas,

proveniente del griego Aurelia, que quiere

decir crisálida, por cuanto justo antes de resurgir

convertida en mariposa, la antigua ninfa tiene un

esplendor áureo (latín aurum: oro). Aurelianos fueron

su padre y Nabokov desde niño al punto de

que cuando encarcelan en 1908 a Vladimir padre

unos meses por publicar con un grupo de amigos un

manifiesto revolucionario que atacaba al zar, desde

la prisión le pregunta a la madre de su hijo: “¿Ha

cazado V. alguna Egeria [mariposa de los muros]

este verano? […] Dile que en el patio de la prisión

sólo veo limoneras y blancas de la col”.20

 

Así pues, la pasión aureliana era una dádiva que

el padre le había conferido al hijo, pero ¿hasta

dónde esa pasión era también obsesiva como para

que el propio Nabokov la llamara morbus et passio

en sus memorias? De cualquier forma, revelación

y recuerdo, islas de dorado fulgor, paraíso resplandeciente,

parecen estar intrincadamente unidos en

el taller del artista Nabokov cuando nos dice:

Parece que durante toda mi vida y con el mayor

celo he estado realizando el acto de recordar vivamente

algún fragmento del pasado, y tengo motivos para

creer que esta casi patológica agudización de la facultad

retrospectiva es un rasgo hereditario. Había cierto rincón

del bosque, un puentecillo que cruzaba un pardo

riachuelo, en donde mi padre hacía una piadosa pausa

para recordar la rara mariposa que, el 17 de agosto

de 1883, cazó para él su preceptor alemán. La escena

ocurrida treinta años atrás era revivida una y otra vez

de punta a cabo. Él y sus hermanos se habían detenido

bruscamente, desvalidos y excitados ante la aparición

del codiciado insecto, que se había posado sobre un

tronco muerto y hacía subir y bajar, como si respirase

en estado de alerta, sus cuatro alas rojo cereza con una

mancha ocular pavoniana en cada una de ellas. En

tenso silencio, sin atreverse a proyectar él mismo su

cazamariposas, se lo dio a Herr Rogge, que tanteaba el

aire para cogerlo mientras su mirada permanecía fija

en la espléndida mariposa. Mi vitrina heredó ese espécimen

al cabo de un cuarto de siglo. Un detalle conmovedor:

las alas se le habían “encogido” por culpa de

que la sacaron de la tabla de secado antes de hora.21

Las mariposas y la literatura fueron sin duda

las grandes pasiones de su vida. Al emigrar a Estados

Unidos y desembarcar en Nueva York el 28 de

mayo de 1940 con su esposa Vera y su hijo Dimitri,

Nabokov fue sometido a un interrogatorio de rigor.

Le pidieron abrir una pequeña maleta que llevaba

consigo, pero nuestro autor no pudo hacerlo, pues

no encontraba las llaves. Las autoridades aduanales

se alarmaron y pidieron la intervención de

un cerrajero. Cuando la maleta mostró sus tesoros,

se sorprendieron de su contenido: unos guantes de

box y una caja de mariposas disecadas.

 

Poco después de instalarse como profesor en

Wellesley College, una universidad femenina privada

de Massachusetts, Nabokov se ofreció como

voluntario en el Museo de Zoología Comparada de

la Universidad de Harvard, donde realizó investigaciones

y publicó su primer trabajo dedicado a

las mariposas Cartherocephalus canopunctatus, una

especie que antes de él no era considerada única y

diferente. En 1951, cuando escribía Lolita y daba

clases en la Universidad de Cornell, Ithaca, hizo

un viaje a Colorado, a las Montañas Rocallosas,

y ahí, a más de doce mil pies de altura, capturó

a la primera hembra Lycaeides argyrognomn

sublivens, después conocida como Lycaeides sublivens

Nabokov. Es posible leer en línea el relato de

esa aventura entomológica reportada por el propio

autor en 1952 como “The Female Lycaeides argurognomn

sublivens” en Lepidopterist's News.22

En ese viaje también tomó notas de la panorámica

de un pueblo aledaño, Telluride, que eventualmente

formarían parte de las líneas finales de

Lolita. Esas líneas sublimes donde, al admirar el

“abismo amistoso” del valle que se extendía a sus

pies, del cual le llega un bullicio de la vida, de mujeres

que esperan a sus hombres, de niños que juegan

entre risas y pelotazos, echa de menos a Lolita,

recién desaparecida por la influencia de Quilty, el

fauno depravado que le arrebata a su amor:

A medida que me acercaba al abismo amistoso,

adquiría conciencia de una melodiosa unidad de sonidos

que subía, como vapor, de una pequeña ciudad

minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se

divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de

tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles,

y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del

vertedero de la ciudad, y más allá de ella, caminos que

se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por

campos pálidos y oscuros, y más allá de todo eso, grandes

montañas arboladas […]. Me quedé escuchando

esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos

estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido

murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más

punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la

ausencia de su voz en ese concierto.23

Telluride, en cuyas cercanías descubre y se hace

de varios ejemplares de la Sublivens que después

llevaría su nombre, es un pueblo asentado en la

base de un cañón de las Montañas de San Miguel,

a más de nueve mil pies de altura. En su reporte

entomológico, Nabokov lo describe ambiguamente:

habla de él como de un lugar decepcionante, un

inusual callejón espectacular —en el que un prodigioso

arco iris se erigía por las tardes—, adonde

convergían dos caminos, “uno procedente de

Placerville, el otro de Dolores, ambos atroces”. Si

se busca Dolores, Colorado, en un atlas de Norteamérica,

se descubrirá que también es un pueblo

antiguo del condado de Montezuma, asentado en

el valle de Dolores, cruzado por un río llamado

también Dolores y con un pico de montaña del

mismo nombre. Nabokov, que llevaba al menos

diez años trabajando en el personaje de Dolores

Haze, mejor conocida como Lolita, debió de haber

sonreído ante tan caprichosa coincidencia. Pues

para entonces él ya había realizado la taxonomía

completa de la mariposa Lolita, aunque sólo le

faltara dar los toques finales a su estudio. O en

palabras de R. H. Moreno Durán:

Como si se tratara de elaborar una nomenclatura

del más clásico rigor entomológico, Vladimir Nabokov

determina en su escritura géneros, fija variedades, clasifica

filiaciones, vivisecciona especies y analiza la estructura

y hábitos de unos bichos que no son otros que

ciertas deliciosas muchachas en pleno tránsito hacia la

pubertad. No es por ello casual que la primera hembra

conocida de la variedad Lycaeides sublivens Nabokov

caiga en la red del escritor —transmutado en lepidopterólogo—

en un punto indeterminado de la compleja

geografía por la que, de la caricia al retozo, deambulan

Lolita Haze y el “villano” Humbert Humbert, en la

más célebre novela del autor ruso.24

 

