No te enganches. TodoPasa

por César Lozano

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Introducción

 

·         Esto nunca podré superarlo…

·         Jamás olvidaré el dolor que me causaste…

·         ¿Cómo superar tanta humillación?...

·         Deseo no recordar más ese pasado…     

 

       Y contrario a lo que pensabas, ésas y otras situaciones las superaste, las olvidaste, las entendiste, las sobrellevaste, o quizá también fuiste miembro honorario de ese grupo de personas que goza al guardar experiencias negativas y agravios como si fueran tesoros malditos, y lo único que hacen es corroer poco a poco su alma y se alejan de la felicidad.

 

       No cabe duda, hasta el dolor más grande pasa, y si no es en esta vida, será en la eterna, pero todo pasa.

 

       Nada es para siempre, y cambiar depende de un factor clave que modifica lo que creemos que no es posible: la decisión. Vale la pena decidir oportunamente cambiar y dejar atrás tantos hábitos y condicionamientos que nos alejan de la paz y la tranquilidad.

 

       He querido utilizar la palabra enganchar para hablar de esa costumbre que tenemos de aferrarnos a lo que amamos, a lo que conocemos, a lo que no debemos hacer, inclusive, a lo que nos hace daño.

 

Nos enganchamos lamentablemente a las situaciones que deberíamos pasar por alto porque nos lastiman, pero nos aferramos en recordar, por ejemplo, el dolor que alguien nos causó, sin saber las razones que lo motivaron para tratarnos de esa forma, que pensamos no merecer.

 

       Platicamos ese acontecimiento una y otra vez; lo repasamos mentalmente y nunca encontramos las respuestas ante hechos que tanto nos duelen, nos molestan o nos ofenden.

 

       ¿Por qué engancharme a lo que me daña? ¿Por qué seguir lamentándome de lo que pudo ser y no fue, o de lo que fue y no quise que sucediera? ¿De dónde viene esa terrible costumbre de repasar todo el tiempo el inventario de agravios y ofensas de quienes, en un momento de coraje o dolor acumulado, explotaron con quien menos debieron hacerlo?

 

       ¿Por qué no ponemos freno a esa acción adictiva de engancharnos en discusiones innecesarias, sin razón, sólo por el afán de ganar o exponer nuestro irrefutable punto de vista, ante quienes lo único que buscan es desestabilizarnos o salirse siempre con la suya?

 

       Nos enganchamos en relaciones enfermizas donde el amor brilla por su ausencia. Carecemos de cordura y entendimiento, pero por miedo a las consecuencias y por temor a la soledad seguimos alimentando esperanzas en donde no hay más posibilidad de regenerar el tejido amoroso destruido.

 

       Nos enganchamos tanto a las personas con las que más convivimos en el ámbito familiar o laboral, que somos capaces de tratar de modificar –para bien o para mal– sus vidas. Estoy plenamente convencido de que nuestra presencia puede incitar cambios en quienes tratamos y eso se convierte en eco que llegará a otros seres con los que ellos simultáneamente tratarán. Debe preocuparnos el efecto cascada que tiene la influencia de nuestra presencia en los demás, ya que podemos identificar en este momento cómo modificamos el estado de ánimo de los seres con quienes más convivimos, y que nuestra buena o mala vibra se replicará en muchas otras personas.

 

       Estoy convencido de que llegará –si no es que ya te sucedió– un momento en el que nos enfrentaremos a la realidad de nuestra existencia. ¿Es ésta la vida que he querido y creo merecer? ¿Son las relaciones que vivo las que le dan sentido a mis días?

 

       Y una vez conocido el sentido de nuestra vida, estaremos en condiciones de tomar uno de tres caminos con destinos totalmente diferentes.

 

El primero de ellos es el de seguir haciendo lo que siempre hacemos, tener las mismas actitudes de siempre. El destino es obvio, ya que seguiremos teniendo los mismos resultados, o peores, en caso de que las acciones y actitudes estén basadas en el coraje, la envida, el resentimiento y otros malos hábitos.

