Divina Lola

por Cristina Morató

3 minutos

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La pequeña salvaje

Habían pasado trece años desde que se despidió de ella por última vez

y, sin embargo, la noticia de su muerte le afectó profundamente.

En todo ese tiempo el rey Luis I de Baviera no había podido olvidar a su amada Lola Montes, la hermosa bailarina española que una soleada mañana de otoño irrumpió como

un torbellino en su gabinete de palacio. Cómo no recordar aquel 8 de octubre de 1846 cuando la vio elegantemente ataviada con un vestido negro de terciopelo que resaltaba su

espléndida figura y la palidez de su piel. Se enamoró de ella al instante; le cautivó su belleza, su fogosidad y su arrebatadora personalidad.

 

Durante los meses siguientes se entregó a ella con una devoción enfermiza, sin importarle su pasado ni la mala fama que la precedían. En la conservadora corte de Baviera se rumoreaba que el soberano había perdido la cabeza por una

mujer marcada por el escándalo que pretendía interferir en

los asuntos de Estado. Luis, ajeno a las críticas, accedió a todos

sus caprichos. La colmaba de regalos, le concedió el título

de condesa, le ofreció una generosa pensión y compró para

ella una palaciega mansión donde la visitaba a diario. Ahora,

ya anciano, recordaba con una sonrisa en los labios aquella

época feliz en la que se sintió rejuvenecer. Aún se estremecía

al rememorar las tardes en las que leían el Quijote frente a la

chimenea y dejaban pasar las horas soñando con una vida

juntos lejos de la aburrida corte de Munich. Es cierto que

sentía debilidad por las mujeres hermosas y había sido un

incorregible conquistador, pero Lola, tan distinta a las demás,

fue su gran amor. Aunque por ella perdió el trono y el respeto

de sus súbditos, no le guardaba ningún rencor.

 

Siempre había estado al tanto de las aventuras de su amante, obligada

a abandonar Baviera como una fugitiva y convertida pronto

en toda una celebridad. Su embajador en París le hacía llegar

los recortes de prensa que hablaban de sus escándalos, sus

amoríos y de los éxitos que cosechaba como actriz y bailarina

en sus giras por Estados Unidos y Australia.

 

Sin duda Lola Montes había sido una mujer poco convencional.

Podía ser amable, generosa, considerada y hasta

dócil, pero también la más temeraria, violenta y salvaje. Cabalgaba

como una amazona, fumaba cigarrillos, era diestra

con el revólver y se defendía a golpe de fusta de los hombres

que se atrevían a contradecirla. En una época en la que las

mujeres se dedicaban a las tareas domésticas, ella había dado

la vuelta al mundo y actuado en los más importantes escenarios

teatrales desde Londres hasta Sidney, aunque su talento

como bailarina dejaba mucho que desear. El rey conservaba

celosamente cientos de cartas que le había escrito a lo largo

de su tormentosa relación y los poemas que le inspiró siendo

su musa y amante. También guardaba como una reliquia el

pie de Lola esculpido en mármol que antaño besaba todas

las noches antes de acostarse. Pero el día que recibió esta

carta procedente de Nueva York, le embargó de nuevo la

nostalgia:

 

Señor:

Durante mi primera infancia, fui compañera de colegio

en Escocia de una niña que nunca pensé que me llamaría a

su lado en su lecho de muerte para pedirme que escribiera

a Su Majestad. A menudo me hablaba de Su Majestad, y de

su amabilidad y benevolencia, que ella sentía en lo más profundo

de su ser. Me rogó que le contara que había cambiado

de vida y compañías.

Así, ahora cumplo la promesa que le hice a la difunta

señora Lola Montes, a quien yo conocí como Eliza Gilbert,

y añadiré que me pidió que le hiciera saber que mantuvo

una estima sincera por su inmensa amabilidad hasta el fin

de su vida.

Falleció como una auténtica penitente, y acudió a Su

Salvador en busca de perdón y aceptación, para triunfar

únicamente en Su gloria.

He tenido el honor de ser la obediente y humilde servidora

de Su Majestad,

Maria E. Buchanan

 

Luis se quedó un instante pensativo y los ojos se le humedecieron:

«Lolita mía, ¿alguna vez me amaste?».

Nada hacía imaginar que la pequeña que acababa de venir al

mundo aquel día frío y ventoso de febrero de 1821 en el pueblo

de Grange, Irlanda, se convertiría en una de las mujeres

más famosas de su época. Era una niña saludable y risueña de

hermosas facciones, muy parecida a su madre. De su padre,

Edward Gilbert, alférez del ejército británico, heredaría su

valor y sed de aventuras. El apuesto oficial había llegado al

condado de Cork con el 25.º Regimiento de Infantería para

aplacar la rebelión en los dominios irlandeses del rey Jorge III

de Inglaterra. Alto, robusto y vigoroso, lucía unas pobladas

patillas rubio claro y un fino bigote que le daban un aire

varonil. Entre todas las chicas irlandesas solteras hubo una

que atrajo especialmente su atención. Se llamaba Eliza Oliver,

tenía catorce años ocho menos que ély trabajaba como

aprendiz de sombrerera aunque pertenecía a una buena familia.

Era una hermosa muchacha de profundos ojos negros,

tez pálida y largo cabello rizado. Lo que Eliza vio en aquel

apuesto militar, de carácter alegre y de espléndida figura enfundado

en su uniforme rojo, fue el sueño de escapar de una

vida triste y anodina.

 

Los Oliver formaban una conocida y poderosa familia

protestante

de terratenientes del condado de Cork. La joven

se sentía orgullosa de sus raíces, aunque todos sabían que era

hija ilegítima. Su padre, Charles Silver Oliver, era miembro

del Parlamento y un personaje muy inf luyente en su comunidad.

Antes de contraer matrimonio a los cuarenta años había

tenido cuatro hijos con su amante Mary Green. La pareja

residía en Castle Oliver, una antigua y solariega mansión familiar

situada en la campiña, al sur del condado de Limerick.

Allí vino al mundo Eliza en 1805, el mismo año en que su

padre tomó por esposa a una dama de la buena sociedad.

 

Aunque de aquel matrimonio nacieron siete herederos legítimos,

el señor Oliver no abandonó a sus bastardos. Eliza,

Mary y sus hermanos John y Thomas también llevaban el

apellido de un padre que se preocupó de su manutención.


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