II. Pero las coincidencias y los azares no terminan

ahí, por lo menos en lo que respecta a la figura

del padre. Según cuenta Nabokov en el capítulo

noveno de Habla, memoria, su padre fue autor

de un volumen de artículos sobre derecho penal,

publicado en San Petersburgo hacia 1904. Resulta

sorprendente, por no decir cuestión del destino al

menos literario, que en un artículo de esa colección

se escriba sobre algunos casos de niñas que han

sido objeto de abuso sexual:

En uno de ellos (“Delitos carnales”, escrito en

1902) mi padre se refiere, de forma bastante profética

en cierto extraño sentido, a algunos casos (ocurridos

en Londres), “de muchachitas a lage le plus tendre,

es decir de ocho a doce años, que fueron víctimas de

algunos libertinos”. En el mismo artículo muestra una

actitud muy liberal y “moderna” ante varios tipos de

prácticas anormales, lo cual le permite de paso acuñar

una palabra rusa muy adecuada para “homosexual”:

ravnopoliy.25

Por supuesto, Nabokov usa la discreta frase “de

forma bastante profética en cierto extraño sentido”

para referirse a la obvia coincidencia con la temática

de Lolita, pues cuando al fin leyó el libro de su

padre, él ya había publicado su novela al menos

seis años antes. El ejemplar se lo había obsequiado,

según relata en sus memorias, “un amable viajero,

Andrew Field, que lo compró en una librería de

segunda mano durante su visita a Rusia en 1961”.

Tal vez otro hubiera sido el destino si su padre

no hubiera muerto asesinado en 1922 en Berlín,

a resultas del exilio que la familia Nabokov tuvo

que emprender con la revolución de 1917. Las posibilidades

de la vida hubieran sido distintas, como

lo confiesa el propio autor en una entrevista de

1967:

Los placeres y recompensas de la inspiración literaria

no son nada al lado del embeleso de descubrir

un nuevo órgano bajo el microscopio o una especie

desconocida en una montaña de Irán o Perú. No es

improbable que de no haber existido una revolución

en Rusia, yo me habría dedicado por entero a la lepidopterología

y nunca habría escrito ninguna novela en

absoluto.26

Pudiera pensarse que Nabokov exagera, pero

habría que recordar cómo en 1911, ante la inminencia

de que su padre se batiera en duelo con el

director de un diario que lo había difamado por

sus posturas políticas, con la angustia y el dolor de

la posible pérdida, a sus escasos doce años rememora

anécdotas de esa “tierna amistad que subyacía

al respeto que sentía por mi padre, el encanto

de nuestra perfecta armonía”. Según confiesa en

Habla, memoria, un mundo de recuerdos dorados se

le agolpan en el corazón, camino a casa, para enterarse

de los avances del anunciado duelo. Entonces,

entre el recuerdo de las noticias que compartían

sobre los torneos de Wimbledon, el ajedrez, la fidelidad

a los versos yámbicos de Pushkin, todo ese

“código secreto de las familias felices”, se abre paso

una instantánea de su padre una tarde de verano

cinco años antes, en la que:

entró de golpe en mi habitación, agarró mi cazamariposas,

bajó como un rayo la escalera de la terraza,

y al poco rato reapareció caminando tranquilamente, y

sosteniendo entre el índice y el pulgar aquella rara

y magnífica hembra de la ninfa mayor rusa que había

visto tostándose al sol sobre una hoja de álamo desde

el balcón de su despacho.27

Definitivamente otro habría sido el destino si

su padre no hubiera sido asesinado en 1922 en

Berlín. Tal vez la escritura llena de deseo de nuestro

autor se hubiera colmado en un gabinete de

alas abiertas.

 

Lolita soy yo

Es del dominio público la frase de Flaubert

Madame Bovary cest moi. La sentencia admite

varias lecturas, pero la que aquí interesa es la

que sugiere que detrás de todo personaje hay un

autor que lo concibe y lo construye. Puede aplicarse

a toda creación en la que está en juego la conformación

de una personae literaria —la máscara

dramática que se alimenta de las entrañas de un

yo interior, detrás—, y por supuesto a la relación

Lolita-Nabokov. Se trata de un trabajo de hilado

fino, de entramado sutil que posibilita la vida

y complejidad literarias de ese “ego experimental”

que, a decir de Milan Kundera, es todo personaje

respecto a su creador. Sólo que en el caso que nos

ocupa, la mirada se tamiza y se construye por intervención

de otro actante, el narrador de la novela

y protagonista de la misma: Humbert Humbert,

un “ninfolepto” que, podríamos decir con Roberto

Calasso, al poseer a la diosa ha terminado por ser

poseído por ella.28

Como el escritor superdotado que es, Nabokov

pone al servicio de su personaje narrador masculino

un caudal de recursos narrativos y poéticos para

dibujar las escenas en las que discurre la acción de

la novela: en la primera parte, la exaltación por

Lolita y su captura; en la segunda, el escape con

su amada y la posterior huida de ella con Quilty-

Guilty. El pretexto ficcional para que Humbert

Humbert haga uso de semejante despliegue de

recursos está convenientemente cubierto: es un profesor

de lengua y literatura europeas, un escritor

académico con amplio conocimiento de la tradición

clásica y moderna, además de una más que

solvente cultura literaria y plena conciencia de

las posibilidades discursivas y sugerentes de la

lengua escrita. Dentro de toda esa gama de recursos

poéticos, narrativos, dramáticos que Humbert

utiliza con maestría, ocupa un lugar destacado la

adjetivación empleada para referirse a su amada.

No hay que olvidar que la novela inicia con

una retrospectiva de tres años previos a los hechos

que darán origen a una confesión escrita desde la

cárcel, donde el narrador se encuentra confinado

por llevar los límites de su deseo hasta el acto y

la muerte. Es decir que, desde el principio de la

narración, Humbert es consciente de la fatalidad

de su deseo y está lejos de plantear una visión simplista

de su tragedia personal. Por el contrario, la

ambigüedad, los opuestos, las contradicciones conviven

para conformar esa suerte de paraíso infernal

en cuyos abismos de placer y tortura se ve arrojado

desde que conoce a Lolita. Con todo, a medida que

transcurre el relato es posible observar una transformación

en la manera en que describe y califica a

la pequeña ninfa, de modo que más que conocerla

a ella, la vemos a través del deseo y la urgencia, el

gozo y el dolor, la ansiedad y la neurosis, la gloria

y la culpa del propio narrador. Veamos algunos

ejemplos de esa mirada desde el anhelo, la bruma

y la con/fusión.Prefacio

 

Todo objeto de deseo se vuelve en la imaginación,

en la fantasía, fetiche. Fetiche, del latín

facticius: artificial, y facere: hacer. Aparente contradicción:

no es el objeto pero es igual —o incluso

más—. La parte por el todo, o el todo por la

parte. Sinécdoques y metonimias del deseo. ¿No es

acaso la esencia de Lolita o del deseo mismo? ¿Ser

encarnaciones o sucedáneos del objeto amoroso

perdido, de ese inefable placer que nunca se ha de

volver a recuperar? Cómo no recordar el mito de la

hija de Butades que explica el origen de la pintura,

según Plinio, como un acto amoroso por preservar

la huella del amado que partía —pero también el

origen y la esencia del deseo, según nosotros.

