Valle de Fuego

por Sandra Becerril

5 minutos

1

 

La cordillera roja, las hormigas rojas, el cielo rojo de las dunas que se quedaron fosilizadas en la era de los dinosaurios, hace ciento cincuenta millones de años. Todo era de fuego en aquel valle en Nevada, incluso tu sexo en mis labios.

Extrañaba a Ian, con desesperación, pero no evitaba amarte cuando estabas frente a mí, eras el deseo mezclado con un coctel de ojos verdes desparramados con nuestra ropa adentro de la tienda de campaña. Eras tú, Noah, y no quería dejarte ir de nuevo. Frenabas mi caída al vacío después de su partida.

Quería que me penetraras hasta los pensamientos porque nunca había hecho el amor como lo hacía contigo. Jamás me había sentido tan húmeda debajo de un cuerpo, no sabía lo que eran las ganas hasta que una noche dejé que me cogieras tanto que la luna fatigada se escondió recurrente en mis fantasías y en los orgasmos ahogados que ahora gritaba en el valle en medio de Clark County. Tus cejas fruncidas terminando y llenándome de ti. Te recargaste en mi hombro y abracé tu espalda con mis muslos temblorosos, respirabas agitado y reías.

A través de un orificio de la tienda puede apreciar las estrellas nacer como parto múltiple en el cielo, a lo lejos los coyotes aullaban, y anhelé que tu cuerpo perfecto fuera el de Ian.

Nunca fuimos normales, mas el saber que no lo éramos era precisamente lo que nos apartaba de los demás.

Salí a fumar un churro de mota que escondía en la mochila mientras dormías, esperando que la hierba me ayudara a meditar mejor.

Me senté con las piernas cruzadas en flor de loto sobre una roca y miré las montañas cobrizas devoradas por la oscuridad y la nada del sonido del valle. Quizá nada existía en realidad y los días eran los sueños de las rocas perforadas por la erosión y los millones de años que llevaban esperando despertar. Tal vez yo no existía. Y entonces tampoco hubiera existido Ian, sus películas o sus horrores.

A lo lejos, otro turista encendió una fogata que me recordó la primera vez que nos acostamos, la noche en que te infiltraste en medio de mis muslos aprovechando el alcohol de las diez cervezas alemanas que llevaba en mi sangre; me dejé ir en ti enfrente de la chimenea falsa de tu departamento, con una luna curiosa parecida a ésta, pero asomándose desde la ventana en la Ciudad de México.

La película Casablanca se escuchaba en la pantalla de tu habitación, aunque ya no la veíamos: «You must remember this, a kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh. The fundamental things apply as time goes by. And when two lovers woo, they still say,

“I love you” on that you can rely. No matter what the future brings as time goes by». Mientras Ilsa le confiesa a Rick en el café que sigue amándolo desde que lo encontró por primera vez en París y él se pregunta por qué de todos los cafés del mundo ella tenía que entrar justo a ése, yo me preguntaba por qué de todos los cuerpos que había probado antes, el tuyo me sabía mejor que ninguno. Qué bueno que no follamos antes, porque me volví adicta a ti desde el primer instante. Parecías hecho de nicotina, mota, Valium y alcohol, todo revuelto en el sabor de tu piel, de tu pene, de mi cuerpo cuando terminabas y me quedaba escurriendo de ti.

Con la combinación de tu imaginación atrayente y maligna, decidí aceptar quedarme contigo a dormir esa madrugada.

Y todas las siguientes. No somos libres más que para elegir entre el placer y la amargura, y entre eso prefiero mil veces el placer.

Me enamoré en un solo crepúsculo de tu forma de hacer el amor. Qué jodido. Enamorada de ti hasta el pasado.

Cerré los párpados, esperando que el lugar arqueológico donde estábamos se llamara así porque desde adentro de cada una de esas cuevas, alguien nos vigila, examina y estudia.

Y somos nosotros los monstruos ahogados hasta el cuello de la mierda cotidiana. Las criaturas del desierto olían a cobre y cometas. Suspiros encarnados, profundos, las rocas regalándonos su piel, las cordilleras con sus miradas perdidas sobre sus siluetas reflejadas en el cristal de las dunas congeladas por cientos de miles de años.

Miré una vez más para no extraviar la noche con aquel farol, para observar si, como decía Ian, aquí había estrellas fugaces.

Siempre he creído en los deseos. Alguna vez fui a que me leyeran el tarot en Coyoacán, otras, la mano en la Roma, las runas en la Condesa, la noche en la piel. Tu piel. Cualquier cosa, cualquier pensamiento me remitía a tu piel, Noah.

Desde que éramos niños quise acariciar tu espalda y dormir abrazada a ella, sintiéndote con mi pecho desnudo. Tú también lo querías, y por eso me tardé tanto en amarte, porque cuando ya sabes que el amor está ahí, permanentemente esperándote, siempre se puede querer y vivir otras vidas antes de dejarse ir en él.

A lo lejos había rayos, látigos del cielo, y dos minutos después los escuché cerca, como si el corazón me estallara en medio de tanta montaña y tanta soledad.

Vine a Las Vegas contigo para vivir lo que no puedo vivir entre recuerdos, entre pasos sin huellas.

Además de lo de Ian, desde que había muerto mi madre decidí no volver a la Ciudad de México porque descubrí que era ella la que la hacía tan mía, no era la calle donde estaba la secundaria que me derrumbó la adolescencia con su

bullying o la casa embrujada —llena de sombras y retratos que movían los ojos cuando no los veíamos— que habitábamos solas cuando mi papa murió. No eran los bares de Insurgentes a los que entraba con una identificación falsa o el primer beso escondido en el garaje de una fiesta de

Halloween con mi mejor amigo, Román. Creí que aquello era todo, y resultó ser nada. Presenté mi primer libro y después realizaron mi primer guion, y una madrugada vi a los personajes que imaginé andar de ahí para allá, qué desfachatez, de un lado a otro, como si nada; me dieron aquel premio de guion que tiré a la basura ese mismo crepúsculo, en una borrachera que no me acuerdo ni en qué terminó, porque quise dedicárselo y supe que no estaba entre el público, sino en el hospital. Vi aquella película sobre clones y deseé que ella también tuviera uno para que le donara sus órganos y el cáncer no la matara. Pero igual se la llevó. Y entonces descubrí que mi ciudad no era México ni todo lo anterior, sino ella, su olor y su piel. Era su canto en mi oído para quitar pesadillas, era su abrazo en sus delgados y frágiles brazos, eran los hoyuelos en sus mejillas y el labial rojo. Era nuestro camino de regreso, juntas, porque después no volví a manejar sin su voz criticándome en el asiento de al lado. Era la ventana sucia que nadie más limpió desde que se fue, era el cielo nublado que veía desde su hombro. Una infinidad de tristezas se acumularon en su cuarto hasta que se iba la luz de tanta soledad. Cuando quedaba en una oscuridad absoluta, entonces me dormía y a veces te soñaba cerca de mí, a veces a Ian. Nunca he sabido dormir sola, sin un cuerpo apretado a mí.


¡Gracias por leer a Sandra Becerril!

Leíste 5 minutos

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad