La hora sin diosas

por Beatriz Rivas

3 minutos

I LAWRENCE DURRELL

Comencé esta novela al salir del hospital, empujado por mi nieta. Por cuarta vez en el año, todos creyeron que iba a morir. Soy uno de los hombres más viejos que conozco y, aunque no de los más ricos, seguramente mis bisnietas ya han comenzado a repartirse la herencia. No deberían preocuparse; lo que deje será para ellas.

Decía que comienzo la novela de manera oral (¿qué pensaría Freud de esta aseveración?) cuando, frente a la silla de ruedas, apresuradísima y acongojada, pasa una Justine. La presencia breve de esa mujer y la cuestión de mi herencia son los detonadores para que empiece a hablar como un loco. Los recuerdos llegan en cadena. Le dicto en voz alta a mi nieta al mismo tiempo que trato de levantarme de la silla gritando ¡Justine, Liolia, Maal, Hannah! Voltean algunas mujeres, sus hombres y sus hijos para observarme, a medio incorporar, pegando de gritos como si hubiera visto a un aparecido.

 

Después del escándalo, a mi nieta no le queda más que tomar el dictado mientras le explico: esta historia será lo único que no les dejaré en herencia. Historia (¿o historias, en plural?) mantenida en secreto durante tantos años que confundo detalles, fechas, nombres. Lo único que ciertamente no he olvidado son las miradas: ojos azul tierra, amarillo gato, negro profundis, pardos selva azul, grises sin rumbo, marrón casi corteza.

Dicto mi novela desde la silla de ruedas saliendo del hospital, en el asiento trasero de la camioneta rumbo a la casa, en la cama con la televisión encendida, en la noche y la duermevela, al desayunar, comer, cenar. Con o sin medicamentos en mi torrente sanguíneo. A veces, con aliento a vainilla del tabaco de mi pipa.

Las remembranzas fluyen tan rápido que las frases se atropellan.

Sigo dictando hasta los días de fiesta, antes y después de misa, adentro de la regadera. Dicto todavía a los tres meses de mi muerte y con cada palabra surge un nuevo recuerdo. Es el dictado infinito de una historia y, a la vez, el sueño de muchas historias. Una por cada mujer que amé. Pasiones desconocidas; amores distintos.

Qué bueno que ya murió Monám, susurran cuando creen que me he quedado dormido. Si Inés mi esposa (mon amour, monamour, monám), siguiera viva, yo callaría los otros amores para no preocuparla. Nunca supo y si lo supo no quiso que yo me enterara. Inés era una mujer tranquila, de un solo hombre. Maternal y calmada. De ella recuerdo sus manos regordetas y bondadosas. Nunca aceptó desprenderse del anillo que un día fue símbolo de lo que después olvidamos. Con los kilos que se acumularon poco a poco entre sus carnes, la argolla le apretaba, pero tan sólo la cambió de dedo: al más delgado, al pequeñito. Monám fue diferente a las demás. El otro lado de las monedas; por eso me casé con ella.

Pasan los días y apresuro mi dictado. En mi calidad de médico (la vejez no nos deja ser más que ruina física acumulada, dice mi amigo Fernando Benítez), reconozco el olor de la muerte. No me queda mucho tiempo (¡Ah! el tiempo, verbo infinito) y no puedo dejar a ninguna fuera de estas páginas.

Mujeres de movimientos felinos, delicados, invitadores. Mujeres para quienes el No no existe. Acostumbradas a arrancarle el Sí a la vida a golpe de pasiones. Mujeres sin edad. Posesivas y celosas amantes. Incontenibles. Algunas tan cerebrales. De excepcional talento, inagotables. Mujerquimera.

Mujercreadora.

Mujerfilósofa.

Mujertraidora.

Mujercompositora.

(Sí, punto y aparte después de cada mujeralgo, aunque queden cortitos los renglones.)

Mujeres como la Justine de Lawrence Durrell, le grito a mi nieta cuando me llega la idea. Es la comparación más atinada.

—A ver chiquita, busca ese libro en mi despacho. Son cuatro, el que necesitamos es verde. Tráemelo. Está subrayado.

Y mi nieta copia, cuidadosamente: “Era una de esas raras personas que han encontrado una filosofía personal y dedican su existencia a la tarea de vivirla”, “Miraba a su alrededor como una pantera semidomesticada”, “Estaba en presencia de alguien que no podía ser juzgada con los mismos cánones aplicados hasta entonces a las mujeres”, “Como todos los seres amorales, está en el límite de la Diosa.”

Si hubiera aprendido a escribir a máquina, no dependería de nadie: horarios restringido ...


¡Gracias por leer a Beatriz Rivas!

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