El presente libro se estructura a partir de cuatro

núcleos temáticos. En el primero, “Lolita: fundación

de un mito”, se abordan algunas peculiaridades en

torno al personaje nabokoviano. En el segundo,

se indagan varios antecedentes del mito, con especial

atención a Alice Liddell —no tanto la niña en

quien se basó el personaje de Alicia en el Pais de las

Maravillas como a quien fotografió Lewis Carroll

con singular fascinación—, por considerarla una

de las hermanas menores de Lolita. Algo semejante

a lo que sucede con el personaje de Caperucita roja,

a quien también está dedicado un análisis más

puntual. La tercera sección explora un territorio

todavía virgen en la arqueología de las Lolitas:

la interioridad de la nínfula, pues más allá de la

mirada deseante que la objetualiza, son pocos los

trabajos que se atreven a surcar y sumergirse en el

océano de turbulencias de la propia niña-mujer.

Por último, la cuarta sección analiza algunas de

las más destacadas creaciones de nínfulas en artes

como la pintura, la fotografía y particularmente

el cine, cuya capacidad de definir iconografías

masivas ha resultado determinante en este tema.

En ningún caso es un trabajo exhaustivo,

pero sí vehemente como el deseo y la perturbación

a que da origen la presencia resplandeciente de la

nínfula en la cultura de nuestros días. Sin embargo,

confieso que en el transcurso de indagar en

esa fascinación fui descubriendo una peculiaridad

en la mirada deseante que tamiza y polariza la

imagen del objeto de deseo hasta convertirla en

una proyección fantasmática. Un ego erotizado,

un gólem, un simulacro más resplandeciente

y poderoso por cuanto lo anima el anhelo de

quien contempla, de aquel que con el solo acto

de mirar crea y recrea un personaje libidinal propio

—que habla tanto o más del sujeto deseante

que del objeto adorado—. No en balde, el narrador

y protagonista de Lolita reconocerá en un

momento de lucidez estas palabras clave: “lo que

había poseído frenéticamente, cobijándolo en mi

regazo, empotrándolo, no era ella misma, sino

mi propia creación, otra Lolita fantástica, acaso

más real que Lolita”.1

 

Se trata, en gran medida, de lo que Jean

Gattégno, el especialista en Carroll, llama el “discurso

del deseo”.2 Un discurrir que hiere al ser

anhelante —llámese Humbert o Carroll—, que

lo convierte en vasallo o prisionero, más que de la

amada púber o niña, en esclavo de su propio deseo.

Ya lo decía Julián Mercader en el comienzo de Las

Violetas son flores del deseo: “La violación comienza

con la mirada”, y más adelante: “Innumerables

consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora

puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la

mirada. Por supuesto, la violación, la que se padece

en carne propia cuando un ser o un cuerpo se prodigan

con criminal inocencia”.3

Codiciada y anhelada desde el deseo amante,

la niña-mujer se transforma en una imago que

desata ansiedad y culpa al grado de que se busca responsabilizarla

por la pasión que despierta. Como

en el caso de Caperucita, otra de las hermanas

menores de Lolita, que evidencia la circulación

del deseo provocado por una pequeña virgen, y

a quien Charles Perrault castiga con particular

vehemencia, haciéndola perecer devorada por el

lobo, cuando en las versiones populares previas

la joven engañaba a su predador y salía victoriosa

del trance sin otra ayuda que la de su propio ingenio.

No se trata, sin embargo, de que los impulsos

vitales estén ausentes en la menor, pero su curiosidad,

afán de juego y atrevimiento, su propio

despertar sexual, están lejos de poseer la experiencia,

manipulación y perversidad que frecuentemente

se le atribuye desde la lógica-perspectiva

del deseo anhelante.

 

Como se verá en los capítulos dedicados al relato

La sangre del cordero de André Pierre de Mandiargues,

o a la película Tideland de Terry Gilliam, son

todavía pocos los casos que buscan indagar en la

interioridad de la nínfula, más allá de las ópticas

convencionales que la sitúan como una enfant fatale,

que maneja a los hombres cual juguetes, según

su antojo y conveniencia. Muy pocos aún los que

intentan distanciarse de los enfoques parcializantes

que convierten el arquetipo de la pequeña ninfa en

un estereotipo, un ser tan adorado como, al mismo

tiempo, denostado, y que se pierden de incorporar

la dimensión más completa, única en su singularidad,

de ver sonreír, en su auténtica pureza y complejidad,

a una nínfula.

Lolita: Fundación de un mito

Es imposible saber si fue un feliz accidente o un

objetivo deliberado, pero es claro que en algun momento

en el pasado remoto alguien creo la representacion

de un objeto del deseo erotico, probablemente

un cuerpo o una parte del mismo, y al contemplarlo

descubrio que tenia un poder insolito.

Naief Yehya,

Pornografia

 

Alicia, un paseo por el río

En la vida como en el arte nada es casual. En el

verano berlinés de 1922 Vladimir Nabokov traduce

Alice in Wonderland al ruso. La publicación verá la

luz al año siguiente. Nabokov tenía entonces veintitrés

años. Se había graduado en el Trinity College

de Cambridge, su familia se había trasladado a

Berlín en una de las primeras diásporas provocadas

por la revolución socialista del 17, su padre acababa

de ser asesinado en un mitin político por una bala

que estaba dirigida a otro hombre… El joven Vladimir

se había enamorado de una muchacha rusa

emigrante como él: Svetlana Siewert. Una fotografía

de la época nos lo revela en plenitud, remando

en una barca por el Támesis, despreocupado y con

un cigarro en la diestra que sostiene un remo. Pero

el compromiso duró poco, los padres de Svetlana

consideraron que Nabokov, después de la muerte

de su padre, había dejado de ser un partido prometedor

para su hija. En el lapso de unos meses,

la vida había cambiado radicalmente para el joven

Vladimir. Como el propio Carroll, que recordaba

un paseo en el río en compañía de las hermanas

Liddell que dio origen a la primera narración de

Alicia, Nabokov recordaría ese verano discurriendo

entre los meandros de la imaginación carrollesca

y los remolinos en la corriente de su propia vida.

Aunque pareciera que más bien tratara de olvidarlo.

Apenas hay referencia a ese periodo en Speak

Memory (1967), la autobiografía de fuegos fatuos

que ilumina unas zonas y ensombrece otras de

la vida del autor, desde sus primeros recuerdos

hasta los tiempos en que comenzó a trabajar sobre

la pequeña ninfa que a la postre llamaría Lolita

(1948). De hecho, la mención de Alicia, esa suerte

de hermana menor en la genealogía de las nínfulas,

aparece casi accidental en las páginas que Nabokov

dedica a su estancia en Cambridge, avasallado por

la vitalidad y la pureza de una juventud que palpitaba

intensa más allá de los libros. El joven de

veintitrés años era en aquel entonces fanático del

futbol, le “apasionaba jugar de portero” (posición

rodeada de un “aura de singular luminosidad.