 

       El segundo, buscar culpables de las circunstancias de nuestra vida, los cuales por lo general encontraremos y podremos, o no, echarles en cara lo infelices que hemos sido por haber coincidido en el mismo sendero. Así seguiremos siendo las eternas víctimas de las acciones de gente “sin escrúpulos” que no supo valorar ni entender, y mucho menos agradecer, nuestra gran valía.

 

       El tercer camino, aquel en el que decidimos tomar las riendas de nuestra vida y convertirnos en protagonistas de nuestra propia historia, evitando a toda costa engancharnos en situaciones complicadas en las cuales hemos puesto nuestro mejor esfuerzo para resolverlas, pero que por ahora no tenemos el control de ellas, o simplemente dejamos que el tiempo y Dios hagan lo suyo.

 

       Ese tercer camino en ningún momento significa mediocridad, tibieza o falta de responsabilidad. Es dejar fluir aquello de lo que no tenemos control o lo que, de antemano, sabemos que no tiene importancia, pero que el pensamiento o el ego a veces desmedido nos obliga a controlar o a imponer nuestra voluntad.

 

       Desafortunadamente la mayor cantidad de problemas que tenemos obedecen a las reacciones negativas ante lo que sucede, y no por el hecho en sí; esto está condensado en una frase que he repetido en seminarios, programas de radio y televisión: “El problema no es lo que nos pasa, sino la forma en la que reaccionamos a lo que nos pasa.” Ése es el verdadero conflicto, las reacciones y actitudes que ponemos en todo aquello que nos sucede. No fue que nos gritaron, sino la forma en la que contestamos o el coraje que tomamos ante esa agresión inmerecida. No fue el hecho de que nos recodaron a nuestra madre de auto a auto, sino que por regresar la ofensa nos corretearon diez cuadras y por poco nos orinábamos del miedo.

 

       No vale la pena engancharnos a todo lo que nos hace daño, hagamos uso del derecho de admisión de pensamientos, actitudes y personas a las que les permitimos entrar en nuestras vidas. ¡Hay ni-ve-les! ¡Hasta los perros tienen razas! ¡La basura se recicla!

 

       Basta de rebajarnos a los niveles de las reacciones humanas negativas y de permitir que tomen parte en la película de nuestra vida personajes que no deben, ni siquiera como “extras”, tener un papel en la trama que desarrollamos. Si les damos tiempo e importancia, los convertiremos en “estrellas” que influirán en todo lo que sentimos, decimos y hacemos.

 

 

CAPÍTULO 01

¿En serio, todo pasa?

 

Te comparto un diálogo entre dos personas que escuché en la sala de espera de un aeropuerto. Reitero, no soy metiche, digamos que Dios me ha dotado de una capacidad de escucha sumamente desarrollada y, además, como que me pone en los lugares indicados para conocer historias precisas de las que puedo obtener cierto aprendizaje. El diálogo que escuché –sin querer queriendo– fue más o menos así:

 

       —Ando muy preocupado, me dijeron que tengo insuficiencia renal y que lo más seguro es que necesitaré diálisis cada tercer día o, en el peor de los casos, realizarme un trasplante renal… La verdad no duermo de imaginar que necesitaré un trasplante.

 

       Se hizo un silencio incómodo por parte de quien lo escuchaba –aparte de mí, claro– con una cara de asombro. No conocía a ninguno de los dos que entablaban el diálogo, pero como médico no puedo dejar de sentir compasión sólo de imaginar que no estamos exentos de padecer una enfermedad como ésta o cualquier otra.

 

       Después de un fuerte apretón en el hombro por parte de quien escuchaba con atención esta historia perturbadora, le dijo al enfermo con gran seguridad:

 

       —¡No pasa nada! No te apures, verás que todo se arregla...

 

       No pude dejar de escuchar una respuesta tan segura y mucho menos meditar sobre el contenido de esas palabras.

 

       Sé que con el afán de querer consolar a quien sufre, utilizamos frases que, cuando las analizamos a fondo, a pesar de las buenas intenciones, pueden ser contraproducentes en situaciones críticas.