Distante, solitario, impasible, el portero famoso

es perseguido por las calles por niños en éxtasis”),

disfrutaba de los muffins y de los crumpets calientes

que tomaba con té con sus amigos, y por supuesto,

las muchachas.

 

Ni una sola vez durante los tres años que pasé

en Cambridge —lo repito, ni una sola vez— visité la

Biblioteca Universitaria, ni me preocupé de averiguar

si había algún college en el que se pudieran pedir libros

prestados para leer en casa. Me saltaba las clases. Me

largaba a Londres y a otros lugares. Viví varios amoríos

simultáneos. Sostuve espantosas entrevistas con

Mr. Harrison. Traduje al ruso una veintena de poemas

de Rupert Brooke, Alice in Wonderland, y Colas Breugnon,

de Rolland.1

 

Sin embargo, que no hable más de Alicia no

puede llevarnos a creer que el asunto carece de

importancia. En primer lugar, porque en lo que

respecta a su vida, Nabokov es capaz de hacer

un corte y cambiar de párrafo antes de hablar sobre

acontecimientos que verdaderamente lo afectaron,

como la muerte de su padre, acaecida en Berlín el

28 de marzo de 1922, durante unas vacaciones que

él y su hermano se tomaron de Cambrigde:

La noche del 28 de marzo de 1922, alrededor de

las diez, en la sala en donde mi madre permanecía

como de costumbre tendida en el sofá de felpa roja de

la esquina, estaba yo casualmente leyéndole los poemas

de Block sobre Italia […] cuando sonó el teléfono.

Después de 1923, al irse ella a Praga, yo viví en

Alemania y Francia, y no pude visitarla con frecuencia;

tampoco estuve a su lado cuando murió, en vísperas de

la Segunda Guerra Mundial.2

Entre el final del párrafo cuando suena el teléfono,

en el que se puntualiza una noche de 1922,

y el comienzo del siguiente, referido vagamente a

1923, media la poderosa elipsis del duelo: el teléfono

había sonado con la noticia del asesinato de

Vladimir Dimitrich Nabokov, pero el dato nunca

se menciona de manera explícita en ese episodio

de sus memorias.

 

Insisto: la elipsis puede decir tanto como lo que

calla. Así en el episodio del duelo paterno como

en el encantamiento por un personaje de resplandor

tenue pero no menos hechizante. De hecho

no aparece ninguna referencia a la amiga-niña de

Carroll que pudiera insinuar alguna disposición

o interés por las pequeñas ninfas de fulgor entre la

bruma. Sin embargo, providencial o casualmente,

sería su traducción de Alice in Wonderland al ruso

la que el editor Iosif Hessen publicaría en 1923,

junto con los dos primeros libros de poemas escritos

en la lengua materna del joven autor.

 

Un latido en el tiempo

En 1953, cuando Vladimir Nabokov puso

punto final a Lolita, tenía 54 años, llevaba trece de

haber emigrado a los Estados Unidos, colaboraba

como voluntario en el departamento de Lepidopterología

del Museo de Zoología Comparada de

la Universidad de Harvard y era también profesor

de literatura rusa y europea en la Universidad de

Cornell, Ithaca. La novela aparecerá editada dos

años después en París por la editorial Olympia

Press, célebre por hacer circular obras controversiales,

pues ninguna editorial norteamericana quiso

publicarla. Comenta Juan Villoro:

En 1948 empezó a escribir Lolita. Algunos meses

más tarde dudó de su material; tal vez inspirado por

Gogol y su incertidumbre ante Las almas muertas, quiso

quemar el manuscrito. Siempre atenta a sus textos,

Vera impidió el auto de fe. En 1953 puso punto final

a la historia de amor de una ninfa de doce años con

un hombre de cuarenta y dos, pero no hubo forma

de publicarla en Estados Unidos. La primera intención

de Nabokov fue firmar con un seudónimo, sin

embargo el editor Roger Strauss lo convenció de usar

su nombre: si la novela era llevada a juicio, el nom de

plume sería visto como un reconocimiento tácito de su

indecencia; en cambio, ampararla con un apellido

de profesor universitario ayudaría a demostrar que el

autor buscaba superar con recursos artísticos un tema

repugnante. Nabokov siguió el consejo. En 1955 Lolita

apareció bajo su nombre en París, en la editorial Olympia,

que había publicado a Miller, Genet, Durrell y

toneladas de basura porno.3

 

Conocida es la historia de la génesis de la novela.

Según el propio Nabokov en el epílogo de su

libro, la idea surgió a fines de 1939 o principios de

1940, cuando leyó una nota periodística en París

acerca de un chimpancé que, cautivo en el Jardin

des Plantes, dibujó los barrotes de su jaula. Michael

Juliar, especialista en la obra de Nabokov, señala

que por esos años se publicó en la revista Life un

artículo sobre un mono llamado Cookie que, adiestrado

por un científico, tomó varias fotografías

desde su reclusión, y que en el recuerdo Nabokov

pudo haber transformado en dibujos hechos con

carboncillo. En la fotografía de referencia, vemos

una multitud de rostros atisbando el interior de una

reja reforzada por cordones metálicos, como si de

un espectáculo de circo se tratara. La imagen, que

registra la perspectiva del confinado, refuerza la idea

de la soledad del cautivo, inerme frente a la curiosidad

morbosa de los otros. Para Alberto Chimal,

ahí se ve reflejado el enfoque “del prisionero que

mira desde el interior de la jaula”4 que inspirara el

punto de vista de Humbert Humbert, quien cuenta

su historia preso y en espera de sentencia. Pero,

más que una situación jurídica, se trata de una

imagen que es también metáfora del delirio, la

pasión en la que se halla prisionero el protagonista,

poseído por su deseo pederasta.

 

La idea resultó tan poderosa —Nabokov habla

de un “latido” que vibró en él a lo largo del tiempo—

que llevó al autor a un primer intento en el

que ya se encuentra presente el triángulo de Lolita

(adulto, madre de la menor, muchacha) con algunas

variantes. La historia de treinta páginas se

desarrollaba en París y Florencia. Arthur (un hombre

mayor de Europa central) se casa también con

la madre enferma de una prepúber de quien está

enamorado; al morir la madre, viaja con su hijastra

a un hotel en el que intenta tocarla dormida. La

chica se despierta y al reaccionar con sorpresa y

horror, el protagonista sale despavorido y es atropellado

por un camión. Se trata de El hechicero,

relato que Nabokov escribió en la segunda mitad

de los años treinta y que sólo se publicó después de

su muerte. Según el propio autor, fue originalmente

escrito en ruso, tal y como lo menciona en el epílogo

“Sobre un libro llamado Lolita”, pero ahí afirma

que destruyó el original en 1942, después de trasladarse

a los Estados Unidos, pues no lo convencía.

 

La ninfulomanía estará presente en toda la

obra del escritor ruso, aunque corresponda a Lolita

ser la obra que especialmente desarrolla a profundidad

el tema. De hecho, basta consultar el ensayo

“Ninfas y otras lascivias, especies de dorada pubescencia”

de R.H. Moreno Durán5 para constatar la

presencia reiterada de personajes con tintes de nínfula

en la obra de Nabokov. Por eso mismo resulta

polémico —pero sobre todo absurdo por la estrechez

de criterios en torno al concepto “plagio”—

el asunto del antecedente de Lolita en el cuento

homónimo de 1916, de escasas diez páginas, escrito

por Heinz von Lichberg, seudónimo del alemán

Heinz von Eschwege (1890-1951), dado a conocer

por Michael Maar en marzo de 2004 en la revista

Frankfurter Allgemeine Zeitung. Poco después, el

propio Maar publicaría todo un libro dedicado

al tema con el título Lolita und der deutsche Leutnant

en la afamada editorial Suhrkamp (2005).6

Hay que recordar que Nabokov, después de

graduarse en Cambridge, se trasladó a Berlín en

1922. Ahí permaneció hasta 1937, cuando viaja

a Francia y poco después, huyendo de los horrores

de la segunda guerra mundial, emigra a Estados

Unidos en 1940. Así pues, es posible que Nabokov

leyera la colección de cuentos de Lichberg, Die verfluchte

Gioconda (La Gioconda maldita), en la que

se incluye una historia titulada precisamente “Lolita”,

y que incluso, podemos suponer o conceder, la

olvidara como efecto de una peculiar criptomnesia.

Mucho se ha escrito sobre las diferencias entre

un plagio deliberado y los procesos de creación y

apropiación, lo mismo en Nabokov que en otros

autores. Ahí está, por ejemplo, el brillante ensayo

de Jonathan Lethem, “The ecstasy of influence:

A plagiarism”, publicado en Harpers Magazine, en

febrero de 2007.7 Pero el asunto de una posible

criptomnesia, el olvido involuntario de recuerdos

ocultos que quedan así “encriptados”, desarrollado

por Ron Rosenbaum en su artículo “New Lolita

Scandal! Did Nabokov Suffer from Cryptomnesia?”,

8 puso de nuevo el tema del plagio sobre

la mesa, así fuera no deliberado y en un grado de

inconsciencia. Algo hay de morbo en la posibilidad

de escatimarle un poco de gloria a un escritor

sagrado. Aquí y allá se pusieron en circulación

ediciones del cuento de Lichberg, y en el ámbito

de nuestro idioma, el texto se dio a conocer con

un prólogo de Rosa Montero que desataba la polémica:

¿se trataba en verdad de la Lolita original?

O como anunciaba la editorial Funambulista en

la cuarta de forros del volumen, ¿acaso no todo

se debía a lo que Antara Dev Sen, del semanario

inglés The Week, había señalado como “La escandalosa

Lolita golpea de nuevo”?9

 

Más allá de los decires y la desconfianza, si

se lee con atención la narración de Lichberg, una

historia fantasmal de corte siniestro, uno se pregunta

cómo pudo Nabokov, de ser cierto que leyó

el cuento de Lichberg, transformar a esa pequeña

joven española de Alicante, llamada también Lolita,

sobre quien pesa una maldición ancestral, en la

dorada nínfula de su novela. ¿Qué magia habría

podido surtir efecto en él a partir de esta descripción,

más de índole gótica, que el autor alemán

hace de su Lolita?:

Era, para nuestra mentalidad nórdica, casi una

niña; tenía los ojos oscuros de las mujeres del Sur y el

cabello de un inusitado tono cobrizo. Su cuerpo era

delgado y ágil como el de un muchacho, su voz llena

y profunda.

Pero no fue sólo su belleza lo que me cautivó, sino

el halo de misterio que emanaba, sobrecogedor

como un enigma en las noches de luna.

A veces, limpiando mi cuarto, se detenía en mitad

de la labor; fruncía los labios carmesíes y risueños

hasta convertirlos en dos finos trazos y se quedaba

absorta mirando al sol con los ojos llenos de inquietud.

Tenía el ademán de una gran actriz trágica en el papel

de Ifigenia. En esos momentos, yo sentía una imperiosa

necesidad de tomar a la niña en mis brazos para

protegerla de algún peligro desconocido.

Había días en que los grandes ojos de Lolita me

miraban tímidamente esbozando una pregunta muda,

y noches en que la veía romper en desconsolados

sollozos.

Nunca pensé por aquel entonces en irme. El Sur

y Lolita me tenían cautivo.

Días cálidos y dorados, noches plateadas y melancólicas.

Y entonces llegó aquella tarde, entre inolvidable

realidad y caprichosa ensoñación, en que Lolita como

tantas otras veces estaba sentada en mi balcón, cantándome

en voz baja. De pronto dejó la guitarra en el suelo

y se acercó con pasos vacilantes a la barandilla en la

que me apoyaba. Y al tiempo que sus ojos buscaban

la luz refulgente de la luna en el agua, me echó al cuello

sus bracitos temblorosos como un niño suplicante,

reclinó su cabeza en mi pecho y comenzó a sollozar

con desconsuelo. En sus ojos había lágrimas, pero su

dulce boca reía.

 

El milagro se había producido.

—Eres tan fuerte —susurró.

Los días y las noches se iban como llegaban. El

misterio de la belleza la mantenía investida de una serenidad

imperturbable y melodiosa. Los días se habían

convertido en semanas y yo empezaba a ser consciente

de que había llegado el momento de partir; no porque

me reclamara obligación alguna, sino porque el amor

excesivo y peligroso de Lolita empezaba a infundirme

terror.10

 

Porque esa tierna Lolita, de quien se enamora el

entonces joven estudiante alemán que viaja a España

para seguir sus estudios, es heredera de una

profecía que ha ultimado a todas las mujeres de su

familia por generaciones desde un lejano antecedente,

una mujer diabólica por quien los hombres

pelearon y murieron. Y es a todas luces un personaje

más en la trama de un relato fantástico donde

lo insólito se da la mano con lo siniestro, muy en

el estilo de las historias de este corte. Nada que ver

con la voluptuosa creación nabokoviana, cargada

siempre de un deseo que apenas puede deletrear

su nombre. A no ser que aquella lejana Lolita, fiel

a la legendaria naturaleza maléfica heredada por

las mujeres de su familia, hubiera embrujado al

autor ruso despertando vagamente en él la promesa

de un ser no humano, nínfico, daimónico…

Y que por efecto de la mencionada criptomnesia,

Nabokov la hubiera encapsulado en algún lugar

de su psique para, muchos años después, dar a luz

a la letal y perturbadora nínfula de su novela.

 

¿Ninfeta o nínfula?