 

Otras frases dichas en situaciones diferentes son:  

     

·         ¡No te apures! Ya verás que te va a ir muy bien en el examen…

·         ¿En serio te preocupa esa bolita que te salió? ¡Por favor! No lo hagas grande, ya verás que cuando vayas al médico te dirá que es sólo una bolita de grasa.

·         ¡Te aseguro que todo se va a solucionar! No te quedarás sin trabajo. Todo se arreglará… ya verás.

 

¿Cómo sabes que estudió y que le va a ir muy bien en el examen? A lo mejor es bien burro y lleva meses disfrutando la vida y, ahora sí, está preocupado por las consecuencias de su flojera, pero tiene la suerte de encontrarte a ti que le das palabras de esperanza sin conocer la realidad.

 

       ¡Claro que le preocupa la bolita que le salió en alguna parte del cuerpo! ¿A quién, en su sano juicio, le tendría sin cuidado algo así? ¿Y cómo sabes que es una bola de grasa? Ni un oncólogo, con toda la experiencia que los años dan, puede afirmar al cien por ciento, con verla o tocarla, que es una bolita sin indicios de células cancerosas.

 

       Es difícil afirmar a ciencia cierta que alguien no se quedará sin trabajo, pues no sabemos la realidad de una empresa o los antecedentes personales de quien teme perder su empleo.

 

       Por cierto, en relación con esto último, hace varios años, un amigo que cada que lo encuentro se queja del exceso de trabajo que tiene, de la gran cantidad de responsabilidades que su jefe le otorga injustamente y de lo poco considerada que es su familia al no comprender su cansancio extremo, me compartió su temor a ser reajustado de la empresa en la que labora desde hace muchos años, ya que tenían la necesidad de disminuir costos. Obviamente dudé de que él fuera uno de los elegidos en esa crisis por todo lo que me había compartido y caí en la tentación de asegurarle o, mejor dicho, casi jurarle, que podrían correr a cualquiera menos a él. Que podría poner las manos en el fuego para afirmar que la empresa nunca haría una injusticia como ésa. Le imploré, ¡le exigí!, que no se preocupara por eso. Que disfrutara el fin de semana y que el lunes me llamara para darme la noticia de que todo marchó a su favor, entonces yo podría exclamar la frase que tanto disfruto, pues es la comprobación de mi experiencia: “¡Te lo dije!”

 

       Pues me llamó para decirme que estaba sin trabajo… Nuevamente… silencio incómodo. Bueno, te aseguro que es porque ¡viene un trabajo mejor!, le dije. Y, por cierto, es fecha que no le ha llegado ese trabajo mejor.

 

       La parte de la historia que yo no conocía y que supe mucho tiempo después fue que era más lo que se quejaba que lo que hacía. Él tenía sus horas de ocio que incluía como tiempo laboral y no cuidaba la forma en la que pedía el trabajo a sus subordinados, es más, no pedía, exigía de manera déspota que hicieran su trabajo.

 

Obvio que también en estos reajustes la llevan justos por pecadores, pero una historia personal es precisamente eso, muy personal y sólo quien la vive sabe la verdadera trama, puede deducir el porqué del desenlace y, sobre todo, si fue algo justo o injusto.

 

Usamos a diestra y siniestra frases con el fin de dar esperanza a quien sufre, confortar de alguna manera a esas personas que se acercan a nosotros con el afán de descargar una preocupación o una pena. Tenemos la mejor intención de ayudar, de consolar o animar, pero no siempre las palabras que utilizamos son las más adecuadas y, obvio, es sumamente reconfortante encontrar un par de oídos dispuestos a escucharnos y comprender nuestra pena; todos lo hemos padecido.

 

       El mundo está lleno de gente con muy buenas intenciones, y entre las grandes y muy positivas se encuentra dar ánimo a quien deseamos que supere una adversidad. Sin embargo, hay palabras que se convierten en campanas que resuenan en el viento, sobre todo para quien vive una tragedia.


¡Gracias por leer a César Lozano!

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