Con Lolita, el escritor ruso Vladimir Nabokov

inauguró en 1955 un mito y dio a conocer un singular

espécimen. El mito: la enfant fatale. El espécimen:

la “nínfula”. Sin embargo, lectores y seguidores del

libro suelen toparse con la versión “ninfeta” para

designar a la adolescente que irradia una “gracia

letal” desde sus páginas, y que sume a su protagonista

cuarentón en los abismos de la tentación

y el deseo. Etimológicamente “ninfa” proviene del

latín nympha y ésta del griego ?????: novia, la que

porta un velo. De las seis acepciones que consigna

el Diccionario de la Real Academia, la primera es

por supuesto la mitológica (“Cada una de las fabulosas

deidades de las aguas, bosques, selvas, etc.,

llamadas con varios nombres, como dríada, nereida,

etc.”). La segunda y la tercera tienen un uso

coloquial: “joven hermosa” y “cortesana (mujer de

costumbres libres)”. Hay otra definición consignada

por el DRAE que no deja de ser sorprendente:

“pl. Labios pequeños de la vulva”. La definición

del ámbito de la zoología se refiere a “los insectos

con metamorfosis sencilla, estado juvenil de menor

tamaño que el adulto, con incompleto desarrollo de

las alas”. Una acepción semejante, pero que acentúa

aún más el estado larvario de la definición zoológica,

es la que brinda el Diccionario del uso del espanol

de María Moliner: “Forma joven de un *insecto de

metamorfosis incompleta, que se caracteriza por su

semejanza con el adulto en el que se transformará

y del que sólo se diferencia por ser más pequeño,

carecer de alas y ser sexualmente inmaduro”,11 que

en lo concerniente a la edad temprana, resulta una

acepción muy cercana al concepto de “ninfeta”

nabokoviano:

Entre los límites de los nueve y los catorce años,

surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados,

dos o más veces mayores que ellas, su verdadera

naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoniaca);

propongo llamar “ninfulas” a esas criaturas escogidas.

Se advertirá que reemplazo términos espaciales

por temporales. En realidad, querría que el lector considerara

los “nueve” y los “catorce” como los límites

—playas espejeantes, rocas rosadas— de una isla encantada,

habitada por esas ninfulas mías y rodeada por un

mar vasto y brumoso.12

[Between the age limits of nine and fourteen

there occur maidens who, to certain bewitched travelers,

twice or many times older than they, reveal their

true nature which is not human, but nymphic (that

is, demoniac); and these chosen creatures I propose to

designate as “nymphets.”

It will be marked that I substitute time terms for

spatial ones. In fact, I would have the reader see ‘nine’

and ‘fourteen’ as the boundaries—the mirrory beaches

and rosy rocks—of an enchanted island haunted

by those nymphets of mine and surrounded by a vast,

misty sea.]13

Nabokov usa la palabra inglesa nymphet en el

original de su novela, razón por la cual los estudiosos

de habla hispana que han leído la obra en

inglés suelen usar el término “ninfeta” en vez de

“nínfula”, que es como aparece en la traducción

que circula en español desde 1959, editada por Sur

y reproducida por Grijalbo y Anagrama, realizada

por Enrique Tejedor, seudónimo del argentino

Enrique Pezzoni.

 

En una breve y estupenda nota titulada “Lolita

censurada”, Ernesto Hernández Busto consigna

una muestra de omisiones y distorsiones debidas a

la mano de Tejedor que nos recuerdan la veracidad

del famoso dicho traduttore, traditore (traductor,

traidor), sobre todo en materia sexual, frases sugestivas

y otras no tanto con que Humbert Humbert,

el narrador y protagonista de la novela, se refiere a

su amada y a sus hermosas partes, los sentimientos

y reacciones de excitación que le provoca, las

situaciones ambiguas en las que se ve inmerso por

su pasión exaltada, entre otras.14 Con todo y estas

“traiciones” y omisiones, la polémica y el escándalo

se desataron especialmente en el Cono Sur, tal y

como lo registra en un artículo de su blog Guillermo

Mayr, bajo el título: “El caso Lolita. Lo que

pasó en Argentina”.15 En tiempos más recientes ha

circulado la traducción de Francesc Roca (Anagrama,

2002), que busca subsanar las omisiones de la

versión anterior.

 

Pero, en lo referente a la decisión de cómo se

nombró en español a la pequeña ninfa, salvo por

quienes rechazan el término usado por el traductor

y se refieren a Lolita con el anglicismo “ninfeta”,

trasladado del original, nadie parece reparar en el

hallazgo de la palabra “nínfula”.

Vayamos por partes. Cuando Nabokov decide

usar la palabra nymphet para designar a esas

pequeñas ninfas de naturaleza daimónica, emplea

un término consignado ya por The Century Dictionary

y atribuido al poeta Michael Drayton en

1612, fecha en que publica su extenso poema

Poly-Olbion, donde reza: “Of the nymphets sporting

there In Wyrrall, and in Delamere”.16 Es decir

que Drayton usa ya la palabra “nymphets” para

referirse a ciertas deidades menores que juguetean

en los bosques de Inglaterra.

La expresión “nínfula”, en cambio, parece ser

una derivación creada por Enrique Tejedor a partir

de la palabra “ninfa” y el sufijo latino -ula, diminutivo

femenino. Esta adaptación culta, que no

violenta las reglas de castellanización, goza, además,

de aumentar el grado de sonoridad dulce de

una consonante líquida como la “ele”, una suerte

de ensoñación fonética que conocía muy bien

Nabokov al decir en las líneas iniciales de su obra:

“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje

de tres pasos desde el borde del paladar para

apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes.

Lo.Li.Ta”. Ensoñación que es todavía más notoria

en el original en inglés: “Lo-lee-ta: the tip of the

longue taking a trip of three steps down the palate

to tap, at three, on the teeth. Lo.Lee.Ta”.17

Así pues, aunque a algunos de los lectores y críticos

que frecuentan el original en inglés les disguste

que el traductor no haya empleado la palabra

“ninfeta” —no obstante la tonalidad despectiva

que en español sugiere ese anglicismo—, el uso

de “nínfula” se ha extendido en la designación de

las ninfitas nabokovianas y de todas aquellas otras

Lolitas que han surgido a partir de entonces. Y tal

vez ha sido así por la dulzura de su fonética que la

acerca a la esencia sutil, palatal, paladeable, volátil

de estos seres perturbadores, sugerida en la frase

inicial de la novela: “Lolita, light of my life”. Una

de esas ocasiones en que el traductor no es traidor.

 

Lecciones de entomología aplicada

I. Increíbles azares o extrañas coincidencias

se dieron en la vida de Nabokov. Tal vez es así en

cualquier existencia, pero sólo salta a la vista cuando

el sujeto es colocado bajo una lupa porque la

fama lo ha convertido en una mariposa de tornasolados

dibujos que el asombro o el morbo buscan

descifrar. Una ironía sin duda que el propio autor

se vuelva objeto de una suerte de estudio microscópico

cuando él mismo fue un especialista en lepidópteros,

ese orden de insectos que incluye a las

mariposas y polillas. Hasta qué punto estos singulares

insectos estuvieron asociados a una imago del

propio Nabokov nos lo revela el ex libris elegido por

el escritor para ser estampado en sus papeles personales

y en los libros de su biblioteca. Ahí, entre los

caracteres latinos y cirílicos de su nombre, destaca

en primer plano la efigie de lo que parece una Argus

azul, uno de los especímenes que más estudiara a

partir de la observación microscópica de sus genitales

para terminar aventurando una hipótesis sobre

las migraciones de este tipo de mariposas, también

conocidas como “polyommatus o acmon azules”,

que recientemente ha sido validada por los especialistas.

18 Como la imagen es un grabado de líneas

escuetas también podría ser una Lycaeides argurog-

nomn sublivens, después llamada Lycaeides sublivens

Nabokov en su honor. Pero más allá de la precisión

de saber de qué espécimen se trate, lo importante

aquí es que nos revela una filiación de identidad.

La pasión por las mariposas, a la que el autor

se refiere en sus memorias por su nombre latino,

morbus et passio aureliani”,19 le fue heredada por su

padre Vladimir Dimietrich Nabokov. “Aureliano”

es un término arcaico para designar a los lepidopteristas,

proveniente del griego Aurelia, que quiere

decir crisálida, por cuanto justo antes de resurgir

convertida en mariposa, la antigua ninfa tiene un

esplendor áureo (latín aurum: oro). Aurelianos fueron

su padre y Nabokov desde niño al punto de

que cuando encarcelan en 1908 a Vladimir padre

unos meses por publicar con un grupo de amigos un

manifiesto revolucionario que atacaba al zar, desde

la prisión le pregunta a la madre de su hijo: “¿Ha

cazado V. alguna Egeria [mariposa de los muros]

este verano? […] Dile que en el patio de la prisión

sólo veo limoneras y blancas de la col”.20

 

Así pues, la pasión aureliana era una dádiva que

el padre le había conferido al hijo, pero ¿hasta

dónde esa pasión era también obsesiva como para

que el propio Nabokov la llamara morbus et passio

en sus memorias? De cualquier forma, revelación

y recuerdo, islas de dorado fulgor, paraíso resplandeciente,

parecen estar intrincadamente unidos en

el taller del artista Nabokov cuando nos dice:

Parece que durante toda mi vida y con el mayor

celo he estado realizando el acto de recordar vivamente

algún fragmento del pasado, y tengo motivos para

creer que esta casi patológica agudización de la facultad

retrospectiva es un rasgo hereditario. Había cierto rincón

del bosque, un puentecillo que cruzaba un pardo

riachuelo, en donde mi padre hacía una piadosa pausa

para recordar la rara mariposa que, el 17 de agosto

de 1883, cazó para él su preceptor alemán. La escena

ocurrida treinta años atrás era revivida una y otra vez

de punta a cabo. Él y sus hermanos se habían detenido

bruscamente, desvalidos y excitados ante la aparición

del codiciado insecto, que se había posado sobre un

tronco muerto y hacía subir y bajar, como si respirase

en estado de alerta, sus cuatro alas rojo cereza con una

mancha ocular pavoniana en cada una de ellas. En

tenso silencio, sin atreverse a proyectar él mismo su

cazamariposas, se lo dio a Herr Rogge, que tanteaba el

aire para cogerlo mientras su mirada permanecía fija

en la espléndida mariposa. Mi vitrina heredó ese espécimen

al cabo de un cuarto de siglo. Un detalle conmovedor:

las alas se le habían “encogido” por culpa de

que la sacaron de la tabla de secado antes de hora.21

Las mariposas y la literatura fueron sin duda

las grandes pasiones de su vida. Al emigrar a Estados

Unidos y desembarcar en Nueva York el 28 de

mayo de 1940 con su esposa Vera y su hijo Dimitri,

Nabokov fue sometido a un interrogatorio de rigor.

Le pidieron abrir una pequeña maleta que llevaba

consigo, pero nuestro autor no pudo hacerlo, pues

no encontraba las llaves. Las autoridades aduanales

se alarmaron y pidieron la intervención de

un cerrajero. Cuando la maleta mostró sus tesoros,

se sorprendieron de su contenido: unos guantes de

box y una caja de mariposas disecadas.

 

Poco después de instalarse como profesor en

Wellesley College, una universidad femenina privada

de Massachusetts, Nabokov se ofreció como

voluntario en el Museo de Zoología Comparada de

la Universidad de Harvard, donde realizó investigaciones

y publicó su primer trabajo dedicado a

las mariposas Cartherocephalus canopunctatus, una

especie que antes de él no era considerada única y

diferente. En 1951, cuando escribía Lolita y daba

clases en la Universidad de Cornell, Ithaca, hizo

un viaje a Colorado, a las Montañas Rocallosas,

y ahí, a más de doce mil pies de altura, capturó

a la primera hembra Lycaeides argyrognomn

sublivens, después conocida como Lycaeides sublivens

Nabokov. Es posible leer en línea el relato de

esa aventura entomológica reportada por el propio

autor en 1952 como “The Female Lycaeides argurognomn

sublivens” en Lepidopterist's News.22

En ese viaje también tomó notas de la panorámica

de un pueblo aledaño, Telluride, que eventualmente

formarían parte de las líneas finales de

Lolita. Esas líneas sublimes donde, al admirar el

“abismo amistoso” del valle que se extendía a sus

pies, del cual le llega un bullicio de la vida, de mujeres

que esperan a sus hombres, de niños que juegan

entre risas y pelotazos, echa de menos a Lolita,

recién desaparecida por la influencia de Quilty, el

fauno depravado que le arrebata a su amor:

A medida que me acercaba al abismo amistoso,

adquiría conciencia de una melodiosa unidad de sonidos

que subía, como vapor, de una pequeña ciudad

minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se

divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de

tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles,

y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del

vertedero de la ciudad, y más allá de ella, caminos que

se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por

campos pálidos y oscuros, y más allá de todo eso, grandes

montañas arboladas […]. Me quedé escuchando

esa vibración musical desde mi suave pendiente, esos

estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido

murmullo como fondo. Y entonces supe que lo más

punzante no era la ausencia de Lolita a mi lado, sino la

ausencia de su voz en ese concierto.23

Telluride, en cuyas cercanías descubre y se hace

de varios ejemplares de la Sublivens que después

llevaría su nombre, es un pueblo asentado en la

base de un cañón de las Montañas de San Miguel,

a más de nueve mil pies de altura. En su reporte

entomológico, Nabokov lo describe ambiguamente:

habla de él como de un lugar decepcionante, un

inusual callejón espectacular —en el que un prodigioso

arco iris se erigía por las tardes—, adonde

convergían dos caminos, “uno procedente de

Placerville, el otro de Dolores, ambos atroces”. Si

se busca Dolores, Colorado, en un atlas de Norteamérica,

se descubrirá que también es un pueblo

antiguo del condado de Montezuma, asentado en

el valle de Dolores, cruzado por un río llamado

también Dolores y con un pico de montaña del

mismo nombre. Nabokov, que llevaba al menos

diez años trabajando en el personaje de Dolores

Haze, mejor conocida como Lolita, debió de haber

sonreído ante tan caprichosa coincidencia. Pues

para entonces él ya había realizado la taxonomía

completa de la mariposa Lolita, aunque sólo le

faltara dar los toques finales a su estudio. O en

palabras de R. H. Moreno Durán:

Como si se tratara de elaborar una nomenclatura

del más clásico rigor entomológico, Vladimir Nabokov

determina en su escritura géneros, fija variedades, clasifica

filiaciones, vivisecciona especies y analiza la estructura

y hábitos de unos bichos que no son otros que

ciertas deliciosas muchachas en pleno tránsito hacia la

pubertad. No es por ello casual que la primera hembra

conocida de la variedad Lycaeides sublivens Nabokov

caiga en la red del escritor —transmutado en lepidopterólogo—

en un punto indeterminado de la compleja

geografía por la que, de la caricia al retozo, deambulan

Lolita Haze y el “villano” Humbert Humbert, en la

más célebre novela del autor ruso.24

 

II. Pero las coincidencias y los azares no terminan

ahí, por lo menos en lo que respecta a la figura

del padre. Según cuenta Nabokov en el capítulo

noveno de Habla, memoria, su padre fue autor

de un volumen de artículos sobre derecho penal,

publicado en San Petersburgo hacia 1904. Resulta

sorprendente, por no decir cuestión del destino al

menos literario, que en un artículo de esa colección

se escriba sobre algunos casos de niñas que han

sido objeto de abuso sexual:

En uno de ellos (“Delitos carnales”, escrito en

1902) mi padre se refiere, de forma bastante profética

en cierto extraño sentido, a algunos casos (ocurridos

en Londres), “de muchachitas a lage le plus tendre,

es decir de ocho a doce años, que fueron víctimas de

algunos libertinos”. En el mismo artículo muestra una

actitud muy liberal y “moderna” ante varios tipos de

prácticas anormales, lo cual le permite de paso acuñar

una palabra rusa muy adecuada para “homosexual”:

ravnopoliy.25

Por supuesto, Nabokov usa la discreta frase “de

forma bastante profética en cierto extraño sentido”

para referirse a la obvia coincidencia con la temática

de Lolita, pues cuando al fin leyó el libro de su

padre, él ya había publicado su novela al menos

seis años antes. El ejemplar se lo había obsequiado,

según relata en sus memorias, “un amable viajero,

Andrew Field, que lo compró en una librería de

segunda mano durante su visita a Rusia en 1961”.

Tal vez otro hubiera sido el destino si su padre

no hubiera muerto asesinado en 1922 en Berlín,

a resultas del exilio que la familia Nabokov tuvo

que emprender con la revolución de 1917. Las posibilidades

de la vida hubieran sido distintas, como

lo confiesa el propio autor en una entrevista de

1967:

Los placeres y recompensas de la inspiración literaria

no son nada al lado del embeleso de descubrir

un nuevo órgano bajo el microscopio o una especie

desconocida en una montaña de Irán o Perú. No es

improbable que de no haber existido una revolución

en Rusia, yo me habría dedicado por entero a la lepidopterología

y nunca habría escrito ninguna novela en

absoluto.26

Pudiera pensarse que Nabokov exagera, pero

habría que recordar cómo en 1911, ante la inminencia

de que su padre se batiera en duelo con el

director de un diario que lo había difamado por

sus posturas políticas, con la angustia y el dolor de

la posible pérdida, a sus escasos doce años rememora

anécdotas de esa “tierna amistad que subyacía

al respeto que sentía por mi padre, el encanto

de nuestra perfecta armonía”. Según confiesa en

Habla, memoria, un mundo de recuerdos dorados se

le agolpan en el corazón, camino a casa, para enterarse

de los avances del anunciado duelo. Entonces,

entre el recuerdo de las noticias que compartían

sobre los torneos de Wimbledon, el ajedrez, la fidelidad

a los versos yámbicos de Pushkin, todo ese

“código secreto de las familias felices”, se abre paso

una instantánea de su padre una tarde de verano

cinco años antes, en la que:

entró de golpe en mi habitación, agarró mi cazamariposas,

bajó como un rayo la escalera de la terraza,

y al poco rato reapareció caminando tranquilamente, y

sosteniendo entre el índice y el pulgar aquella rara

y magnífica hembra de la ninfa mayor rusa que había

visto tostándose al sol sobre una hoja de álamo desde

el balcón de su despacho.27

Definitivamente otro habría sido el destino si

su padre no hubiera sido asesinado en 1922 en

Berlín. Tal vez la escritura llena de deseo de nuestro

autor se hubiera colmado en un gabinete de

alas abiertas.

 

Lolita soy yo

Es del dominio público la frase de Flaubert

Madame Bovary cest moi. La sentencia admite

varias lecturas, pero la que aquí interesa es la

que sugiere que detrás de todo personaje hay un

autor que lo concibe y lo construye. Puede aplicarse

a toda creación en la que está en juego la conformación

de una personae literaria —la máscara

dramática que se alimenta de las entrañas de un

yo interior, detrás—, y por supuesto a la relación

Lolita-Nabokov. Se trata de un trabajo de hilado

fino, de entramado sutil que posibilita la vida

y complejidad literarias de ese “ego experimental”

que, a decir de Milan Kundera, es todo personaje

respecto a su creador. Sólo que en el caso que nos

ocupa, la mirada se tamiza y se construye por intervención

de otro actante, el narrador de la novela

y protagonista de la misma: Humbert Humbert,

un “ninfolepto” que, podríamos decir con Roberto

Calasso, al poseer a la diosa ha terminado por ser

poseído por ella.28

Como el escritor superdotado que es, Nabokov

pone al servicio de su personaje narrador masculino

un caudal de recursos narrativos y poéticos para

dibujar las escenas en las que discurre la acción de

la novela: en la primera parte, la exaltación por

Lolita y su captura; en la segunda, el escape con

su amada y la posterior huida de ella con Quilty-

Guilty. El pretexto ficcional para que Humbert

Humbert haga uso de semejante despliegue de

recursos está convenientemente cubierto: es un profesor

de lengua y literatura europeas, un escritor

académico con amplio conocimiento de la tradición

clásica y moderna, además de una más que

solvente cultura literaria y plena conciencia de

las posibilidades discursivas y sugerentes de la

lengua escrita. Dentro de toda esa gama de recursos

poéticos, narrativos, dramáticos que Humbert

utiliza con maestría, ocupa un lugar destacado la

adjetivación empleada para referirse a su amada.

No hay que olvidar que la novela inicia con

una retrospectiva de tres años previos a los hechos

que darán origen a una confesión escrita desde la

cárcel, donde el narrador se encuentra confinado

por llevar los límites de su deseo hasta el acto y

la muerte. Es decir que, desde el principio de la

narración, Humbert es consciente de la fatalidad

de su deseo y está lejos de plantear una visión simplista

de su tragedia personal. Por el contrario, la

ambigüedad, los opuestos, las contradicciones conviven

para conformar esa suerte de paraíso infernal

en cuyos abismos de placer y tortura se ve arrojado

desde que conoce a Lolita. Con todo, a medida que

transcurre el relato es posible observar una transformación

en la manera en que describe y califica a

la pequeña ninfa, de modo que más que conocerla

a ella, la vemos a través del deseo y la urgencia, el

gozo y el dolor, la ansiedad y la neurosis, la gloria

y la culpa del propio narrador. Veamos algunos

ejemplos de esa mirada desde el anhelo, la bruma

y la con/fusión.


¡Gracias por leer a Ana Clavel!

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